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León de Greiff. Antología

  • Foto del escritor: poesiaon
    poesiaon
  • 16 feb
  • 11 Min. de lectura

Balada del tiempo perdido

 

I

 

El tiempo he perdido

y he perdido el viaje...

 

Ni sé adónde he ido...

Mas sí vi un paisaje

sólo en ocres:

desteñido...

 

Lodo, barro, nieblas; brumas, nieblas, brumas

de turbio pelaje,

de negras plumas.

Y luces mediocres. Y luces mediocres.

Vi también erectos

pinos: señalaban un dombo confuso,

ominoso, abstruso,

y un horizonte gris de lindes circunspectos.

Vi aves

graves,

aves graves de lóbregas plumas

—antipáticas al hombre—,

silencios escuché, mudos, sin nombre,

que ambulaban ebrios por entre las brumas...

Lodo, barro, nieblas; brumas nieblas, brumas.

 

Ni sé adónde he ido,

y he perdido el viaje

y el tiempo he perdido...

 

II

 

El tiempo he perdido

y he perdido el viaje…

Ni sé adónde he ido...

Mas supe de un crepúsculo de fuego

crepitador: voluminosos gualdas

y calcinados lilas!

(otrora muelles como las tranquilas

disueltas esmeraldas).

Sentí, lascivo, aromas capitosos!

¡Bullentes crisopacios

brillaban lujuriosos

por sobre las bucólicas praderas!

 

Rojos vi y rubios, trémulos trigales

al beso de los vientos cariciosos!

Sangrantes de amapolas vi verde-azules eras!

 

Vi arbolados faunales:

Versallescos palacios

fabulosos

para lances y juegos estivales!

Todo acorde con pitos y flautas,

cornamusas, fagotes pastoriles,

y el lánguido piano

chopiniano,

y voces incautas

y mezzo-viriles

de mezzo-soprano.

 

Ni sé adónde he ido...

y he perdido el viaje

y el tiempo he perdido...

 

III

 

Y el tiempo he perdido

y he perdido el viaje...

 

Ni sé adónde he ido...

Por ver el paisaje

en ocres,

desteñido,

y por ver el crepúsculo de fuego!

 

Pudiendo haber mirado el escondido

jardín que hay en mis ámbitos mediocres!

o mirando sin ver: taimado juego,

buido ardid, sutil estrategma, del Sordo, el Frío, el Ciego.

(1923)

 

Rapsodia-soneto para Gregorio

 

Camarada! Camarada en fantásticas, en ilógicas, en absurdas y múltiples lides,

siempre fiel a mi vera, con tu gesto de risa, de sarcasmo, de burlas y befas y mofa,

en el viejo navío -bergantín o goleta, urca, birreme o praho- caballero en la hóspite cofa,

cuántas veces, mil veces! relataras leyendas prolijas, en que fuimos, los dos, adalides!

 

Añoranzas de puertos exóticos! Fragantes hembras! Zambras! Embriagueces de trágicas

    vides!

Las humosas tabernas y sombríos tabucos! Por España y por Indias, algaradas con la ríspida

    gente gallofa:

y las noches eternas por los árticos hielos: y la azul, sollozante, romántica estrofa

estrujada de llantos, cuando noches lunosas -ante rejas morunas- ¡serenatas y duelos:

    amatorios  ardides!

 

Ya cesó la Odisea. Hora somos añejos marinos. Viejos troncos y mútilos que a la orilla botó

    el oleaje...

De un naufragio despojos: abolidos despojos... Marineros anclados, en hirsuta, fatídica riba...

Es la vida pretexto, nada más, para historias y fábulas, para historias que todos, de falsas,

    rïendo, motejan...

 

Camarada! Camarada en fantásticas lides! Compañero de todo mi viaje: mi real e hipotético

    viaje

alredor de los Mundos, por abscónditos Mares! Los barcos -hogaño- sin nosotros alegres se

    alejan...

Camarada! Encendamos las pipas! El humo! Vagarosos recuerdos... -Por tu rostro curtido una

    lágrima surca, furtiva. 

(De Libro de signos, 1930)

 

 

Relato de Sergio Stepansky

 

Juego mi vida!

