Diego Brando
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Actualizado: hace 2 días
Un recorrido por su obra
Frontera (2016)
Interior
Poema 3
Escucho llover,
aunque lo más probable
es que afuera el cielo
sea un campo celeste.
Me confunde quizá
el sonido del ventilador de pie
que sin embargo
no alcanza el súmmum
de sus primeros años.
¿Me conviene dormir
en el comienzo de la primavera
y del inminente equinoccio?
¿O habrá que ir
a los espacios verdes a contemplarlo?
Entre el adentro y el afuera
hay una frontera, que sin dudas
pide ser traspasada.
Campo
Poema 7
Vimos el espectáculo del inicio de la primavera,
incluso notamos sobre las plantas sus brotes,
pero el viento aún barre nuestros cuerpos
cuando por debajo de un edificio pasamos
camino a la plaza que nos espera
con remolinos de tierra y bolsas de plástico.
Encendemos un cigarrillo resguardando
el fuego con una de las manos,
nos quejamos del clima y de sus variaciones,
de este viento de agosto a mitad de octubre.
Sentados en un banco de piedra esperamos
la calma y un sol que nos parta la cabeza.
Verano
Poema 1
El ruido del tren en el paso a nivel más cercano
y la sombra proyectada de todo un grupo de álamos,
plantados pero no podados, sobre nuestras siluetas,
ponen en duda, una vez más, nuestra existencia.
¿Estaremos allí, de verdad presentes, o seremos
personajes de un pequeño drama imaginario?
En las noches del pueblo donde residimos
o, más bien, en el que soportamos las bromas
de un dios urbano que quiere por momentos borrarnos,
intentamos, a pesar del ruido, conversar
sobre nuestras vidas, o lo que sería de ellas
si las sombras y los sonidos no nos ocultaran.
Brillamos en el interior de nuestras casas
pero afuera somos apenas sombras de nada.
Levantamos la voz, nos corremos del lugar oscuro
buscando la luz, pero no es suficiente,
la escenografía de un teatro divino nos eclipsa
y un pequeño telón parece cerrarse ante nosotros
Poema 4
Bebemos vino en las tardes de verano.
Mientras otros vacacionan y beben también
en las playas de mares y de ríos, nosotros
ansiamos la tranquilidad de un patio.
A veces la idea aparece
y soñamos con hacer nuestro viaje,
pero bebemos más vino y olvidamos.
¿Qué viaje haríamos? ¿Hacia dónde?
Estamos afincados a nuestro pueblo,
al barro de los campos y a nuestros
patios colmados de árboles.
Nos limitamos a predecir qué será
de la vida de la gente como nosotros.
Somos profetas en una tierra
sin nadie a quien dirigirnos.
Epílogo
Poema 1
Mi abuelo maneja su camión más viejo,
a mis nueve años me enseña lo que será mi futuro,
viajes al campo y al puerto de Rosario.
Me cuenta de la vida sus cuestiones más rústicas,
lo demás lo calla por ser yo un niño.
Pero dos años más tarde muere en una clínica.
De mi posible futuro solo queda la búsqueda
de la fuerza y la rusticidad en unos versos
que despacho con la velocidad con la que mi abuelo
surcaba la ruta día a día para volver pronto a casa.
Todo lo que se hunde (2018)
Ritual
Poema 2
Del verano a esta parte,
solo los grillos acompañan
el carácter mudo de la noche,
para después aparecer inmóviles
como piedras pulidas por el mar
o como cuerpos de caracoles en las costas.
¿Qué hacer con sus restos en la mañana
salvo llevarlos hacia la intemperie?
Llegará también un día
en que el clima acabe con nosotros
hasta sentir el frío o la certeza
de haber arrojado en nuestros mejores días
un canto inútil.
Cinco grados en la madrugada de hoy
y estamos despiertos,
una brisa toca nuestra cara y sigue su camino.
Algo se quiebra demasiado cerca.
Poema 6
Soy un hombre abandonado
en el fondo de un patio
dentro de los tapiales
que me contienen.
Muevo con mis manos
las ramas del naranjo
y cae la fruta madura
sobre el césped
con fuerza.
Una cosecha ejemplar,
si no fuera
porque el sol se ha ido
y la tierra se ha puesto lúgubre.
Aun así, tomo mis naranjas
y me pongo a resguardo,
agradecido.
El viento de tormenta
surge allá afuera
y en mí, una inquietud:
de qué estoy hecho
y qué pretende de mí
la naturaleza.
Resta esperar
que después de las heladas
la fruta sea más dulce.
Poema 18
Dijiste «hogar»
y los pájaros se arremolinaron
en su nido.
Luego, quedaste en silencio
y ya no asomaron la cabeza.
Parecido hizo Dios conmigo,
y de joven desconocí el afuera.
Difícil fue pronunciar una palabra
y hacer que las cosas se movieran,
construir una casa y luego salir de ella.
Hasta que rompí con el lenguaje
y me abrí como una flor salvaje en la selva
y desconocí a Dios.
Ahora, la oscuridad permanece
mientras los objetos nacen y se mueven
como animales en la arena.
