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Aldo Oliva

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  • 19 feb
  • 22 Min. de lectura

CÉSAR EN DYRRACHIUM

a Juan José Saer

El texto que a continuación puede leerse consta de dos partes. La primera («Diégesis a Lucano») es una versión, fragmentaria y relativamente libre, del Libro VI de la Pharsalia (De belle civile) de M. A. Lucanus, frequentemente apoyada en la traducción francesa, en prosa, de A. Bourgery (La guerre civile, París, Les Belles Lettres, 1947/48), con notorias disidencias sintácticas y semánticas respecto de ella. Un intento de formalización métrica me llevó a preferir el alejandrino (desconsiderando la rima) entre las versificaciones posibles en castellano. Sin introducir un cotejo abusivo, sentí que los mejores momentos de Rubén Darío, en ese metro, me facilitaban un respaldo «clásico» que era posible transferir al hexámetro épico latino y rescatarle alguna vigencia al trueque poemático a nuestra lengua.

La segunda parte («Aliter») es un intento de consumación, también poemática, de las resonancias antropológicas liberadas en el curso de la estructuración textual de la «Diégesis» y su denotación histórica, aunque los perfiles reales de muchas de las imágenes deberían recortarse sobre las luminosidades de la «Égloga IV» de Virgilio como sombras negadoras de su mesiánico optimismo histórico.

Aldo F. Oliva

 

 

I. DIÉGESIS A LUCANO

Ya previsto el combate, como dos gladiadores

mirados por los dioses, los Jefes, enfrentadas

las tropas, acamparon sobre cumbres vecinas.

César ha desdeñado combatir los antiguos

bastiones de los griegos, pues, de hoy en más, no quiere

ya deber al buen hado los favores de Marte

sino frente a su yerno. Consumando sus ruegos,

ha invocado la hora, funesta para el mundo,

de arrebatarlo todo por el azar; anhela

el golpe del destino que habrá de ensombrecer

una cabeza u otra. Cubriendo las colinas,

en tres marchas, sus huestes y sus insignias todas

desplegó amenazantes, testimoniando entonces

que está siempre dispuesto a la ruina de Lacio.

Cuando ve que su yerno, sin dejarse atraer

a alguna escaramuza para librar combate,

afirma su confianza cerrando sus trincheras,

mueve César su insignia y, escamoteando el paso

por densos matorrales, a toda prisa macho

sobre la ciudadela del área de Dyrrachium.

Pompeyo, previniendo los controles del mar,

ha copado la altura que el taulantino llama

Petra y aloja las murallas de Efira cuyas torres

tan solas bastarían para ponerle abrigo.

Mas, lo que la protege no es obra de la antigua

progenie, el edificio del humano trabajo

que cede fácilmente, pese a su ardua eminencia,

o a las guerras o al paso destructor de los años

sobre todas las cosas. Ningún hierro podría

Quebrantar, sin embargo, su defensa: la sede

y la naturaleza del lugar elegido.

Pues, cerrada en su base por la escarpada sima

de enormes arrecifes que vomitan al mar,

a una estrecha colina debe no ser realmente

una isla. Los escollos terribles a las naves,

sostienen las murallas; los furores de Jónico,

cuando está arrebatado por el Austro implacable,

Estremecen los templos y las casas y sube

a las altas techumbres el oleaje espumando.

Una loca Esperanza violenta aquí la mente

belicosa de César: cercar al enemigo

diseminado sobre las extensas colinas

y ajeno a la maniobra que se urde desde lejos.

Ha medido las tierras su mirada; sería

—ponderó— fruto exiguo levantar sorpresivos

muros de frágil césped; así transportó ingentes

Rocas de los peñascos y piedras ya arrancadas

de las viejas canteras, las casas de los griegos

y lo que halló, saqueadas sus fortificaciones.

Ni el despiadado ariete, ni de guerra ninguna

máquina arrasadora conmover lograrían

lo que allí se construye. Se fracturan los montes,

y sobre el sitio mismo, por las escarpaduras,

César va conduciendo la marcha de su obra:

abre fosos; trazando la unión de las alturas,

dispone fortalezas coronadas de torres;

en un inmenso abrazo circunda los confines

lejanos, bosques, claros, soledades frondosas;

y en vasto ojeo sus hombres se cierran sobre el paso

de las bestias salvajes (llanos y pasturajes

no hacen falta a Pompeyo: sin salir del circuito

del baluarte de César, desplaza el campamento).

