José Lezama Lima
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Antología poética
De Poemas
XV
Final de curvadas plumas. Rumorado
oído cruje, vuela sin verano,
vano espejo al margen congelado
desdoblar, decaído desdibujo de la mano
se cierra más, letra al frío,
vena helada, amor lejos, mustio estío
caído de huidas frentes, no llevando
nácar al humo, deslizada oscuridad
va quedando su abril, canarios, deidad
cansada, abril pautado en humo deseando.
Nacimiento de La Habana
¡Qué aire!
Camino de las playas, el aire
ciego.
¡Qué aire!
¡Pero mira qué aire!
Puñales, jacintos de torso acribillado,
de torsos embistiendo las estatuas
y de toros nadando por las fuentes
y por el halago del aire.
¡Pero mira qué aire!
¡Míralo. Enciérralo.
Discúlpalo!
Que el aire pesa como plata
hacia arriba.
Como brazos de nieve
hacia arriba.
Oye la nieve. Chupa el aire.
Avispa en una botella bajo el agua.
El aire bajo el agua.
Sobre el agua las estrellas
y el aire.
El aire ciego colocando su lengua
en el mármol.
Los peces ciegos.
Como peces y agujas en el aire.
El aire ciego.
¡Qué aire!
¡Pero mira qué aire,
con sus dedos y peces
y sus arpas dobladas!
El aire mirándolo clavado,
chillando en todos los ojos.
Sin que nadie coloque,
entre el cuerpo y el aire,
el aire intacto sin colores.
Ahora sí que todos estamos comprometidos
con el aire.
Mira qué aire y aire liso.
Aire de pedernal.
Aterido recuerdo en el aire sin frente.
Olas de ciega acampan
inexorables en el aire.
Ya para siempre, silencio,
pájaros amarillos bajo el agua,
silencio, grises pájaros recuerdan
el aire.
Errante
Errante de colores,
nadar sin existir, respiración de brisas congeladas,
agua vuela al castillo que pasa sin cesar.
Frío de nácar muy picado
(las torres crecen y el agua no recuerda)
crece enterrado en los alcances del teorema rosa.
Versátiles jaulas siderales,
bandada de anillos pesaban sobre la luna
inclinándola hacia la izquierda.
¿Por qué la danza frente al humo,
vino en el corazón del agua,
es tan extensa que piensa por segundos
y deshoja un polvo que suena en las columnas?
Jaspe que abre su nudo de verano,
niño que exprime franjas de diván,
girasol sin sentido al lado de la tarde.
Saeta, heráldica del agua,
árboles amanecidos, pluma cobarde,
cola y ciempiés no acantos influyen desvariando.
Peregrino del humo,
nieve por la piel de la naranja, siente
las sienes estirarse alcanzando trigales,
pasos de delirio se oprimen en las puertas,
encerrados en el aire se erizan los cuchillos.
Relumbres que vuelan sobre la fila de tanques
las rosas brincan picadas por los segundos.
Monumentos imprecisos, nervios despacios,
séquito de enjambres rectilíneos si abren tallos no acombran,
fuego de halcón, sonámbulo arenado.
Peinan su irresponsable gradación de espumas,
quietos, prendidos a las manos
entre el tacto despierto y la risa marina
queman querencias, reducen delicias
y dejan a la luna cabecear en el barco.
Sobrado día de anteriores extensiones,
memoria desvalida,
en la cristalería que reflorece despertada
por el concierto despierto
de mandolinas y teoremas reavivados.
Cierto, robado
al negar el calor del intacto moemnto,
sucesivas siestas ladeadas,
ya caído en el humo,
la estatua sepultada en el agua
y la franja sepultada en el agua
y la franja exprimida es la sangre y la sien
que se hundan dormidas.
De Muerte de Narciso
MUERTE DE NARCISO
Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo,
envolviendo los labios que pasaban
entre labios y vuelos desligados.
La mano o el labio o el pájaro nevaban.
Era el círculo en nieve que se abría.
Mano era sin sangre la seda que borraba
la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte.
Vertical desde el mármol no miraba
la frente que se abría en loto húmedo.
En chillido sin fin se abría la floresta
al airado redoble en flecha y muerte.
¿No se apresura tal vez su fría mirada
sobre la garza real y el frío tan débil
del poniente, grito que ayuda la fuga
del dormir, llama fría y lengua alfilereada?
Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo.
El espejo se olvida del sonido y de la noche
y su puerta al cambiante pontífice entreabre.
Máscara y río, grifo de los sueños.
Frío muerto y cabellera desterrada del aire
que la crea, del aire que le miente son
de vida arrastrada a la nube y a la abierta
boca negada en sangre que se mueve.
Ascendiendo en el pecho solo blanda,
olvidada por un aliento que olvida y desentraña.
Olvidado papel, fresco agujero al corazón
saltante se apresura y la sonrisa al caracol.
La mano que por el aire líneas impulsaba,
seca, sonrisas caminando por la nieve.
Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol
enterrando firme oído en la seda del estanque.
Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,
aguardan la señal de una mustia hoja de oro,
alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.
Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.
Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas
islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.
El río en la suma de sus ojos anunciaba
lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía.
Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,
arco y cestillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.
Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.
Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso desdoblado:
los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono cejijunto.
Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira
por espaldas que nunca me preguntan, en veneno
que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.
Como se derrama la ausencia en la flecha que se aísla
y como la fresa respira hilando su cristal,
así el otoño en que su labio muere, así el granizo
en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,
que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago
le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.
La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa
extiende y al aislado cabello pregunta y se divierte.
Fronda leve vierte la ascensión que asume.
¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,
que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?
¿Ya se siente temblar el pájaro en mano terrenal?
Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,
los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la doncella.
Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,
forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona sumergida.
Triste recorre —curva ceñida en ceniciento airón—
el espacio que manos desalojan, timbre ausente
y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.
Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas
batiendo en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara.
Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.
Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso atlas.
Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago en sus venas.
Ahogadas cintas mudo el labio las ofrece.
Orientales cestillos cuelan agua de luna.
Los más dormidos son los que más se apresuran,
se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre frentes y garfios.
Estirado mármol como un río que recurva o aprisiona
los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan.
Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una paloma
y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de noche.
Una flecha destaca, una espalda se ausenta.
Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro.
Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada.
Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es espejo.
Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas
en su cárcel sin sed se destacan los brazos,
no preguntan corales en estrías de abejas y en secretos
confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste de la frente.
Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran
al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan
los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.
Los donceles trabajan en las nueces y el surtidor de frente a su sonido
en la llama fabrica sus raíces y su mansión de gritos soterrados.
Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.
Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan el invierno
tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua polvorienta.
Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman,
despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos sosegados,
guiados por la paloma que sin ojos chifla,
que sin clavel la frente espejo es de ondas, no recuerdos.
Van reuniendo en ojos, hilando en el clavel no siempre ardido
el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el cielo apuntalado.
Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la súplica
destilan o más firmes recurvan a la mudez primera ya sin cielo.
La nieve que en los sistros no penetran, arguye
en hojas, recta destroza vidrio en el oído,
nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,
huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques rosados.
Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos,
donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado cabecea.
Más esforzado pino, ya columna de humo tan agudo
que canario es su aguja y surtidor en viento desrizado.
Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado
son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.
Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,
labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas.
Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas
ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes.
Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire,
espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto no ofreciendo.
Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio convertido.
La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,
abre un olvido en las islas, espadas y pestañas vienen
a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca impura.
Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,
esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden
al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal salada,
busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.
Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.