Bien poco valía!

La llevo perdida

sin remedio!

Erik Fjordsson.

Juego mi vida, cambio mi vida.

De todos modos

la llevo perdida...

 

Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,

la dono en usufructo, o la regalo...

 

La juego contra uno o contra todos,

la juego contra el cero o contra el infinito,

la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,

en una encrucijada, en una barricada, en un motín;

la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,

a todo lo ancho y a todo lo hondo

—en la periferia, en el medio,

y en el sub-fondo...

 

Juego mi vida, cambio mi vida,

la llevo perdida

sin remedio.

 

Y la juego —o la cambio por el más infantil espejismo,

la dono en usufructo o la regalo...:

o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:

todo, todo me da lo mismo:

lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo...

 

Todo, todo me da lo mismo:

todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo

donde se anudan serpentinos mis sesos.

Cambio mi vida por lámparas viejas

o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:

—por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:

por los colgajos que se guinda en las orejas

la simiesca mulata,

la terracota nubia,

la pálida morenaza, la amarilla oriental, o la hiperbórea

rubia:

cambio mi vida por un anillo de hojalata

o por la espada de Sigmundo,

o por el mundo

que tenía en los dedos Carlomagno: —para echar a

rodar la bola...

 

Cambio mi vida por la cándida aureola

del idiota o del santo;

la cambio por el collar

que le pintaron al gordo Capeto;

o por la ducha rígida que le llovió en la nuca

a Carlos de Inglaterra;

la cambio por un romance, la cambio

por un soneto;

por once gatos de Angora,

por una copla, por una saeta,

por un cantar;

por una baraja incompleta;

por una faca, por una pipa, por una sambuca...

 

o por esa muñeca que llora

como cualquier poeta.

 

Cambio mi vida —al fiado— por una fábrica de

crepúsculos (con arreboles);

por un gorila de Borneo;

por dos panteras de Sumatra;

por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra—

o por su naricilla que está en algún Museo;

cambio mi vida por lámparas viejas,

o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas...

¡o por dos huequecillos minúsculos

—en las sienes— por donde se me fugue, en grises

podres, toda la hartura, todo el fastidio, todo el

horror que almaceno en mis odres...!

 

Juego mi vida, cambio mi vida.

De todos modos

la llevo perdida...

 

 

Retrato de Guillaume De Lorges

 

Yo, señor, soy acontista.

Mi profesión es hacer disparos al aire.

Todavía no habré descendido la primera nube.

Mas, la delicia está en curvar el arco

y en suponer la flecha donde la clava el ojo.

 

Yo, señor, soy acontista.

 

Azores y neblíes, gerifaltes, tagres, sacres, alcotanes,

halcones,

acudid a la voz del acontista!

 

Y enderecemos nuestras garras a la conquista

de las nubes, volubles como los corazones...

y —cual los corazones— inmutables.

 

Yo, señor, soy acontista.

 

También he sido juglar en los mesones.

Revendedor de bulas.

Tañedor de laúd.

Y tragador de fuego y engullidor de sables.

Y bufón en las ferias.

 

Damas de los castillos a catar diéronme frutos de

acendrada virtud:

noches de bendición!

Otras noches fueron bien miserables.

 

Yo, señor, soy acontista.

 

También me he entretenido en cosas serias:

conocí al asno de Buridán

y al propio Buridán, que estuvo en la Tour de Nesle

(alguna vez fui con él,

pero me devolví de la poterna)

y vi ahorcar a Montfauçon

a Messire Enguerrand de Marigny.

Poco en letras leí...

mas sí he bebido buenos vinos, paladeado vianda

tierna,

y comido del mejor pan.

 

Yo, señor, soy acontista.

 

Mi profesión es hacer disparos al aire.

Todavía no habré descendido la primera nube...?

También soy jugador de dados

y tengo mis ribetes de asesino.

Presumo haber —en lontana ocasión— hurtádome los

vasos sagrados

de ya no sé qué iglesia, abadía o convento.

(Creo que han sido mías varias esposas de Jesús,

cuyos votos de castidad y su amor al esposo divino

fueron plumas al viento

y golondrinas migratorias que soltaron su vuelo desde la

Cruz...)