Más de un río aquí surge y allí se pierde, luego

de un curso fatigoso; mas César, extenuado,

en medio de los campos, para pulsar la suma

de su obra, permanece. Que ahora la antigua Fábula

exalte las murallas de Ilión y que con ello

las adscriba a los dioses; que el cerco amurallado,

hecho en débil ladrillo, de Babilonia, admiren

los partos fugitivos: he aquí que todo el ámbito

que va envolviendo el Tigris, todo lo que el Orontes

rápido va ciñendo, las tierras del oriente

provistas por los pueblos de todo el Reino Asirio,

contenerse podrían en esta obra arrebatada

de súbito al tumulto confuso de la guerra.

¡Cuánta labor perdida! Tantas manos podrían

unir Sestos a Abydos y hundir el mar de Frixos

bajo un suelo de tierra; de los extensos reinos

de la casta de Penélope separar a Corinto

y ahorrar a los navíos los enormes rodeos

del cabo de Malea; sin que fuese otorgado

por la naturaleza, transformar —por su bien—

cualquier lugar del mundo. Sea unificado el campo

del juego de la guerra. Se nutre aquí la sangre

que va a ser derramada sobre todas las tierras;

aquí están contenidos los futuros desastres

de Tesalia y de Libia. La furia civil hierve

sobre la breve arena. La estructura erigida

ha burlado en principio la atención de Pompeyo:

tal aquel que seguro en los campos cultivados

del medio de Sicania desconoce el ladrido

de los rabiosos Pélores, o, cuando agitadas

por la errabunda Tetis las playas rutupinas,

el estruendoso oleaje escapa a los britanos

de Caledonia céntrica. En cuanto vio las tierras

cercadas por las vastas líneas de los baluartes,

conduciendo en persona el descenso de los cuadros

desde el fuerte de Petra, los dispersa a lo largo

del terreno, variado de elevaciones leves,

para extender las fuerzas de César y atenuarle

la compresión al cerco moviéndole sus hombres.

Él mismo se reserva, con una empalizada,

un refugio cercado semejante en distancia

a la que corre desde las alturas romanas

a la pequeña Aricia, la villa de los bosques,

consagrada a la Diana que se adora en Micenas;

tan extensa es la franja de tierra donde el Tíber,

deslizándose bajo las murallas de Roma

—suponiendo que nunca torciera su corriente—

al mar va descendiendo. Las trompetas no llaman

a combate; sin voces de mando, los disparos

vagan ciegos; y cuando, muchas veces, el brazo

se ensaye en el venablo, se habrá incurrido en crimen.

Un extremo cuidado de Pompeyo le impide

que se enfrenten las armas. Considera la exhausta

provisión de la tierra que la caballería

pisoteó en su carrera: deshizo el duro casco

con frenético paso las praderas herbosas;

aunque plenos de paja, transportada desde otras

riberas, los establos el corcel de batalla

en los campos segados, exánime reclama

vitales pastos frescos, y, plegando sus corvas,

en un trémulo giro, doblegándose, muere.

En tanto disolvía la corrupción sus cuerpos

y consumía sus miembros, el inmutable cielo,

desde una oscura nube, diseminaba el fluido

contagio de la peste. Con soplo parecido,

arroja Neso desde los peñascos brumosos

de la Estigia los aires y los antros exhalan

las furias del mortífero Tifón. Se quebrantan

los poblados. El agua, más dispuesta que el cielo

a padecer la carga de todas las ponzoña,

al instilar sus heces endurece las vísceras.

Ya una torva negrura deja yerta las piel

y desgaja los ojos distensos; por la cara,

que el morbo sacro abrasa, la ígnea plaga transita;

la cabeza, agobiada, rehúsa sostenerse.

Más y más el destino todo arroja al abismo;

ya el morbo no intermedia la muerte con la vida;

y con la muerte llega la indolencia: la plaga

se expande, con la turba de aquellos que cayeron,

en tanto los cadáveres de yazgan insepultos

mezclados con los cuerpos de los sobrevivientes;

pues ser diseminados más allá de las tiendas

de campaña tan sólo los funerales eran

de aquellos desdichados ciudadanos. Con todo,

la desventura cede: detrás estaba el mar,

las riberas, el aire que dan los aquilones,

las carenas repletas de la mies extranjera.