Si se sienta en su borde o en su frente el centurión pulsa en su costado.
Si declama penetra en la mirada y se fruncen las letras en el sueño.
Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada,
que coloreado espejo sombra es del recuerdo y minuto del silencio.
Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas lloviznadas.
Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el costado.
Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas.
De Enemigo rumor
Rueda el cielo
Rueda el cielo —que no concuerde
su intento y el grácil tiempo—
a recorrer la posesión del clavel
sobre la nuca más fría
de ese alto imperio de siglos.
Rueda el cielo —el aliento le corona
de agua mansa en palacios
silenciosos sobre el río—
a decir su imagen clara.
Su imagen clara.
Va el cielo a presumir
—los mastines desvelados contra el viento—
de un aroma aconsejado.
Rueda el cielo
sobre ese aroma agolpado
en las ventanas,
como una oscura potencia
desviada a nuevas tierras.
Rueda el cielo
sobre la extraña flor de este cielo,
de esta flor,
única cárcel:
corona sin ruido.
Una oscura pradera me convida
Una oscura pradera me convida,
sus manteles estables y ceñidos,
giran en mí, en mi balcón se aduermen.
Dominan su extensión, su indefinida
cúpula de alabastro se recrea.
Sobre las aguas del espejo,
breve la voz en mitad de cien caminos,
mi memoria prepara su sorpresa:
gamo en el cielo, rocío, llamarada.
Sin sentir que me llaman
penetro en la pradera despacioso,
ufano en nuevo laberinto derretido.
Allí se ven, ilustres restos,
cien cabezas, cornetas, mil funciones
abren su cielo, su girasol callando.
Extraña la sorpresa en este cielo,
donde sin querer vuelven pisadas
y suenan las voces en su centro henchido.
Una oscura pradera va pasando.
Entre los dos, viento o fino papel,
el viento, herido viento de esta muerte
mágica, una y despedida.
Un pájaro y otro ya no tiemblan.
Último deseo
De la fe que de la nada brota
y de la nada que en la fe hace espino,
ileso salto de mágica pelota
que paga en sangre el buen camino.
Y si rebota más, sólo nos toca
al desempedrar los bordes del destino,
la mágica epidermis que rebota
en el coral de un arenal divino.
En el murmullo de pinos siderales
las nubes a bien medido engaño
del cuerpo, flor del viejo espacio.
Previa al no ser envía sus cristales
a la ciudad de amanecer extraño,
y sigue hilando sus nubes muy despacio.
De aventuras sigilosas
El fuego por la aldea
I
El viento preguntó en las ventanas y el zorro
de rabo de azufre con escaladura.
El fuego rizó una veleta
que dejó abandonada un papel de acordeón.
El fuego cantaba en la estancia
por donde tiene que pasar un perro
primero que el tigre que transportó en su cola
un cordel, un papel suspirado.
El aire cultivado por el diálogo en las terrazas,
rizando los círculos manchados del elástico manchado,
irrita un color que habita los disfraces de la grulla melómana.
El amarillo pasa al ojo del tigre canoso
y la escarcha, como la rama apoyada en el río,
destruye la imagen ligera
y cose su piel con la piel de la hoja.
Los reflejos en los ojos del tigre
frotarán las ramas, bañarán las arenas,
los desarreglos de una aurora alterada.
El zorro retrocede a un arreglo de columnas
y las va impulsando a golpes de rabo
y de dientes de despedida.
Las columnas avanzando cultivan las llamas,
retrocediendo dedican las cenizas.
El zorro pega con el rabo en una columna salomónica.
El zorro azul escoge la redondez partenopea.
Cuando las columnas ruedan, el zorro salta.
Cuando el zorro salta sobre las columnas,
la aldea murmura su plumón naciente a medianoche.
El zorro con sus patas como flautas,
salta sobre el pellejo de la noche
rociada con un alcohol que nos envuelve,
como si fuese harina con piedras islotes.
Pega con el rabo donde hay una escala dura.
El guiño del zorro evita la sonrisa.
Salta, orquestando el fuego,
afilando con sus patas de flautas el viento noroeste.
No deja, sopla, no deja.
Deposita su melena en una columna y la va a buscar con los dientes.
Salta como si fuese a buscar a un hijo
iniciado en la corriente por la trucha aceitada.
Pega con el rabo esparcidor desmantelado.
Salta las cuatro columnas necesarias.
Innecesarias brisas culteranas
no esparcen las cenizas, pero aquel tatuaje se acerca
removiendo la boca que me lleva.
Despide el papel de acordeón una quietud
mientras la mano puede acariciar la yerba y los pisos de la aldea,
ninguna casa cerrará su pronto paseo.
La razón del inicio del fuego convertida en un suspiro
se desmonta del caballo, vuelve, se hila
en el huso de una torre sin consuelo.
Sereno mecido, el junquillo
golpea unas botas que agrandan la mesa y la aldea.
II
Su indócil arañar.
Extraño recorrido: arañar.
La misma baba del precipicio
mueve sus espirales descifradas
en la anchurosa muerte.
Las nubes se deshacen
mientras la muerte danzada se endurece como un globo.
Es un globo de terciopelo carnoso,
hinchado por nuestras entrañas,
ocupando como un viejo salmonete
el agua estancada de nuestra frente.
La humedad de lo oscuro
toca esas escoriaciones de la piedra,
esos puntos raspados por nuestro furor caedizo
y deja los colores inferiores del ropero o del lagarto.
La humedad raspada por el tiempo
en los seres recobra su polvo de alfiler,
que la recorren como la avenida
por donde pasan los ancianos de polvos de arroz,
de sutiles abortos, los que llevan una caja
con el sombrero viejo,
mientras que el nuevo sería la mejor señal
para caer en la trituración del tiburón,
para que empice su masticación semejante
a los arañazos en el mismo precipicio
que los roedores pueden vencer sin alterarlo,
dejando cuando duermen un signo nacido de la trituración.
Ese talco marino que la piedra deja caer
cuando su manera de emponzoñar a la muerte
es de pronto interrumpida
por un instante que la araña,
rocía la piedra oscura que atraviesa
las aguas y llega al fuego de cocción.
El gato blanco de crin leonina disfrazado de negrura
empuja la bola de circo, devoradora de rostros.
Tedio del segundo día
El descenso del amor consagrado
por un fervor nuevo, por un aceite de jugo
reciente como el agua de reciente caída.
Así la uva nueva destruye los paisajes morados.
Lo que viene de otra sangre tocada,
creciendo como las hojas errantes,
vuelve sobre lo carcomido con furias tempranas,
como el juramento atrae el vino irreverente.
Detrás de la cortina, envía la otra sonrisa desvaída,
mientras él gira en una bandeja demasiado pequeña.
Sus deseos marchaban de la figura a la increada medusa,
no de lo palpable a un recodo de sombras.
Siempre una luz negra cayendo sobre un paño sin nombres.
Hablaban, pero veía detrás de la figura dialogada,
un entretenimiento sin forma convenida
que va de la silla al desván sin tocar los consejos.
Hablaba y abrazaba lo que se brindó, y él aceptó,
pero la muerte oblicua tiene un novísimo ácido.
Hay algo primaveral que se congela en el suspiro
y rueda hasta encarnar en otro cuerpo duro.
A su mirada oblicua que saltaba su suerte establecida.
Una sonrisa inmóvil corona el segundo día de su agonía.
Perseguía lo inasible, ofuscado en abietas claridades,
escondido detrás de los rostros que le daban su boca.
Cuando llega a la silla de oro de las despedidas,
sus deseos estallan en melodiosas flores acuáticas.