Poema 19
Las santas tienen una sangre
que los hombres miran con curiosidad
cuando, apretado el brazo,
se dispara como un río divino.
Nada se puede hacer si después
el desprecio vuelve a sus semblantes
y tocan sus cabezas calvas con impaciencia.
La hoguera espera siempre a ser encendida
para quien se declare hija de Dios
y para el pueblo que asista en las afueras.
Golpes de martillos y flechas
mientras aves negras sobrevuelan
el humo de lo que arde.
Exilio
Poema 1
No esperábamos tanto viento,
pero aquí está,
cambiando todo de lugar.
También nosotros,
que miramos con extrema quietud desde la ventana
de qué manera se mueven las hojas acumuladas
al fondo de la casa y la ropa que olvidamos colgada
en el tendedero de cemento.
En su soporte, la inscripción de una fecha:
primero de diciembre de mil novecientos noventa y dos.
De los años
en que no hemos aprendido nada
queda el suave paso de las hojas,
la virtud del movimiento.
Seres ateridos por el frío,
admiramos lo que no entendemos.
Poema 13
Irimías pronunció su discurso y ahora
somos este par de secuencias oníricas
dándole la espalda a la cámara.
Unos cuarenta minutos en camino
por una ruta a la que no llega nadie
más que nuestros cuerpos envueltos
por capas y capas de abrigo,
hasta que, detenido por el cansancio,
suelto el bastón y miro a mi creador
de frente. La cámara fija, mientras otros
avanzan en un fuera de campo. No es
que lo demás haya dejado de suceder, pero
es la cara de un rezagado lo que importa
cuando el resto prosigue estoico
hacia un lugar que desconoce.
Poema 16
Una por una, las estrellas han volado
para caer directo al corazón del pueblo.
O quizá haya sido solo granizo
golpeando en las galerías y sus techos de chapa.
Da lo mismo. Estuvimos parados debajo.
Con un gato negro entre los brazos,
ávido de ver todo caerse
para luego jugar con los restos de agua.
Pero faltó la luz y los arreglos en las torres eléctricas
fueron en vano.
Nos replegamos nuevamente
y le dimos al derrumbe el clima propicio.
Todo lo que se hunde
lo hace bajo la forma de nuestro silencio.
El reino de los peces (2021)
Poema 1
Ruido de ángeles cayendo en el patio
y de insectos tragados por las arañas.
Los frutos crecen y absorben la noche
y destilan el azul más bravo del universo.
He oído demasiado caerse
el mundo sobre la casa,
y cargar con sus cimientos sería
darle de comer a los chacales.
Se precipita la lluvia y las gotas golpean
sobre el cobertizo, como un oro pálido.
Huyo entre la bruma y pienso en no regresar;
detrás cuelgan las ropas de los muertos.
Qué loca idea fue nacer, madre,
en noche de tormenta y lloviznas.
Algo se quebró desde el principio.
Poema 2
Mi soledad es un pez corcoveante
antes de caer sobre la barca,
y los pescadores la cordura, el mundo,
la cápsula que entra por la garganta
y que contrae el cuerpo,
lo que lo estremece a latigazos
como a una gota de agua,
o como a un cencerro a la hora de la comida,
de la fiesta que termina tarde
en un espacio vacío,
en el río sin más agua que un hilo
que pende de otro hilo,
una clepsidra lanzada a la otra orilla
como a un ser balbuceante.
Y caer de todas formas,
sobre agua o barro, o barca
que se mece en las tinieblas,
en el reino de los peces
que no saben nada del río.
Poema 6
Nadie responderá el teléfono, nadie
tampoco va a llamar. Somos personas
desperdigadas, material que dejó la guerra.
Y sobre nosotros torres de alta tensión,
kilómetros que nos separan de nuestros parientes.
¿Oíste el último estallido? ¿Viste el ganado
desvanecerse entre la niebla?
El agua ya no apacigua,
el dinero vale menos que una pizca,
y la voluntad se pudrió en el último diluvio.
Dios sabe de castigos, y es un energúmeno;
un ser que vive en un cielo más alto de lo que creíamos.
Por eso, hermano, vos que huís de la tierra que habitaste,
retomá tu arado y salí a caminar,
en las rutas te esperan los baches y los bueyes.
Poema 10
Todas esas campanas que suenan
en la madrugada, como flores abriéndose
dentro de la selva, saben de alucinaciones.
Unos perros afuera, la maquinaria de un sistema
eléctrico de trenes, la humareda del basural,
nos llegan hasta aquí como moscas,
o bichos que cruzan el patio del suburbio
hasta enterrarse en los rincones.
Y un espacio siempre abierto para el milagro,
un tiempo que se agota en lo salvaje de una tierra
poblada de rarezas que se articulan hasta desaparecer,
como el eco de nuestras voces en la superficie.
Poema 21
Acostumbramos a ver el hastío en otro lugar,
en el olvido de su transparencia, y ahora que lo desarmamos
y lo limpiamos como si de adentro fuera a salir un genio
que nos diga de qué manera proseguir ante la adversidad,
o el grito de las aves que migran aun a contraviento,
nos damos cuenta de que naturalizamos la muerte, como si
una parte de nosotros también desapareciera. Pero ante
los ojos ¿de quién? Solos como estamos, en el
descolorido de la mugre y el sin sentido movemos las manos
hacia los techos. Un gesto de locura y paciencia.