 

Azores y neblíes, gerifaltes, tagres, sacres, alfaneques,

halcones:

acudid a la voz del acontista!

 

Y enderecemos nuestras garras y nuestros picos a la

conquista

de las nubes, volubles como los corazones...

y —cual los corazones— siempre iguales.

 

Yo, señor, soy acontista.

 

También resulto un poco lento y mucho largo en las mis

relaciones...

Juzgo que hay caso de fantasía en mi rapsodia:

pero, ni yo soy Tácito, ni aquestos son Anales...

Tampoco he de cantar la palinodia

ni de irrumpir en monótonos trenos!

 

Yo, señor, soy acontista.

Nada más. Nada menos.

 

Y tengo sueño y tengo sed, señor. Salud! Y Abur!

señor, abur! Y hasta otra vista.

 

(De Variaciones alrededor de nada, 1936)

 

Prosas de Gaspar

 

XIX

 

Mi verdadera vocación es el silencio. Mi vicio incoer-

cible, la aridez. Mi solo crimen, la soledad.

La risa o la sonrisa o el rictus: tácitos glosadores de

los fenómenos circundantes y del espectáculo grotesco.

Tácitos, pues no es sonora mi risa —tumulto latente.

Ah, las intraducidas burlas! Ah, la nunca espetada

ironía! Ah, los sarcasmos suculentos, la buída gorja,

la alacre befa, el comentario acre, el peregrino esco-

lio! Tácitos. Jamás oídos.

 

+++

 

Otro tiempo fui leogrifo, y otra ocasión juglar de

larga travesía, y alguna vez hube de incursionar por

cotos vedadísimos, tras de la música y en pos de la

poética: Dianas celosísimas que cribáronme con sus

veneblos —pero mi solo vicio es el silencio, la sole-

dad mi vocación, y la aridez mi crimen.

Aridez, fino manto, vulnerable corteza tenue: por

recatar —acaso— un espíritu asaz emocional.

Silencio, joyel de músicas recónditas.

Soledad, con los mudos amigos.

Mudos amigos: cuya callada melodía por los ojos se

cuela y se aposenta en el magín. Mudos amigos que

otro ensueño ajeno creó. Mudos amigos que engendró

el propio ensueño, si no urdió la fantasía, y vivos —ah,

tan reales!— como nó los que topan conmigo o que

discurren a la vera de mi aburrimiento.

Soledad, con los mudos amigos; aridez, fino man-

to; silencio, joyel de músicas recónditas, floración de

recuerdos, divagar...

Ah, las jamás catadas elaciones nacidas del silen-

cio! Las sortílegas músicas que la soledad acondicio-

na! Y la frescura espiritual que la aridez depara: frui-

ción de callado embeleso, inebriante acinesia de

extático y eufórico regusto!

(De Prosas de Gaspar, 1937)

 

 

Cancioncilla

 

No toques nada. Déjalo todo en su sitio.

Mira la rosa mirobolante, signo, símbolo, emblema.

Para los ojos nada, ni para los subsentidos.

Sólo la música és. La Poesía, la Música son una sola Ella

Y Ella, cualquier Ella, lo sortílego

si sombra efímera huidera.

 

Para los ojos nada. Función es de los ojos

transvasar las imágenes, aprehenderlas, las fija

—para la eternidad— el químico de acordes.

El sólo. El solo.

Fija una vez la imagen aprehendida...

Los ojos y los otros, subsentidos, servidores.

Y Ella..., el mito remoto,

la volandera sombra efímera,

y la traza cinérea y el regusto salobre.

 

No toques nada: todo en su sitio. Déja...

Mira la rosa mirobolante. Y es la rosa testigo,

si no pretexto apenas y ocasional abrigo

de musical ensueño, si miel para la abeja.

 

Goza, chúpa la miel... Rosa, hoy conseja,

vive en el verso. Y en el pan muere el trigo.

La rosa fue la amiga del amigo.

 

Rosa testigo y trigo. Pan comido. Flor vieja.

Son una sola Ella, música, poesía.

No toques nada. Todo en su sitio quede.