Al pasar el dulce mohín de una sombra moaré,
las hojas con rocío impulsan su fuga hasta el retorno.
Qué perezosa muerte al tocar nuevos ecos sus cristales,
ve llegar innumerables rostros en escalas fugaces.
Lo fugaz se redondea en nuevo verdor transitorio,
así las hojas saltan de una alfombra a otra alfombra mayor.
Del tronco húmedo, refugio de aves blancas,
la carne vegetal vuelve con su látigo henchido.
La sonrisa resurge de pronto iluminada
donde un dedo apuntala un silencio suspenso.
El mismo gesto, la sonrisa escapada de la propia saliva
en otra carne trae su hilo y su secreto.
En largos vuelos cae en el centro del tejido primero,
la ceguera marcha hacia un remolino incesante.
Los deseos cercan el cuerpo en otro cuerpo fugado.
La mano que ya pesa más que la mosca repleta,
inmóvil quisiera vulnerar el peso que en la luz
naciente va impreso. Los deseos como las hojas sopladas.
De La fijeza
Variaciones del árbol
I
(El árbol y la mano)
Allí donde se acerca la sangre no concilia,
el ardor de los ojos está ya en el paisaje,
y cuando más interpreta su cuerpo tocado,
la voz del árbol enemigo mueve sus ramas.
Por allí vuelve, el cuerpo ha vendido su estela,
y el perro, ya no es custodia, huye dócilmente.
Lo que se separa: mi amistad, mi artificio,
yerra como una estrella por la mesa del mago.
Ese árbol flotante, presagioso, marino,
rueda hasta mi ser extrañado, repetido,
como pasos sin techo con dureza revierten.
Desdeñado ese árbol, mi mano es quien lo impulsa;
fúnebre contra la roca golpea,
mientras mi mano llora su dureza intocable.
II
(Destrucción de la imagen del árbol por la noche)
La caída del árbol le distingue.
Lento, si asciende, su atracción no crece.
Sólo es el árbol, quedando empieza
a destruir su espacio; quemándose, retorna.
Ya en los ojos la imagen bien hilada,
las ramas vacilan en su incendio.
Y los ojos, las piedras, sus hojas abren
al nuevo siglo que en mi sangre cruje.
Quedaba un árbol, su imagen y la noche.
Inmóvil fiera, pegada y voluntaria,
escarba con sus uñas, destruye con su aliento.
La noche se trenza con el árbol.
Duramente incorpora su espacio sobre el móvil
río que la destruye caminando.
III
(El árbol y el paisaje destruido por la noche)
Un inmenso galope en la bodega de un barco
sabe llegar y haciendo su muralla desvanece
el ruido siniestro y el siniestro vuelo
del Ícaro sedoso, caído su pecho pesado.
Pero el árbol como el barco sabe cabecear,
penden las hojas, penden nuestras manos.
El árbol murmura sin hojas
y pesan las preguntas en sus manos hartadas.
La noche galopando extrae el opio de la flora marina,
rueda las ciudades, envuelve las estatuas
y al hombre húmedo le alza los hombros.
Después la noche hierve el pájaro y la hoja.
La ciudad devastada avanza en sus torreones,
pero el árbol ya no está junto al río y el sueño.
IV
(El artificio prolonga la noche)
Ha creado la imagen, cae sobre el árbol,
se recobra y destruye su voraz mirador.
Es imposible el salto
sobre la nieve de esa gente emigrante.
Procesión, lazo negro de los tambores,
que por debajo del agua, fabrica inalterable,
y cuando envuelve el rayo destruido,
el tambor, como un hijo, redondea a su padre.
En sus cenizas una fusta se dobla.
El sueño, espesando, cierra sus muecas,
como quien recibe un árbol se entona perdurable,
para caer en un pecho nunca más recobrado.
El río sonaba como un perro colgado de las ramas.
Ahora conduce y muele, ahora contra el fuego.
Desencuentros
I
El truchimán de espina hipóstila
cuece mazorral los vanos dobles.
Su cariacontecida firma leve
pisa fuerte en la pelusa del trigo.
Recorre su vuelta de higo pulsado en el acantilado.
Pesa en unos labios, en unos labios de sus plumas.
La vuelta de su recorrido agrio, plumoso y cenizoso.
Su desfondada pasión vuelve a su piano,
y allí decrece en escobillón pecoso, langaruto.
Esas hojas desprendidas por el piano en busca del prestamista de Glasgow.
Resuelve la sopera la fiesta achaparrada
y el interior se pela en la cocina.
La cáscara de las papas se cuelga del búfalo
en la panoplia del masoquista de calzón corto.
Se detienen (humillo lento) y cruza la pareja de asnillas.
II
El aguafiesta vendrá para comenzar.
Habrá una ciruela quemada, otra alambicada.
La doncella rosada, adorable, despreciable,
se convierte en el cangrejito visto por los diez mil,
pero después sigue con furiosa indiferencia la otra ronda mayor.
Las horas se descomponen de hielo en agua,
de agua en hormigas, de hormigas en escaleras de cartón.
Permanecen las horas como una escalera que no se puede quemar,
permanecientes, permanecen, como un, como un…
Ahora el baile se hace engrudo, se acera.
El perro en la esquina salomónica mueve
sus bravatas de congeladuras.
Sus ojos empiezan a pasear por las
espaldas detestables y rosadas.
(Las pulseras tienen su marabú petrificado.)
Ya es hora de irse, salgamos.
Me olvidé por donde entré, es por allí.
El gracioso renquea al llevarse la maleta.
Salgamos por aquí, no, no, es por allí.
Pero caramba, qué lástima, qué lástima,
el aguafiesta no ha venido esta tarde.
III
Heliotropo a sus lascas dulzainas
cierra sus broches de tambor o de chocolate fangoso.
Como la flor de hierro anciano se retrae
y aplasta a mazazos el insecto dormido en sus estambres.
La inmovilidad del insecto era de estocadas de mármol.
Cierra heliotropo tu pesadez y vuelve a no mirarme.
Es dura, impronunciable la carne de sus aguas.
Es la flor esbozada en espirales por la mano del maniquí.
Pescuezo de piedra, frenesí del caballo
galopando la piel hirviente del tambor.
La ruedecilla gira hacia atrás, trabajando aguas
rellenas por el mazapán que masca el cazón.
La dejadez cierra su coro,
se le vuelve a oír en trompa sinfín.
Pende más sumergido, vuelve a oír la trompa del escocés.
Pende su aserrín, pasos serruchados,
pende en indiferente estalacticta, sube cartílago almidonado.
IV
Absalón, Absalón,
la orden no será cumplida, cumplieron.
Pedía paz, pero el alcornoque,
la cabellera y la mula tienen plástico destino.
Como una mosca hueca viene el dardo.
Y tu cuerpo se guindaba para cerrar la huida.
Para espantar al gran tañedor
que pedía paz, la mula habló
con la rama a través de tu pelo.
Tenías que quedar así para que el tañedor
sufriese su paz; alguien desoía,
alguien se le escapaba. Tu hijo
combatía a tu estado mayor.
Querías que tu sangre resbalase
sólo sobre ti. Que no saliese
el rompimiento de la criatura
y que él fuese jefe del estado
mayor del padre. Ridículo,
ahora maldice el dardo que completaba.
La rama siempre mojada lo nueve.
Maldice a Joas con voz gangosa. Y emplaza
los dedos pulimentados de Salomón para la garganta
vieja de Joas, dardo para su hijo
que no quería ser jefe de su estado mayor.
