Aixa Rava
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Actualizado: hace 2 días
La poesía de Aixa Rava
Por Luis Benítez
Aixa Rava nació en Tierra del Fuego, en 1982. Escritora, docente, directora del sello editorial Tanta Ceniza Editora. En 2022 obtuvo las becas Can Serrat y Faberllull Olot. Publicó Barda (Buenos Aires Poetry, 2014); La luz no se corta como el papel (Ed. doble zeta, 2016); Los sitios de mi cuerpo (Añosluz, 2019); En el patio crece una planta rosario (Qeja, 2021); Sobre esta misma nieve (Esdrújula Ediciones, 2022) y Godai. El libro de lo manifiesto (Liliputienses, 2023; Caburé, 2024), por el que recibió las becas antes mencionadas.
Forma parte de las antologías Poesía Neuquén (Honorable Legislatura del Neuquén, 2020); Camellia. Mujeres que toman té (Tanta Ceniza Editora, 2021); Paisajes del interior. Antología de mujeres poetas de la Patagonia (Isla Negra Editores, 2021); Campo. 100 poemas sobre la tierra de 100 poetas argentinxs (Camalote, 2022); Mujer y escritura: 35 autoras argentinas de hoy (Fundación La Balandra y Centro PEN Argentina, 2022); Poetas Argentinas (1981-2000) (Ediciones del Dock, 2022); Panorama contemporáneo de la poesía de Neuquén (Fondo Editorial Neuquino, 2023) y Un fulgor distinto. Autoras contemporáneas de la Isla Grande de Tierra del Fuego (en prensa, Tanta Ceniza Editora, 2025).
Como meridianamente ha destacado Marisa Martínez Pérsico (1978) en la revista Aérea: ”Aixa Rava construye un mundo onírico donde lo delicado convive con lo salvaje en la tensión cotidiana de un yo que habita un paisaje inmenso, inabordable, por momentos indócil. Su poesía es un contrapunto de glaciares, neviscas, álamos protectores, frambuesos y ‘pequeños movimientos afectivos’ que se desarrollan en interiores domésticos. De este cruce entre la vastedad patagónica y los microclimas íntimos emerge una voz personal, a veces inquietante, que bucea entre el extrañamiento y la familiaridad”.
Luis Benítez
Poemas de Aixa Rava
Nieve
La última vez que toqué la nieve
mis manos recibieron las partículas
minúsculas de aquella otra
que alguna vez odié.
Una bola de nieve es como una bola de cristal:
puedo ver a través las calles blancas
las piernas enterradas hasta la rodilla
los techos cubiertos, las ramas vencidas
las huellas cimbreantes, barrosas
de los autos y camiones.
Puedo ver también las tardes
de juego en casa:
la danza en el living
el montaje en la escalera
mamá que teje y toma mates y nos mira.
Una soledad plomiza entra por las ventanas,
papá está lejos, en el campo
imprime sobre esta misma nieve
la rúbrica de sus borcegos.
La nutria que cuidamos está en mis brazos,
caliente el cuerpo se hincha y retorna,
nos mira hasta que se duerme y la nevisca
se funde con las voces de Sui Generis.
Mis manos aclimatadas se acoplan al fuelle,
la última vez que toqué la nieve
eché en falta ese pelaje denso
por sentirlo otra vez dejé
que me quemara el frío.
Tierra del fuego
La luz rodea el verano en el recuerdo,
aquí la sombra deambula con los niños;
entre turberas y fiordos, los glaciares
hacen que el hielo se vuelva un enemigo.
En esta isla, la sangre se congela,
la piel se raja, la voz se hace chillido;
y hasta las bestias, las plantas, los caminos
creen que la nieve es ajena al paraíso.
Y es que no hay cardos, sudor, no hay regocijo
de tambos, de granjas ni de silos;
y si hay un sol, un día, una tarde,
se esconde junto al hierro sin aviso.
Jugar es cosa de adentro, no de plaza,
y a nadie se le antoja el infinito,
que está en el mar, en el nombre, en la bahía,
en todo el viento, y también, en todo el frío.
En un domingo de bosque y costa espesa,
la libertad una rama de lenga
quiebra
con la ilusión de salir y no encontrarse
con el blanco, el gris y la tristeza.
La isla para el niño es una cárcel
con gaviotas,
nutrias y orcas muertas,
un exilio, un castigo, una venganza,
que en el sur de estos pies dejó su huella.
Armadura
Debajo del árbol me arrulla
como el viento a las ramas esa tarde
que me enfrenté a papá.
Diestra en el sostén de cuatro hijos
sus brazos rodean mi espalda
entrelaza las manos
y nos balanceamos las dos
una canasta humana.
Me dice No le contestes, hija…
palabras que puedo entender
y nos hundimos en las lides del cuerpo
y de la mente
como queriendo justificar
levantamientos y sumisiones.
Así, la vida-contienda, el hogar-campominado
el lenguaje-aguja y estos hilos que
se enredan y no se cortan.
Madre, todavía no aprendo
y me encierro en el abrazo
debajo del árbol, al arrullo del río.
A veces la armadura
se parece a un cascarón
y se parte.