Testigo fue la rosa de pétalos resecos.

 

Breve placer. Breve dolor. Ya Malvasía,

ya cicuta. ¡Oh Retórica que hiede!

Placer, dolor, ayer... Hoy, huecos ecos!

 

No toques nada. Déjalo todo en su nicho,

déjalo todo en la urna.

 

Mira la rosa, cualquiera rosa mirobolante.

Nada para los ojos; todo para la caracola resonante.

Sólo la Música és. Y el resto, ocio y capricho,

mentida euforia más que taciturna.

Poesía y la Música son el eterno instante,

y Ella, cualquiera Ella, sombra errante,

función del viento: y lo demás, ya dicho,

mi sola alma nocturna.

 

No toques nada. Todo en su sitio deja.

Lo que viene y se va, lo que se fue y retorna

con lo que nunca adivino; lo que ya no vendrá.

No sólo el vino cobra calidad si se añeja:

también el corazón el tiempo exorna,

y lo que fue aventura mito se tornará...

(De Fárrago, 1954)

 

 

Secuencia sin consecuencias

 

I

 

Eso que fraguas, cosa es no poética:

ni dásle consistencia de alfeñique,

ni en ello loas a incorpórea Psique

de élitros de ángel, mística y sintética.

 

Eso que urdes... Dónde está la grética

o la hepbúrnea siquier con que se imbrique

tu gusto solitario? Otra fabrique

tu estro inverecundo, de fonética

 

lánguida: evanescente Flor de Vidrio

no odorante —no huele el alborio—,

manzana sin sabor— que así es inocua:

 

serás Poeta Esteta Testa-hidrio

(super alma de cántaro infusorio,

valga decir) tañendo Harpa Aqüilocua!

 

(De Velero paradójico, 1957)

 

 

Facecieta coloquial número uno

 

—¿Esa risa befante, y este afán bufonesco?

—Seriedad abomino.

—¿Dejar el canto y adoptar la cómica

Clownería? —Platitud abomino.

—¿Filósofo una vez y ágora...? —Horresco,

buen señor, lo dantesco

al par que lo mirrino.

Nada me curo de la Poesía:

la Poesía me resulta vómica.

 

—Dejar el canto y asumir la cómica

clownería? ¡Notorio desatino!

 

—Ahora es vozno lo que ayer fue trino.

Y cuando trino, cantidad atómica

mi trinar: ruiseñor no parecía

sino búho señero o, quier, pingüino

gabe y zurdo: me place la antinómica

más que la paralela simetría.

Ruiseñor nunca. El gorjear hialino

jamás don de mi gola. Crisostómica

jamás mi fauce: a tal no pretendía.

Ruiseñor nunca. Búho sibilino,

pingüino fui, bufón. Una astronómica

distancia entre el sollozo y mi folía...

 

—Dejar el canto, abandonar el trino...

 

—Buen señor, a pesar de mi bonhómica

mansuetud, la su cantrorimanía

me exaspera, endilgada de contino

con esa su frecuencia metronómica.

Buen viaje, buen señor, con franca vía:

Sin canto y trino voy por mi camino.

 

—¿Dejar el canto y adoptar la cómica

clown-bufo-pitre-gabe juglaría?

 

—Sí, señor! ¡Combas velas, viento fresco

por la popa! Y abur ¡oh momia fiambre!

Nunca, por más que me atosigue el hambre

de gloriola —que nunca me atosiga—

y sin antes saber lo que me pesco

la red aventaré. ¿Que más poesco

 

se podría pensar —no me lo diga—,

se podría pescar —si no un calambre—

que vos, oh parangón de lo grotesco?

¿que vos, oh nata y flor de corambre?

Pláceme más —borrico— en el alambre

bufonesco danzar, mimo y funámbulo,

que aderezar la Oda. Soy noctámbulo

trovero y sublunar —nada académico,

ni adocenado poetete endémico,

ni —a la moda— paródico epidémico,

ni augur de lira atómico-astronómica,

paradislero orondo, huero, opimo...

 

—¿Dejar el canto y asumir la cómica

juglería? oh bufón! oh clown! oh mimo!