Joas fue más allá de tus órdenes,
no se hizo a tus criaturas.
Su fidelidad mató a tu hijo.
No mates a Joas, no seas cojitranco.
Se quitó la máscara de esparto del jefe
del estado mayor. Motivo con venablos, gran tañedor, alábale David.
Es necesario también que esta batalla se cuente en este libro.
De Dador
El hilado se extiende como las preguntas del tapiz,
cuando aprovecha las aplacadas estrellas en las mamas
del porquerizo, rendido el plenilunio donde no puede penetrar.
Estalla sus estrellas en el polvo reptil el cerdo
gruñón tardío rechazado al manto del ceremonial.
La vara del porquerizo no prohíja escamas ojosas,
serpientes caducas, ni se entierra en las arenas
como el falo charlatán que se anuncia en las puertas,
o cae como las cadenas que rodean la ciudad de las puertas
bajas, rastrillando las espaldas de los tejedores ebrios.
la baba de la cabra saludando en las colinas
dialoga con las contraídas carcajadas del falo subterráneo,
su miel redondea las brumas absortas sin redondel,
su saliva rima con la eternidad del pedernal.
frotándose entre el cántaro y la pecadora caída de las aguas.
El saltimbanqui que toca con un dedo el falo alcanzado
por el tamaño de todo su cuerpo, pequeña sombra corporal
a los pies de la columna conmemorativa del implacable
círculo, volviendo a la matria lunar y el ocio de Lysis.
La cabra endulza el oblicuo frío creador
de la luna androginal, rasgando la circunscisión la impropiedad
de los términos necesarios con que el árbol se ata a su comienzo.
Antes de entrar la comitiva del estío en la ciudad,
humedecidas las pizarras por la resurrección de las aguas,
los tejedores han enredado su indolencia en las torrecillas de las flautas,
saltando de los adormecidos sacerdotes el falo piróforo.
Es una luz la que proviene, es una luz la que restalla
la transparencia maternal desprendiendo a la paloma.
En el fugato del cuerpo boquerón de deseos,
cuando la corriente bruñe cada uno de los poros oscilantes,
cerrándole la espesura riesgosa del párpado,
la cabra, calva nieve preguntante a su aguijón,
sabrosa sabiduría pues tendrá que retirarse en el desmayo,
cuando el torete amurallado en su bastón quemadura,
suelta la fosfórica lombriz a su gruñido,
acorralada en el tatuaje boquilindo balbuceando.
Deslenguada tensión antes de penetrar en el húmedo cucurucho,
se repliega al recibir el lanzazo que lo enzeta abullonado,
permisado para hablar bobalicón limoso diosecillo,
mordisqueada por los bordes la despreciada torre sonambúlica,
suelta su agua de coral albino nadando por hormigas
hambrientas, galerías del mazapán, nudillos del peine, asordinado,
y al final el toro lame el centro de la sombra en el bastión.
Viene la barquilla hasta la raya milenaria de gasterópodos y casaquines,
toldo con frutas del Giorgione,
agudizando la soplada pareja de faisanes,
el mismo aliento iguala la diversidad de sus juradas testas,
cuando la Dama de los Helechos y el Príncipe Insecto,
borrando con placentaria agua legañosa,
despiertan sus caricias platerescas en el pan de la masa
y la energía. El aguijón del insecto 'hundiéndose en los estambres,
conjugando al vegetal con los nudillos áureos del ciervo volador.
Es el aguijón del porquerizo, hincando las aplastadas estrellas
del porcino roncoso en bombardas fiorituras tragicómicas,
cubriendo como grasosa manta las hogueras de los ríspidos
escalones de la áspera lavanda. Sucio, futuro reconocimiento
de las empotradas ondas del neurótico perfume sobreaviso.
Los masajistas de improvisadas tersuras en el Ganges,
bruñen como pedernales de rotación etrusca,
el falo luciérnaga en el pelo lacio de la monodia paranirvana.
El lingam con su mascarón ornado de cuchillas japonesas,
penetra en las campanillas de la vagina pluviosa;
las espinas del esturión atraviesan el indiviso tegumento
y los gatos faraónicos chillan en las hipóstilas vaginales.
La humoresca extensión porcina busca cubrir con sus estelares
tetillas las fibrinas donde asoman sus pestañas las arenas
placentarias y Tetis, matrona de adolescentes semidioses;
allí la mandrágora ojizarca dilata el cristal de cada grano,
y la tierra despereza, decapita el tentáculo del ciego,
la gomosa respiración subterránea une el velamen de la semilla
con el perro tironeado por la raicilla y la dilatación por el tridente
del toro conversador y enmascarado por tirsos y gimnásticas jabalinas.
Después de haber quemado las anémonas del río, el falo carcajada
vacila al penetrar en la ciudad reducida a muñeco gigantoma,
o a vagar como luciferino insecto desprendido del hacecillo,
donde la prolongada cabellera navega por el arenal fosfórico,
allí se recuesta un dios hastiado de la inútil conversación
de Júpiter pluvioso y Juno reidora de los amargos desterrados,
mientras la calva nieve de la cabra se dora en luz derivada
y tauro muge corpulenta extensión para el secuestro,
la balandronada del falo bosteza la expansión de la vid,
al penetrar en la sala hiperbórea para las ondas de Anfión,
cuando la raíz ovillada con la mandrágora hiela
el bastón con sierpes congeladas y centellitas del Júpiter cosechero.
Cielos del Sabbat
Ahincadas o labiándose, por el parque o el mar,
trocar, Trocadero, anapestos, trocaicos, se deciden.
Sus sábanas de cuévanos sueltan hombrecitos, toallas
del ensayo bufonesco de las costumbres de los bisoños,
entrando en la galería con el antifaz de la merienda,
marfiles de las ornamentales tapaderas revisados
por el silbato que pellizca las carcajadas.
Se inicia la temporada del estampado venenoso.
Llegan con sábans relumbrantes de piernas,
con vuelta de vueltas del disco pagado,
el pelo punzó, las piernas pescadas, los patos falderos
en toscas lunas de frasco de azul otomano.
Del parque o del mar le suena el embozo
por el cazón también alcanzado, si no fuese que el parque
o el mar mastican trocaico, anapestos, las mantas
prestadas, cloqueos del humo, para rechuparse
las escalerantes damas que barnizan el ancla.
Rotos de cadera y guitarra afinan la espina
evaporada en el bolsillo del día
del desembarcado. En el anapesto de vienesas lisonjas,
el vino y el ángel de la plaza de los embajadores,
para saltar la opereta de cornamusa, para las coronaciones
del sueño de cera fluyendo desde la caseta
a la ira justa del placer de la arena y el péndulo.
Agujeta, cucaña, burritos del escaparate de tres lunas,
onagro de enanos de quiebrahacha,
eneldos que escuecen salmuera a pescuezos,
zurrón que cobra los turnos a timbres bajantes,
hojas de calabaza, malvavisco echado a rodar
a los quince, toalla de sarampión, sala
con las tarjetas de Fátima, La caballista,
entra por las carteras con tijeras barbadas
y polvos cegatos para el estornudo que rompe
el éxtasis. Melodías de Broadway, taponcito, ratón,
de coral mordiendo la oreja, duro carrusel con puenta,
de gusado de seda, dulcero con la escobilla
por la oreja. Suave oración
silenciosa envolviendo el cuerpo en benjuí.
