Carlos A. Ricciardelli

Poemas de Ranchada (Barnacle, 2026)
Hay un fueguito ahí, en la esquina,
que armamos con cajones de fruta y cartones.
Hay un fueguito ahí, junto al Gauchito,
correntino de sapukay.
Cuando el barrio duerme y se abren los miedos del cuerpo
afilamos los huesos
no como un arma mata bobos, mata ratis,
mata chetos…
No.
No, como facas de basural,
frotando vidrio con vidrio, metal.
Alcohol destilado y limón.
Afilamos los huesos a la intemperie del amor
al costado del fueguito.
No para herir (dijimos)
tan solo
para resistir.
Se frota la nariz y va.
Va, otra vez en busca de la otra.
De esa pibita que le partió la boca y
le robó el corazón.Va,
va de nuevo.
Da una vuelta en medio del patio,muequea como desconocida,grita,aúlla,
maldice en medio del recreo
y va
va de nuevo
y promete que la va a matar.
Ojitos pintados,
lindos ojitos que no caben en su cara.Campera adidas hasta el cuello
hasta el cuello campera adidas
y los brazos duros como ramas secas
sacudidas por el temporal.Va y viene,
viene y va
eléctrica,
eclética,
hermosamente joven…putea una y otra vez,grita,
aúlla,
vuelve a gritar
y jura,
jura que la va a matar.
Amanece
sobre el barro del galpón.
Lleva un tatuaje y una canción
Están ahí
Y ella sonríe
al borde de sus dieciséis
y spotify canta.
Lleva los pelos pintados,
flequillo, zapatillas rotas,
una remera del MTE,
el buzo desgarrado.
Sonríe y baila,
Sueña,
sueña con un piercing dorado
que brille en su ombligo.
Sonríe y baila a la luz del nuevo día,
baila y sonríe en la puerta del galpón
y spotify canta.
Y, sin embargo,
hay un tren que siempre parte
al llegar la noche y no sé adónde.
Se trepan hombres y mujeres
sedientos de pan y cuerpos
de vino
empecinados en obrar
y quebrar su derrotero.
Plaza Constitución,
Aleph maldito de rufianes y pungas,
enfermeras y crotos,
maestras y cartoneros.
Buscas de toda calaña y cartel.
Avellaneda,
Gerli,
Lanús.
La mirada contra el vidrio y una lata de cerveza
tibia a la altura de Quilmes.
Un libro a medio leer,
pibitas sonriendo / saludan desconocidos,
un diario arrugado y unos versos escritos en papel.
Hay un tren que siempre parte
¿el destino?
No sé cuál es.
Llueve en mi barrio
Y las aguas bajan por las zanjas
arrastran papeles,
un cuaderno de tapas verdes,
paraguas rotos,
los goles del domingo
y algún beso que el viento tumbó en su viaje.
Llueve en Parque Patricios
Y el agua penetra en los adoquines.
Llueve en el barrio
Llueve en el mundo
Sacude los árboles y a las canciones
que suenan en los teléfonos.
Llueve en mi barrio,
en Donbáss y
en Palestina.
Llueve,
y los chicos sin nada
se llenan de hambre,
se llenan de agua.
¿Serán las gotas, las lágrimas, la sal?
Llueve en mi barrio
que es decir llueve en el mundo.
El agua se arremolina
furiosa,
gris.
Entre los adoquines,
un puño sube,
sale del barro y crece
desde las zanjas y los barros de la Semana Trágica
y crece.
Hay mil fantasmas que recorren / caminan mi barrio.
Don Miguel apurado y Carmelo, pasa Antonia,
la Teresa y Bartolo…
los pibes de las ranas cazando palomas,
mis cartoneros, pasan.
Pasan y pasan otros que desconozco,
pasan por la lluvia, pasan
porque llueve en el barrio.
Hechizo
La belleza venía del fondo,
desde muy atrás,
con los pies hundidos en el barro,
como en un remolino de pájaros y flores
sobre los pastos altos del horizonte.
Vías y una estación de tren.
Vicente Casares, dijiste
y no pude olvidarlo más.
Arrojado al futuro
de manera impensada
me encontré con tus ojos
una tarde de otoño.
Después, me contaste historias
y un domingo de julio
de tu boca
se escaparon hilos de seda
y fui cayendo de a poco,
sin darme cuenta
al color de tus versos.
Y elegí quedarme.
Ahí, con la dedicación de un orfebre.
Y escribir, escribir historias
de rebeldes y perseguidos, de marginales,
en cada rincón de tu espalda.
Escribir entre tus lunares: una victoria
y detener las horas.
Atrapar el tiempo,
y que el tiempo fueras vos.
El tiempo de mis días,
de mis noches,
para soltarlo de a poco.
Como las lloviznas del otoño,
gota a gota
cayendo de tus bordes
desde las profundidades de tu cuerpo hacia el mío,
y habitarte con la sabiduría del tiempo,
habitarnos hasta lo más profundo.
Con lentitud y urgencia.
Carlos A. Ricciardelli (Buenos Aires 1973) Escritor secreto del under porteño. Maestro de primaria y Profesor de historia. Fanático de los Redondos y de Huracán. Su literatura orbita alrededor de los márgenes urbanos, sociales y emocionales, donde crudeza y preciosura coexisten permanentemente.
Es autor de varios libros de cuentos: Fiebre (2020), Rabia (2022) y Capitaloceno (2024), entre otros; en ellos explora las tensiones de la periferia y las resistencias cotidianas. Ranchada es su primer libro de poesía.
Publica de forma periódica en su blog https://riosurbanos.blogspot.com/ y colabora en medios de pensamiento crítico como Rebelión y la Agencia Paco Urondo. Varios de sus relatos pueden escucharse en formato podcast.
