Claudina Domingo
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Actualizado: hace 2 días
La poesía de Claudina Domingo
Por Santiago Astrobbi Echavarri
Sin temor a equivocarme, podría decir que los poemarios hoy en día en México se escriben generalmente siguiendo un esquema, un mapa: se compra la tierra, se conectan el gas y la luz, se construyen los cimientos, las paredes, ya saben, lo demás. Esto puede ser una consecuencia (in)deseada de las becas y fondos para escritura: el PECDA, el FONCA, el Sistema Nacional de Creadores (y sus abuelos, padres e hijos institucionales) han galardonado sistemáticamente poemarios escritos de esta manera –con la cabeza arriba y los pies firmes en el suelo–. La experiencia de lectura del poemario resulta fascinante en muchos casos; transmite calma: es como sumergirse en una alberca olímpica: siempre tiene la misma profundidad, el mismo color de recubrimiento, el agua la misma temperatura. Otros poemarios dejan ver cierta mecanicidad, el trabajo, claro, con fecha de entrega y tutor apresurado por volver a su ranchito a escribir su propia poesía: “que nadie culpe a nadie”. Si les pedimos a los poemas que se paren solos, que caminen derecho por la línea, algunos se tropiezan. Ya sabes que no veo de noche (Atrasalante, 2017), de Claudina Domingo, de hecho, fue escrito con un mapa, pero tal vez con el más desconcertante que conocemos los humanos: el mapa de los sueños.
Con un uso prolífico de comillas, paréntesis y dos puntos, los poemas de Claudina nos invitan a avanzar entre susurros, murmullos, voces internas, laberintos de la mente, vacilaciones. Del arrullo de los trenes en el aire a un galpón acechado por una bestia; del desierto a un tropel de flores por la avenida; campaneros, iglesias, espejos; del campo y sus caballos a las pirámides de Tikal o a las playas de Acapulco: no hay sitio donde no podamos llegar en sueños. En sueños podemos adjetivar irreverentemente, cambiar de escenario sin explicarle nada a nadie, saltarnos las comas, emborracharnos y besar a desconocidos. El ritmo de los sueños, su carácter fluido y ligero, su ingravidez.
Llamados al frente, cuestionados sobre capitales, teoremas y escuelas rusas de lingüística, los poemas que componen Ya sabes que no veo de noche responden con avidez y precisión: Kigali, Baglini, Shklovski. Y luego comparten un mezcal, se acarician, bailan tantito, se atreven. El docente les tiene que pedir que por favor orden, que por favor. Claudina, desde la ventana del aula, en el exterior, sentada en la rama de un árbol muy alto, mira hacer a sus criaturas y sonríe. Fuma otro cigarrillo.
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la cobardía es una estrella que todos desdeñan “pero es la que nunca descansa” pegué más la espalda al muro (del otro lado del cañón) la tumultuosa historia de los minerales: pechos comprimidos sobre ingles de vetas verdosas “no mires hacia abajo: los pies tienen sus ojos”
me desplacé los últimos metros así: con la lengua enroscada en el corazón luego el pasaje se ensanchó y me tendí a contemplar la planicie
“la ambición es una estrella que indigesta”
pastaba en las praderas de estambre: su grupa perfecta —de un castaño como ojo de tigre— “entre las dos: un escuadrón de meteoritos” sus orejas pequeñas e inocentes: las crines negrísimas sacudiéndose con pereza en el aire junto a él los otros (sombras o dibujos recortados en cartón) “¿cuál eliges y cuál te adopta: te cría te alimenta te alumbra? (imposible saberlo)” ¿sería tan difícil (bajar hasta él): suplicarle o capturarlo? se aburre de la inmovilidad: trota un poco para acercarse a comer de unos violetas intensos que crecen en dobles nudos
—entonces recordé que un caballo es un hombre que no ha perdido la alegría—
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quizá porque ahí te conocí (delgado y alto como un papalote que hubiera perdido su rombo todo ojos para el mundo: ojos cansados por la noche ojos encendidos frente a los partidos de futbol)
quizá porque ahí te conocí es que intento volver: muevo ramas contesto acertijos y camino por noches prendidas de un terror diamantino y por países donde la gente nace en el fondo de las bañeras
(verás) primero las viejas del pueblo deben encontrar una bañera antigua y resistente la plantan bien detrás de la iglesia y luego (desde el campanario) vírgenes de cera arrojan cubetada tras cubetada de agua no siempre ocurre (y no sé si por ello deba llamársele milagro): bajo el chasquido atronador del agua se van dibujando ombligos senos cabellos largos uñas hasta que el hombre o la mujer (cansado del ruido) se pone de pie iluminando el día con su perfección siniestra
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“el alma de los caballos está hecha de yescas” la avenida estaba inundada de pasto y flores por millones (violetas rosadas amarillas) entré a casa por mi madre —ven: las flores de tu infancia han venido en tropa a reconocerte— cuando salimos el incendio ya se perfilaba hacia el metro —tenemos que huir —dijo mi madre— y las flores solo han venido a entorpecer nuestro escape (fíjate): solo se puede andar descalza y de puntillas sobre ellas—
corrimos en dirección contraria a las llamas: un cáncer de árboles rocas trinos y flores se tragaba nuestra ciudad —¿así cómo sabremos a dónde nos lleva el camino?— “los caballos no son animales ni hombres: lo más parecido a ellos son los números”
dormimos refugiadas en unos juegos infantiles que por la noche suspendieron su transformación a cascadas a la mañana olimos de nuevo el fuego: sentimos en las grietas de nuestra ciudad interior su terror: “hasta las piedras pierden su sangre de arena cuando el fuego las posee”
caminábamos en círculos cuando los vimos: regresaban a los establos con las crines y las colas azules al cambiar al trote lanzaron destellos de ámbar entraron a los establos chorreando cera: cuando se tumbaron a dormir su fuego tomó otra vez la engañosa textura del pelaje
Claudina Domingo (Ciudad de México, 1982) es poeta y narradora; su trabajo narrativo es editado por Sexto Piso. En 2023 publicó Dominio, una novela autobiográfica. Con el poemario Tránsito (Conaculta, 2011) ganó el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía para Obra Publicada Carlos Pellicer 2012. Con el libro de cuentos Las enemigas (2017) fue semifinalista del V Premio Iberoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. También es autora de la novela onírica La noche en el espejo (2020). Ganó los premios nacionales Gilberto Owen 2016 por Ya sabes que no veo de noche (Atrasalante, 2017), Enriqueta Ochoa 2022 con Material hospitalario y el Premio Clemencia Isaura de Poesía 2024 por Reconquista del reino de Kaan. Fue becaria de Jóvenes Creadores. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Tránsito está traducido al inglés por Ryan Green y publicado en Eulalia Books (2024).