Ah, que apaguen, a su timbre los cinco
registros, aquí no llega el gusano escanciador,
Ganimedes de entrepuente, laberinto de añil
de la otra toalla, cierra cartero el bolsón
con los siete gatos de las Cabrillas,
reclama tu saturniano silbato, vuelve a la orilla
a oír y a chupar las esponjas.
Glaucón, lengüeta de la gaviota a su torre,
dulcero, cayéndose.
Aprendió en el légamo egipcio, luego se disfrazó
de morisca, su guitarra le roba a los marineritos.
Judith, mirando los zapatos de estreno,
zapatos azules con mal encordadas pestañas,
y el timbre le afeita el espejo, lenguando tarjetas.
Los grupos repasan la eficaz lentitud de la pelota
de cristal, reemplazando a la esfera mordiendo
su copiosa sustancia, las manos absorben
el cristal, aunque la manual cortesía se interpone,
traspasa el cristal su sanguinaria proyección.
La pelota se arrastra suave, en cada hoja, desciende
por su gracioso centro endurecido, va a romperse
en las baldosas, recibe el soplo mediador
tapiz donde se apunta el tanto con silencioso
griterío, sólo el ademán danzando de los labios
y la voz que no trenza descifra los chillidos
de la niebla, el árbol ha crecido para pescar
la pelota de cristal, salta de hoja en rama
sin intercalarse en la ocupación dormida de los pájaros.
El cristal evapora la inaudita procesión nocturna
de los juegos con la pelota de cristal, la sopla
hasta la copa de los árboles, si despierta un pájaro
intercambian sus cabezas los jugadores, desean
un exagerado rigor en la precisión de sus jugadas
y se van adormeciendo escuchando el nacimiento
del árbol que tiene las raíces sudoross de cristal.
Los incansables jugadores persiguen la pelota
que nunca estuvo allí, pero la tierra se evapora
entrechocando el súbito de un crecimeinto
y la pelota de cristal.
Las comprobaciones lavan el salmón, la escasa
luna divierte el cosquilleo de los gendarmes.
Su silbato iza el merengue de las braguetas,
esperando los tiesos del panadero bromeando
con el suicida, porque la americana se rubrica
con el muro, para no regresar con los encajes
verdes de Virginia y cumplimentar sus adoptivos
deseos con el manjuarí.
Los oscilantes pasos del trocaico resbalan
por la obsidiana sin reclamar el relieve
donde la tortuga destroza las puntuaciones
de la lanza y espera al jabalí.
La tersa, enredada lividez de la obsidiana
o la gorguera del gaditano caracol,
retroceden ante la piedra de cobre con fibrillas
de oro, o la presta anémona dócil
al rostro de cada brisa gira su boca,
acometiendo ciegos los poros al tridente.
El desembarcado está ya rozado por la pelota
de cristal, sube por el ancla recortada
en una piedra blanda y transparente
y en un disecado ojo de pulpo.
La caballista lo laminó entre dos sábanas,
se siente intercalado por la flauta
que le sopla polvillo de malvavisco
y el tazón nuboso que los acoge y adormece.
Los monstruos somnolientos tropiezan en la sala de las rejas,
los disfraces, imanes, jícaras y semicírculos,
se enroscan como pellejos viejos al caldero,
y los días de cosecha se transparentan traspasados
por el cuarto de luna sin lenguaje.
Los trasgos, como Buridán, entre dos lagos, se esconden
en las esponjas, que pisadas chirrían el sonido
que se extingue al asimiento de la hijastra.
Endurecida la musical esponja se rompe
en el órgano ecuestre del confesionario.
El rezongado lago del mamut creciendo,
alborota las entrecortadas sílabas de la esponja.
La escamosa sala y el audible lago,
preparan los andamios y los polvorosos floripondios,
que van a ser fumados por los trirremes del mural.
Las ahumadas escaleras coinciden con la demagogia del entronque,
donde las sillas romanas esparcen blandamente el calendario.
Trepa por la gotera y por la escala, ya en el centro del armonio,
liga las cuerdas reacias al conjuro, cuando asciende
el ahorcadito relame el horóscopo bufón.
Poemas no publicados en libros
Proverbios
I
Allí la luna hundida al centro
de los árboles, donde extiende
la susurrante malla de los llegados
anteayer y ya busca los hilos
interpuestos entre el plato de cobre
y los remeros. El almendro
a decidir llamado entre flautistas
que conducen el humo hasta la aurora
y los cuerpos evaporados por el río.
Los cuerpos nacidos a la música
del eco que atesora suspicaz
el extinguirse de las ondas de oro.
Murmura el coro de pastores,
semidormidos, su insolencia
ante el varón de las hojas
del almendro. Sus coros
se plegaron al amanecer de los delfines,
traídos por el eco y los sumandos,
ágiles tejedores, del ramaje.
Los dedos, llaves de la brisa,
deciden la corrupta agudeza
que rasguña los sentidos.
Pies peludos, sílex que no canta,
sus manos ocultan la zampoña,
considerando bosques a su aroma,
aroma al crespo de la fruta.
Las manos, como el agua antaño,
revisan la corteza tachonada,
la pulpa hormigada por los dientes,
como el viento glotón de los junquillos.
La zampoña, el cuero lleno de lunares,
le da a la algazara su compás.
Lánguidos los pastores en su siesta,
cambian el uniforme agotamiento
en algodonosa marcha de guerreros.
Es el bicorne, músico dios Pan,
iguala la sangre con el vino,
antes que la uva jurase por su estío
y la vid trepase dirigida
por las verídicas rodillas del gigante.
Precursora la hoja del almendro
del guante que la sombra alarga,
hasta en el encumbrado pecho
endurecerse. Es el enviado por su madre
para exprimir la esponja melodiosa.
Resbala la hoja por las patas
del fauno, resbala por el azul
bolsón de este barbado.
La hoja al llegar a la zampoña,
le avisa al triunfante con sus alas,
mejilloso secuestrador de melodías,
aún Apolo no le ha roscado
la boca con su flauta.
Es el dios, es el biscorne,
música acantilado atesorando
las sirenas y los danzantes juntos.
Resuelto coro de pastores
alegra al chivo dios de la colina:
Almendral, tú dirás la verdad.
II
Desarticula justa la neblina
el sombrero de los árboles.
La conspiración disciplinaria
taladra sus vestigios
al sentarse en la mesa
del huidizo puente, ablandado
en la algazara donde el compás
pregunta por la muerte.
La neblina es la sangre ascendida
por la noche y el azul cometa
fraguando el risoto del monte neptuniano.
Había que aventar los coros de pastores,
diferenciar las manos que en los rostros
respiran presionando los sonidos.
Confundido el triunfo del caprípedo,
neblinoso camina por las olas,
donde el pez lo mira y lo devuelve
círculo ya frío, pues la onda,
navegante tumba le da incierta,
cuerno hueco, rabo mustio.
Había igualado su zampoña
la sangre con el vino,
pero no la sangre con la nube.
La emigrante manada de la niebla,
raspa los trigales arco pétreo,
donde los trojes guardan el oscuro
y le humedecen la capota.
La harina es el reposo de la iracundia
del fantasma, tiende a hundir,
como el agua bebedora de la tierra,
al grave que avanza con sus botas
a la cuchilla que graba canon e iniciales,
chillantes pájaros al fuego.
La harina goza la raíz de las almenas,
la anchura, gravamen de dos levas,
donde los arqueros cantan el Mosela.
Al crujir el levadizo
y sentir la quejumbre de la niebla,
deshechos cartuchos harinosos
llevan piedras al cuello del plumón.