 

—Buen señor, ganapán! ¿Qué más poesco

se podría pescar —si no un infarto—

¿que vos, oh super-Tio, oh proto-Lila?

¿Qué Caribdis maelstrómica, que Scila

caríbdica, que Scílico Maelstróm

constelado de sirtes? Tú —Condom—

águila —qué Demóstenes! —in quarto—

su funérea oración —póstumo parto—

tu funérea oración —flecha del Parto—

¿cómo —Bousset— no endílgaisla a este Zote?

 

—¿Dejar el Canto, y asumir la cómica

juglaría? ¡oh bufón! ¡oh clown! ¡oh pitre!

 

—¡Al Karakórum véte a pasitrote!

Mil recuerdos a Dante! Otros mil a Virgilio!

Diez besos a Beatriz —la del idilio

trunco. A Laura de Noves (del Petrarca

puro dolatro) diez. Y abur al corto

(al corto y largo mucho más que breve)

genitor de la Astrea kilométrica

(la Astrea en longitud es cosa tétrica

y en platitud —¿leerla quién se atreve?)

El Tostado al hojearla quedó absorto

(El Mahabarata, ante ese ingente aborto,

el Mahabarata, es dístico de parca

parvedad ante el “corto” del Astrea!)

 

—De parca parvedad, sobriedad, parquedad, triza

como gustéis! Ad libitum! Como queráis ¡Atiza!

y... a pasitrote véte al Karakórum!

al Karakórum véte, zoilo anémico!

Chirle arquíloco! Engendro de belitre!

zafio pelafustán, hez, vermes, larva!

A pasitrote véte al Karakórum,

al Pindo o al Parnaso o al Bobea!

 

(Pongo, con esto, bajo del pupitre,

dos o tres Ramayanas y otra Astrea

—que no pensé escribir— y otra Odisea,

con mis Odas a Caro, Olmedo y Mitre

(Bartolomé) Me raparé la barba,

me amputaré la pluma (¿hay quién lo crea?)

por complacer —asina— al Stultórum:

dulce es por él callar, “dulce et decórum”!

 

Nequáquan!

Sí! Nequáquan!

 

¡Seguiré siempre con mi tu autem-vaquam!

—con mi péndola pluma que tirtea

y con mi barba!

—La portaba en Narva—

(De Nova et vetera, 1970)


Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Haeusler: Poeta antioqueño (Medellín, julio 22 de 1895 - Bogotá, julio 11 de 1976). Uno de los poetas más originales, y uno de los mayores, que ha dado Colombia. Leo Le Gris, Matías Aldecoa, Sergio Stepanski y Gaspar von der Nacht fueron algunos de los seudónimos que utilizó para firmar sus obras. Formó parte del grupo de los Panidas.

Entre junio y septiembre de 1925 junto, con Jorge Zalamea, Rafael Maya, Germán Arciniegas, Luis Vidales, Alberto Lleras y otros, publican la revista Los Nuevos, en la cual una "nueva" generación empezó a hacerse sentir. En 1970 fue reconocido con el Premio Nacional de Poesía.

Tergiversaciones (1925); Cuadernillo poético (1929); Libro de Signos (1930); Variaciones alredor de nada (1936); Prosas de Gaspar (1937); Semblanzas y comentarios (1942); Fárrago (1954); Bárbara Charanga (1957); Bajo el signo de Leo (1957); Nova et vetera (1973); Libro de relatos (1975).

Mamotretos

Primer Mamotreto Tergiversaciones (1925); Segundo Mamotreto Libro de Signos (1930); Tercer Mamotreto Variaciones alredor de nada (1936); Cuarto Mamotreto Prosas de Gaspar (1937); Quinto Mamotreto Fárrago (1954); Sexto Mamotreto Bárbara Charanga (1957); Séptimo Mamotreto Bajo el signo de Leo (1957); Octavo Mamotreto Nova et vetera (1973); Noveno Mamotreto Pantaleon Decimo y once (2016).

Sus Obras Completas fueron publicadas por Ediciones Tercer Mundo (Bogotá) en el año 1976 y cuentan con un prólogo de Jorge Zalamea.



 
 
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