Poema 30
Cansado de las palabras, lo que hubo en este tiempo
de silencio, fueron las revelaciones. Unas tras otras como cometas
en su impacto contra la tierra dieron sentido a este pantano.
Y el quiebre que hubo al dar un paso hacia el estruendo, era
esa cuota de ruido más grande. ¿Trajeron los animales otro color
en el rostro? ¿Un sentimiento que no fuera ira, ganas de matar?
Porque lo que importa, en el estado de mudez, es el sonido
de la serenidad de una hoja cuando cae sobre otra, hasta pisarla
y hacerla crujir. Porque aquí hubo solo presencias fantasmales,
un zumbido en el oído, un grillo que cantaba las mismas cosas.
Poema 31
Nadie se percate que convalece,
que tantea las paredes de la irrealidad y vuelve,
inmune, entregado al delirio como si no bastara,
y hubiera que subirse abierto a la sed de una tierra
en medio de la sequía que lleva meses de encanto,
a toda una basura a la que llamamos restos,
mar de podredumbre. Y como si la realidad fuera
solo un cuarto oscuro, un par de cordones en las manos.
Poema 32
No logro dar con el sentido último
de las palabras. Fueron hasta aquí como la piel
de asno de todo lo que hubo,
calma, insolación, vertedero de hechos cotidianos, como
si la rapiña fuera recogida justo antes del despliegue
de la naturaleza, hojas sobre el pasto, el insecto cantor de pavor,
el humo que se retira de la casa incendiada, cuando aún hay
otro hogar en donde encender los leños, donde colgar
la ropa o acariciar al gato luego del aguacero.
Pero no hay, lo que suele decirse, futuro, sino este padecer
de cuervos en busca de otro color que no sea el suyo, una jaula
pendida de una madera podrida al sol, actos de fe,
en ese inmóvil desierto que es uno, arena en el cuerpo,
perplejo como un animal que no entiende lo que dice.
Poema 35
No puedo discernir la luz del sonido del tren, todo se parece
en su intensidad, vapor, bestias, gritos de fondo. Lo creado parte
de la unidad para luego separarse, cumplir sus ritos, asimilarse
al caos. Cada madrugada lo impasible aumenta como el oro, se pule
y se destaca bajo el viento, las ranas cantan antes de ser cazadas
y los animales se pudren al sol el día siguiente. Aún así nosotros
buscamos la calma, la exhalación que no conduzca a la tierra, sino
al aire, aunque sea el humo de la basura lo que se encienda,
un fuego lento que nos consume. Vuelan los pájaros a lo lejos
como una bendición, el carácter transitorio de la belleza.
Un cuadro que no se comprende (2025)
Entre tomar aire y exhalar
la totalidad del mundo. Como furias,
mastines detrás de una presa demasiado
veloz. Ruidos de fondo, frecuencias,
llovizna. La presencia sobre lo que
no existe, pero ocupa la mente.
Voracidad y una inquietud de mármol.
O como un cuadro que no se comprende.
+++
La confusión es un punto que hace oscilar
la totalidad del cuarto. Un cuadro en donde
los detalles adquieren presencia y vástagos
fantasmales. Sierpes, flores en apertura y un
sonido de quiebre ante la incredulidad de los ojos
del animal de la calle. He aquí sus colmillos,
su baba espesa, el diamante en la explosión
del fuego; y voces en la novedad de la noche,
que dejó de ser oscura. Aquí cada maniobra
de luz es una conspiración, el manto de piedad
que nace al quebrarse, un ángel que desova
+++
Todo sol
tocado por el frío
trae viento.
Entra en tropeles
de caballos y eriza
la piel en granos
de arena, y al tacto
da temor o placer,
como quien gime
al partir el pan,
al beber el agua.
Silencio y campanas
desde la capilla
ante los astros
y el milagro;
cada uno comprende
a Dios en sus formas.
+++
Hubo aquí belleza y telas que envolvieron árboles
y hombres percutidos por el frío; y dentro de nosotros
las melodías del cangrejo en su vuelta a las aguas,
al borde mismo de los acantilados y sus rocas, voces
que hicieron de la mente su morada, el acto de una
intuición hecha a medida de lo alucinado. Llantos
en ceremonias de sal, puras de tanto detenerse
contra el suelo a esperar el ocaso, su desborde.
+++
Hojas que el viento trajo
hasta la sombra de un árbol
mueren como perlas en el fondo
de un mar iluminado.
Y el correr de la arena
hacia la playa trae
el color confuso de los peces;
joyas que el sol muestra
ante la aparición de las estrellas.
Mundo que no comprendo y amo.
Diego Brando (Leones, Pcia. de Córdoba, 1987) Publicó: Frontera (Editorial Vilnius, 2016), Todo lo que se hunde (Vilnius, 2018), El reino de los peces (Barnacle, 2021) y Un cuadro que no se comprende (Editorial Vilnius, 2025)