La ley del gluten en sus carros
—vuelan renqueantes los cabestros
buscando cabizbajos la pezuña
del secular sochantre de los morros—,
rechaza el cupo corrido de las nieblas
que aprietan al carro con sus piedras
pintadas con el negro comienzo de las sierras.
Madrugador el tabernero silba
al héroe conductor de lo harinoso,
despechugando el trote de la tinta.
Su canción comienza en la sentencia:
Año de neblinas, año de harinas.
III
Pero la neblina sangra los cabellos
negros. Hay la respirante diferencia
de los oficios, las manos que al apretar
sudan el hierro. Los dedos adelgazados
por la entrada y fuga dentro del aire,
quedando los tejedores adormidos
tan pronto el aire no sostiene el rostro.
Los probadores de campanas
que tienen que vivir junto a los ecos,
o vivir la ascendente lejanía,
junto a la escolta que no espera.
Hay la diferencia de envoltura,
que anticipa la semejanza de la entraña
del caracol azul y el rosicler,
nutridos los dos de restos de naufragio:
el pelirrojo, el sombra verde,
el cara pez, el tomatoso,
el llora ciervo, el camina bailando.
La neblina, impulsada por la sangre,
borra los cabellos negros.
La imagen llora la pregunta,
con su pelambre de tortura
trae la cifra de los Dioscuros por el muro.
Cortante un hilo,
un hilo en la luna de las nieblas,
dualiza al hombrecito de cabellos negros.
Telón lento para arias breves
I
Mueve matinalmente la colita,
para no caer en el esmalte blanco
de un jarrón. Su postrer abrazo
con el plumero, rompe la gruta
donde su fantasma zarandea la gamuza,
marca el fuego que la desnudará,
hasta el grito del cactus.
Verde es el cactus, la lagartija es verde,
pero es de uva el color de aquel plumero,
ancla de cobalto y gorguera de Aldebarán.
Lagartija blanca, aguada en el esmalte
de un jarrón blanco,
cambia la servilleta por la lengua,
pero no el tolón de un reloj despertador
por el trueno de un mapa de verano.
Franja del arco iris borró el esmalte blanco
pero la lagartija habanera,
contenta como la tabla de multiplicar bien sabida,
le abre la puerta al azafrán del plumero.
II
Canta la guitarra sentada en el mulo,
canta el mulo buscando la pestaña.
Viene la pestaña el dije de legaña
y la mañana entera a correr, a correr el guineo.
Celebra alada, coceado grabado tudesco,
puntitos negros y mirilla arenera,
cartucho picoteado por el pico guineo.
En fila las moscas llanto de unicornio
y la cesta de peces,
tronco de faisán, halago de corneta,
rompe el telegrafista manual,
aislando los puntos negros y blancos
del guineo matinal, el guineo
en el reparto del pan.
¿Están en la pechuga del Conde del río?
¿En el escudo de la lechuga?
¿Dónde el guneo cenará?
Se anuncia el guineo en el centro matinal,
los crespos fondistas cáscara de papas
hierven sobre la cerca
con la vacía cantina a cuestas,
pero su susto es alegre:
a correr, a correr el guineo.
III
Hay un fuego privilegiado, no el hornillo
de la Moira, es el horno de las tortas,
en las tierras sin agua sirve para el barbero,
pero en la gloria con su río, hornea el terrón
con la harina y la vainilla de Estambul.
Aquí al quitasol de Marco Polo
le llamamos guayaba, pájaro escarlata
que dice tú y marca la raya.
La casa de los crujidos está en Morón,
tintineo de la espera y cucharas de plata,
fogón merovingio donde hierve el agua de coco,
refectorio de Zurbarán para la torta reciente.
Se come la torta
con un cinturón bordado, viendo largamente
al escarabajo reposar en el tabaco siena,
con ojos de almendro y pellizco,
con golpes de la punta del pañuelo
sobre la camisa para ahuyentar
la dulce tierra blanca.
Los caballeros de estambres plegadizos,
preguntan a la flor del pozo:
¿Quién hace los dulces?
IV
Tiene cara caída, tiene bolsillo húmedo,
tiene viruela y tiene luciérnaga.
A todo va con lento paso, embajador con cayado,
a todo ciñe, friolera nocturna, colchas,
las rizadas colchas del naufragio.
Sacude la mano dentro del río
para entibiarlo, horqueta
de perejil para Mamá Manatí
y los curieles baldados.
Al gunos murmuran que tiene cielo
bífido y le saltan manchas,
azogue lacrimógeno, porrón con rastrillo,
pulga con tarlana y antifaz
de pesadilla, en cuclillas, gelatina
de estrella de mar.
¿Usted pregunta quién hace los dulces?
El que dice: el pobre.
V
Pensó ir, pero no fue al teatro.
Tocó el timbre, pero habían puesto algodón
para que no sonara. Orejas ahogadas,
con peces muertos en la lámina nocturna.
Un dolmen herido cubre la llanura,
lazadas y cuchillos lo zarandean y muerden.
La silla, donde nunca recibió sentado,
está en el museo junto con la Tabla de esmeralda.
De pie sobre la silla, arengando
le iba dando uno por uno la mano
a los muertos. No se sabe si es bueno
que nos reciba o nos dé las espaldas.
Le buscó en el templo,
pero le dicen que se fue a un bautizo
en otro templo, pero allí tampoco imantaba
la fiesta, hubo pepitoria casera.
En el café: ―hoy es el único día
que no ha venido, siga preguntando
en la hilera de árboles‖.
El timbre cubierto por un sombrero,
mordido por las manos,
se hiere sin sonar.
No suena el timbre y vienen todos los cervatillos.
Me dicen siempre que no está.
VI
Había guardado un pulpo dentro de una redoma,
hundiéndose le había dado clavo al centro
en la verja de la ventana. Así, cuando se secó,
tenía algo de araña y algo también de estrella de mar.
pasó frente al relato,
cállese dijo al rastrillar su fósforo.
Era un perro malsano, le plateaban
las pulgas, monedas
con las que el niño compraba los pericos cojos,
las latas de tolú para los viejos fumadores.
Cállese, cállese, por favor.
Atahualpa jugaba al ajedrez con Hernando de Soto,
mientras los distraía, la muerte iba creciendo,
pero Atahualpa tuvo tiempo de indicarle
el agua mágica, habladora, que aprieta
de nuevo los cabellos en el agua nocturna.
¿Perdió la partida? ¿La ganó al morir Hernando de Soto?
En seco: Cállese.
Pierde la serpiente con la tortuga,
pero asusta al gamo.
Pero sólo el gamo oye la noche de la ciudad,
la sábana que se estira hasta llegar al trineo.
El gamo, asustado y temblón,
gusto de la noche placentera.
Cállese.
VII
Rodeo de la piña claveteada
con flecos coralinos
y los ombligos como escudos de los coraceros,
apuntando el flequillo.
Añicos dominicales, alfileres cabezoncitos,
un día que creció más que los otros días redondos,
que sostuvo el techo como un árbol habanero,
un día que jugó al dominó
con todo el barrio, oloroso a guayaba extensiva.
Isla de San Luis con las gasolineras sin banderolas,
bolas de colores para la boca del Caimán Chico,
perinola para el costado de Caimán Grande,
bufanda operática para el Caimán Brac.
Serpentinas para el cochero borracho,
perseguido por el frac del trombón de vara,
feliz al salir de las termas,
cisneando un vals vienés.
Después de un día cabezón,
picaflor en el agua del armadillo,
sudando la montura para parir la siesta.
