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Carlos A. Ricciardelli

Foto del escritor: poesiaon
poesiaon
6 oct
4 min de lectura

Poemas de Ranchada (Barnacle, 2026)


Hay un fueguito ahí, en la esquina,

que armamos con cajones de fruta y cartones.

Hay un fueguito ahí, junto al Gauchito,

correntino de sapukay.

Cuando el barrio duerme y se abren los miedos del cuerpo

afilamos los huesos

no como un arma mata bobos, mata ratis,

mata chetos…

No.

No, como facas de basural,

frotando vidrio con vidrio, metal.

Alcohol destilado y limón.

Afilamos los huesos a la intemperie del amor

al costado del fueguito.

No para herir (dijimos)

tan solo

para resistir.

 

Se frota la nariz y va.

Va, otra vez en busca de la otra.

De esa pibita que le partió la boca y

le robó el corazón.Va,

va de nuevo.

Da una vuelta en medio del patio,muequea como desconocida,grita,aúlla,

maldice en medio del recreo

y va

va de nuevo

y promete que la va a matar.

Ojitos pintados,

lindos ojitos que no caben en su cara.Campera adidas hasta el cuello

hasta el cuello campera adidas

y los brazos duros como ramas secas

sacudidas por el temporal.Va y viene,

viene y va

eléctrica,

eclética,

hermosamente joven…putea una y otra vez,grita,

aúlla,

vuelve a gritar

y jura,

jura que la va a matar.  

Amanece

sobre el barro del galpón.

Lleva un tatuaje y una canción

Están ahí

Y ella sonríe

al borde de sus dieciséis

y spotify canta.

Lleva los pelos pintados,

flequillo, zapatillas rotas,

una remera del MTE,

el buzo desgarrado.

Sonríe y baila,

Sueña,

sueña con un piercing dorado

que brille en su ombligo.

Sonríe y baila a la luz del nuevo día,

baila y sonríe en la puerta del galpón

y spotify canta.

 

Y, sin embargo,

hay un tren que siempre parte

al llegar la noche y no sé adónde.

Se trepan hombres y mujeres

sedientos de pan y cuerpos

de vino

empecinados en obrar

y quebrar su derrotero.

Plaza Constitución,

Aleph maldito de rufianes y pungas,

enfermeras y crotos,

maestras y cartoneros.

Buscas de toda calaña y cartel.

Avellaneda,

Gerli,

Lanús.

La mirada contra el vidrio y una lata de cerveza

tibia a la altura de Quilmes.

Un libro a medio leer,

pibitas sonriendo / saludan desconocidos,

un diario arrugado y unos versos escritos en papel.

Hay un tren que siempre parte

¿el destino?

No sé cuál es.

 

Llueve en mi barrio

Y las aguas bajan por las zanjas

arrastran papeles, 

un cuaderno de tapas verdes,

paraguas rotos,

los goles del domingo

y algún beso que el viento tumbó en su viaje.

Llueve en Parque Patricios

Y el agua penetra en los adoquines.

Llueve en el barrio

Llueve en el mundo

Sacude los árboles y a las canciones

que suenan en los teléfonos.

Llueve en mi barrio,

en Donbáss y

en Palestina.

Llueve,

y los chicos sin nada

se llenan de hambre,

se llenan de agua.

¿Serán las gotas, las lágrimas, la sal?

Llueve en mi barrio

que es decir llueve en el mundo.

El agua se arremolina

furiosa,

gris.

Entre los adoquines, 

un puño sube,

sale del barro y crece

desde las zanjas y los barros de la Semana Trágica

y crece.

Hay mil fantasmas que recorren / caminan mi barrio.

Don Miguel apurado y Carmelo, pasa Antonia,

la Teresa y Bartolo…

los pibes de las ranas cazando palomas,

mis cartoneros, pasan.

Pasan y pasan otros que desconozco,

pasan por la lluvia, pasan

porque llueve en el barrio.

 

Hechizo

La belleza venía del fondo,

desde muy atrás,

con los pies hundidos en el barro,

como en un remolino de pájaros y flores

sobre los pastos altos del horizonte.

Vías y una estación de tren.

Vicente Casares, dijiste

y no pude olvidarlo más.

 

Arrojado al futuro       

de manera impensada

me encontré con tus ojos

una tarde de otoño.

Después, me contaste historias

y un domingo de julio

de tu boca

se escaparon hilos de seda

y fui cayendo de a poco,

sin darme cuenta

al color de tus versos.

Y elegí quedarme.

Ahí, con la dedicación de un orfebre.

Y escribir, escribir historias

de rebeldes y perseguidos, de marginales,

en cada rincón de tu espalda.

Escribir entre tus lunares: una victoria

y detener las horas.

Atrapar el tiempo,

y que el tiempo fueras vos.

El tiempo de mis días,

de mis noches,

para soltarlo de a poco.

Como las lloviznas del otoño,

gota a gota

cayendo de tus bordes

desde las profundidades de tu cuerpo hacia el mío,

y habitarte con la sabiduría del tiempo, 

habitarnos hasta lo más profundo.

Con lentitud y urgencia.


Carlos A. Ricciardelli (Buenos Aires 1973) Escritor secreto del under porteño. Maestro de primaria y Profesor de historia. Fanático de los Redondos y de Huracán. Su literatura orbita alrededor de los márgenes urbanos, sociales y emocionales, donde crudeza y preciosura coexisten permanentemente.

Es autor de varios libros de cuentos: Fiebre (2020), Rabia (2022) y Capitaloceno (2024), entre otros; en ellos explora las tensiones de la periferia y las resistencias cotidianas. Ranchada es su primer libro de poesía.

Publica de forma periódica en su blog https://riosurbanos.blogspot.com/ y colabora  en medios de pensamiento crítico como Rebelión y la Agencia Paco Urondo. Varios de sus relatos pueden escucharse en formato podcast.



 
 
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