VIII
Todo el desdén estaba barnizado,
las estalactitas eran escaleras
para descender a perderse
en el sótano de las cepas o en el tálamo
de las legumbres ferruginosas.
Todo estaba licuado para quitar
la escalera, favorecer el traspiés,
quitar la malla del espejo enredadera.
El taraceado desdén, fingido,
como el cuerno de la venatoria en el menguante,
necesitaba de sus tres corderos,
de sus carcajadas en mediciones complementarias.
Necesitaban de sus serpientes flautas
y de su tambor sentadera para el batutín lejano.
Como un punto necesita del desprendimiento
de las condensaciones, para componer
con las ojivas de un búfalo
sin terraplén ni ladrillos rodados,
necesitaban de su estable quinqué,
y de su incesante mantel giratorio,
el mantel para las prisas del ángel no caído.
Llegó el terror del año postrimero.
No vino más.
IX
El día que penetra
en la ausencia de la lagartija,
el día sin zapatos muscíneos,
sin cántaro boqueante, ni papada
amaranto para el arca de Noé.
Se abre hacia dentro, como un alfanje
que siguiese el consejo del albogón monótono.
Como una pulpa de pez raya,
no salgo y salgo, no salgo y llego
al castillo ablandado donde me aprietan.
Salgo y taconeo todos los platos
de vajillas trifolias, mansos trilobitas
golpean sus frentes en las vitrinas claustrales.
El día que crece como una medalla
de arena tocada por la resaca abuelita.
Cabalgata algodonosa, blanco
de un capilar roto en el bostezo del gato.
Crepúsculo del tercer despertar, machacando
el hielo de las seis de la tarde,
caballeros, qué domingo.
X
Descolgarse por el espejo, agarro
un pelo, pero no, la podadera
empieza a cortar la yerba verde.
El inmenso rostro penetrando en el cono
del agua, derrumba fragoroso
de la ducha con la rodela
de Solimán. El previo asordamiento
necesario para pasar la noche
en una gruta. No es la merienda
en la gruta tiznada, ni los remilgos
cimbreantes del bastoncillo de Citera.
La barca del espejo, donde la navaja,
con la naranjada flotante, acaricia
la doblegada yerba facial.
Si pudiera cortar todo lo inútil
—lo que crece y puede ser arrancado—,
para nuestro mal si se pudiera
va cortando la noche con el día,
la ascensión del rostro hasta el humo,
cabeceando en la marejada del espejo.
Deja el desnudo en la orilla,
carga con el desnudo hasta el manglar,
la pulpa del pez raya ingurgita,
desde el azul del mosaico,
hasta el horizonte inútil de la yerba facial.
Se afeitaba, frente al espejo
del baño, cuando…
La prueba de Jade
Cuando llegué a la subdividida casa,
donde lo mismo podía encontrar el falso
reloj de Postdam los días de recibo
del ajedrecista Kempelen, o el perico
de porcelana de Sajonia, favorito de María Antonieta.
Estaba allí también, en su caja de peluche
negro y de algodón envuelto en tafetán blanco,
la pequeña diosa de jade, con un gran ramo
que pasaba de una mano a la otra más fría.
La ascendí hasta la luz, era el antiguo
rayo de la luna cristalizado, el gracioso bastón
con el que los emperadores chinos juraban el trono,
y dividían el bastón en dos partes y la sucesión
milenaria seguía subdividiendo y siempre quedaba el jade
para jurar, para dividir en dos partes,
para el ying y para el yang.
Pero el probador, paseante de los metales y las jarras,
me dijo con su cara rápida de conejo color caramelo:
apóyela en la mejilla, el jade siempre frío.
Sentí que el jade era el interruptor,
el interpuesto entre el pascaliano entredeux,
el que suspende la afluencia claroscura,
la espada para la luminosidad espejeante,
la sílaba detenida entre el río que impulsa
y el espejo que detiene.
Da prueba de su validez por el frío,
el señuelo para el conejo húmedo.
Todas las joyas en la lámina del escudo:
en la mañana el conejo oscilando
sus bigotes sobre la mazorca de maíz.
Qué comienzos, qué oros, qué trifolias,
el conejo, la reina del jade, el frío que interrumpe.
Pero el jade es también un carbunclo entre el río y el espejo,
una prisión del agua donde despereza
el pájaro hoguera, deshaciendo el fuego en gotas.
Las gotas como peras, inmensas máscaras
a las que el fuego les dictó las escamas de su soberanía.
Las máscaras hechas realezas por las entrañas
que les enseñaron como el caracol
extraer el color de la tierra.
Y la frialdad del jade sobre las mejillas,
para proclamar su realeza, su peso verdadero,
su huella congelada entre el río y el espejo.
Probar su realidad por el frío,
la gracia de su ventana por la ausencia,
y la reina verdadera, la prueba del jade,
por la fuga de la escarcha
en un breve trineo que traza letras
sobre el nido de las mejillas.
Cerramos los ojos, la nieve vuela.
Entre dos puertas
Entre dos puertas,
con su humillo, la palabra entelerido.
Las mantas sobre los huesos
y la avanzada en los dominios
del frío, del frío que borra la cara
de las espuelas.
El desfile en sus voces coloreantes,
de la lámpara al pajar,
en las hinchadas mejillas del granadero,
dormido guardián.
El miedo entre dos árboles,
saltando las estacas del parral,
vistiéndose en un sillón tan anchuroso
como la palangana con los libros.
El frío se aclara en el miedo.
Frío entre los perros,
flujo en la crecida de la medianoche,
allí donde lloró el antílope.
Después de frío y de miedo,
viene fatalmente: sobrecogido.
Enteco entre dos árboles.
Lloroso, borrado, impalpable.
Vestido de pimiento bailón,
en su sueño el lagarto
comienza a humear.
De Fragmentos a su imán
Desembarco al mediodía
I
Los dientes eran el piano
de estribor; el anteojo, una tripita
que sale del cristal
izquierdo, el puente en la nariz
estalla, lluvia de charreteras
confitadas, gaviotas
en su retraso para el fisco
entre dos nubes alumbrado.
El coco con dos ojos
pintados se sonríe,
aclamaciones, la pólvora
diseña un mariscal cegato
hurgando con la lanza.
La pelirroja haciendo señas
con la flauta, atrae
a la tripulación que ya reclama
fornicar a la intemperie.
El farol en la cabaña oscila,
reciben nalgadas los tamboriteros
que entran temblorosos en el sueño
del hijo del jefe de la tribu.
El tamboritero alza un vaso
de aguardiente, también orina su sandalia.
Lo sombreado desliza sus tres hijos,
echando en el oído
no el plomo ensimismado,
sino el oro y oropel
de las piedras de la orina.
Su prole sonríe invariable-
mente detrás de una máscara
de oro granulado.
II
Redondea una conchilla,
enlaza rúbricas en la brisa,
guarda resquemor la toronja
por su piel ancestral.
Su punteado amarillo viejo
rectifica la presuntuosa
marina matinal.
Su rechazo a las preguntas,
inmóvil zarandeo global,
tecla sonriente y gamuza
que quiere pulimentar la clorofila.
Oso marfil y violonchelo,
entre patines y bandejas
la avejentada toronja matinal,
en el imán de las herraduras.
El Mercurio de Juan de Bolonia,
con los brazos cruzados del arco iris
en la marchita espalda de la toronja.
Calva del clown
más besado por la vecinería.
Esfera armilar y clavicordio,
partidos en cuatro como un mazapán
y como un queso.
III
Esta es la noche octosilábica,
con sílabas que avanzan
hacia la pulpa de una fruta.
En cuartetos y pareados
se verifica la horrible bifurcación
de la noche, escogiendo entre dos ríos.
Las sílabas se alzan en dos patas,
como los caballos ante las letras
aljamiadas del relámpago.
Las sílabas musitadas en el cónclave.
El acordeón que se despliega
con el aire genuflexo
y vuelve como una pasa
a esconderse debajo de la faldeta.
Avanza y se pierde,
luego recoge las sílabas como granos
de maíz picoteados por el guineo.
Cada grano de maíz
asciende como una sílaba
por la garganta del acordeón.
Las flechas, cuando son pájaros,
atraviesan las manos con anones,
buscan el renacimiento de la vihuela,
y las sílabas se agrupan y sobresaltan
en el porrón de las cenizas.
Las flechas encandilan los despojos,
y salta el bailarín.
Décimas de la querencia
(Para Fina García Marruz)
Mariposa en entredós
vino la décima, Fina,
fingí astucia divina c
omo un griego, quería dos
plieguillos en la encina
fijos, me fingí airado
porque me fuera otorgado
el doblete del bailón,
y siento en buen alegrón
dos décimas he sumado.
No tengo el genio ni el rayo
de Jove, ni escapado
en el halcón del mes mayo,
sí el tomeguín azulado,
no en la ventana cipayo.
La aristía, la protección
de Minerva en el turbión,
con la que usted me acreciera,
no vale —Dios lo quisiera—
su caridad, su corazón.
De Otros poemas
Poema
Mi dolor no es el arco de la luna
que mi espalda refleja ni la estrella desnuda
que levanta una fría estrella contemplativa.
Mi dolor, mi alegría, que yerra por espejos errabundos,
la sustancia alcanzada de la roca erigida,
no son mi centro oscuro que detengo y te ofrezco.
Pero te veo de pronto salvadora enemiga,
a mí llega la nube y el ruido de la abeja,
y clara enemiga te sorbo y me creas.
La creación se extiende en definida alegría,
el zumo de los labios ya no desea y crece
el rumor alcanzado en soberanía exquisita
del arco y de la flecha, de la flecha y del son.
Crecedoras las furias deshacen sus fragmentos.
Elásticas columnas recrean el juego de la sombra
y de nuestro centro oscuro fuga la creación serena.
Del cuerpo ante el cristal y de la sombra huidiza
que en nuestra fuente ha destruido el nido.
Ahora la sombra atrae en su torre cercada.
La sombra y el cuerpo enemistados vagan.
El primer cuerpo creador, creador alternado,
clara enemiga, desprende una luz embriagada,
robusto mensaje de la ola viajera.
La sombra interrumpe la canción corporal
y en la garganta no salta el tritón deslumbrado.
La diversidad sus bultos pintarrajea.
Dice única la voz una:
sólo hay un rostro, una garganta, una luz renaciente.
De la nevada testa el viento remoza los cabellos
y cierzo de la muerte revierten los diamantes
de la postrer mirada que se lleva el gran río.
El coro de los guerreros afina sus pisadas
y la muerte no grita en el tambor de las cabalgatas.
Definido está el aire: el secreto del ave ya no está mantenido
y la redención del pez comprende la secreta soledad
del hombre que ayer preguntaba errabundo.
Ahora el misterio en las astas del ciervo
con plenilunio suelta sus monstruosas escamas.
El hombre no aposenta el arco de la luna.
Su helada blancura desdeñada sin fin.
La noche marinera ni rapta el tiempo ni la muerte nos trae.
Severo el fuego construyendo adormece
al hombre y al ángel de la llave entregada.
Retrato de José Cemí
No libró ningún combate, pues jadear
fue la costumbre establecida entre su hálito
y la brisa o la tempestad.
Su nombre es también Thelema Semi,
su voluntad puede buscar un cuerpo
en la sombra, la sombra de un árbol
y el árbol que está a la entrada del Infierno.
Fue fiel a Orfeo y a Proserpina.
Reverenció a sus amigos, a la melodía,
ya la que se oculta, o la que hace temblar
en el estío a las hojas.
El arte lo acompañó todos los días,
la naturaleza le regaló su calma y su fiebre.
Calmosos como la noche,
la fiebre le hizo agotar la sed
en ríos sumergidos,
pues él buscaba un río y no un camino.
Tiempo le fue dado para alcanzar la dicha,
pudo oírle a Pascal:
los ríos son caminos que andan.
Así todo lo que creyó en la fiebre,
lo comprendió después calmosamente.
Es en lo que cree, está donde conoce,
entre una columna de aire y la piedra del sacrificio.
José María Andrés Fernando Lezama Lima nació el 19 de diciembre de 1910 en La Habana, y murió el 9 de agosto de 1976 en la misma ciudad. fue un poeta, novelista, cuentista, ensayista y pensador estético cubano. Entre 1937 y 1943 fundó tres revistas, Verbum (1937), Espuela de Plata (1939-1941) y Nadie parecía (1942-1944)
En 1944 funda la revista Orígenes y nucleó a un grupo de artistas e intelectuales entre los que se encontraban, entre otros, Ángel Gaztelu, Justo Rodríguez Santos, Gastón Baquero, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Virgilio Piñera, Octavio Smith, Mariano Rodríguez y René Portocarrero.
Con el triunfo de la Revolución cubana, fue nombrado director del Departamento de Literatura y Publicaciones del Instituto Nacional de Cultura, desde donde dirigió importantes colecciones de libros clásicos y españoles.
En 1961 actuó como jurado del Premio Casa de las Américas, en la categoría de poesía, volviendo a participar en otras dos ediciones (1965 y 1967)
BIBLIOGRAFÍA
Poesía
Muerte de Narciso, Úcar, García y Cía., La Habana, 1937.
Enemigo rumor, Úcar, García y Cía., La Habana,1941.
Aventuras sigilosas: poemas, Ediciones Orígenes,La Habana, 1945.
La fijeza, Ediciones Orígenes,La Habana, 1949.
Dador, [Impresores Úcar, García, S.A.]La Habana,1960.
Poesía completa, Instituto del Libro,La Habana, 1970.
Fragmentos a su imán, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1977.
Obras completas / 2 t, introd. Cintio Vitier,Aguiar,Biblioteca de Autores Modernos,México ,1975- 1977. (en t.1)
Narrativa
Paradiso, Ediciones Unión,La Habana, [c 1966].
Oppiano Licario, Editorial Arte y Literatura,La Habana, [1977].
Obras completas 2 t /introd. Cintio Vitier, Aguiar,Biblioteca de Autores Modernos,México [1975- 1977]
Juego de las decapitaciones, Montesinos,Barcelona, 1982.
Cuentos, Editorial Letras Cubanas,La Habana, 1987.
Ensayo
Coloquio con Juan Ramón Jiménez, Dirección de Cultura, La Habana,1938.
Arístides Fernández, Dirección de Cultura, La Habana, 1950.
Analecta del reloj: ensayos, Orígenes, La Habana 1953.
La expresión americana, Ministerio de Educación, Instituto Nacional de Cultura,La Habana,1957.
Tratados en La Habana, Departamento de Publicaciones Culturales, Universidad Central de las Villas, 1958.
Antología de la poesía cubana. ,3 t. Consejo Nacional de Cultura, Biblioteca Básica de Autores Cubanos, La Habana,1965.
La cantidad hechizada, UNEAC, La Habana,1970.
Nuevo encuentro con Víctor Manuel, Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 1970.
Las eras imaginarias, Editorial Fundamentos, Madrid, 1971.