[…]

 

 

II. ALITER

Et cetera, Marco Anneo Lucano:

has de saber que las auroras

vieron sobrevolar a las Harpías

durante dos milenios;

has de saber (el sibilino

hexámetro lo nombra)

que el Hierro se extendió de mar a mar;

que la temprana

fiebre de Cumas

ilustró con fuego,

en las lindes del mundo,

las cuevas vietnamitas

y una magna hidrarquía,

grande como las aguas

inhumó la semilla

cósmica del acero

en las fosas votivas de la abierta ecumene.

Has de saber que las Harpías

vieron sobrevolar las auroras

durante dos milenios;

has de saber (y aquella boca

sometida al poema lo sabía)

que, acuñada en los dones

del Evo de Saturno,

una incierta moneda

congregó al oro cándido

que alumbra el espacio,

legisló entre las sombras

los bienes de la tierra,

roló en ríos de sangre,

trocó en precio la muerte

y restalló en los signos que rigieron la vida.

¡Qué cerca estaba Cólquide!

Aquí nomás. En la vagina,

ya penetrada;

en la mirra, el incienso

y el oro de las almas;

en el aire, millonario de nápalm.

Un tiempo

de furia circular inseminado,

de seminal infinitud movido,

nos acuna, coetáneos

del esplendor que infectaba las Harpías,

del hedor que oprimía a las auroras.

Ergo, Anneo Lucano:

¿no es tu misma pasión la que soporta

la inscripción de esta mano?

Quiero decir: no estamos condenados

a inventar el vacío

de posesión cuando se inscribe

la mano de poder sobre las cosas?

«El ánfora erigida frente al palor de Oriente»

es una epifanía

o un rito funerario?

una visión o un ruego?

se da sobre el espacio

o sobre la palabra?,

en la palabra espacio?

Calma, niños, calma.

Ha llegado el momento.

La pupila rijosa

Reginae Bitiniae

ha contemplado el mar

(esa loca esmeralda

que un sueño llamó Adriático

y la Galia ulterior, «vagues de rêves»)

desde una tierra

alta de derrota:

Dyrrachium, feo promontorio,

tus aves —como el ojo de la Gloria—

habrán librado

su insigne deyección

entre las olas esmeraldas

para lavarse el sueño

del vuelo hacia la altura?

Ahora en el seno

de una topografía estupefacta

la caligráfica mirada

dibuja los confines

que el mirto y el laurel enmascaraban

a los prodigios de la espada:

radial rosa de fuego,

razonará en el brazo

constructor el espacio

que alteraban los dioses;

légamo lujurioso,

apresará en la letra

labrada los temblores

que ofuscaban la imagen.

Aunque la esencia

de la luz, equívoca, conjure

la piedad con la roca

o el amor con el póstumo amaranto,

no quedará vestigio

de piedra libre

que en sí misma se cumpla;

el ojo espiritual, en las fisuras

de la materia alucinada,

cauto, manual, inexorable,

socavando la noche

del ánfora erigida frente al palor de Oriente,

no es ya límpida parábola

de la masacre esclarecida

entre las huellas de la luz?

Has nacido, Occidente. Una fronda

agitada de metales perennes

nos cuestiona las manos

y nos cobija el sexo cuando,

bajo el reclamo de un viento soterrado,

olemos, curvados como un arco

sobre la vieja tierra,

la sombra solapada del deseo

que la palabra transfiguró en ceniza.

 

(1977) Cesar en Dyrrachium (1986).

 

 

Pie de página

 

Sé que soy hijo de un aire pisoteado,

de un barro levantisco,

del borramiento

de númenes sombríos.

En el cuenco ofertorio

que mi nacer forjó

y llamaron mi mano,

un pétalo -que ahora

de nácar sueño-,

larga, gozosamente,

-una críptica

agitación evanescente-

marchitó

el aroma surgente

de su icor.

            Ausencia

geminal, que mis hijos,

surtiendo, colmarán

de barro pisoteado,

de aire levantisco:

conmovida,

irradiante corola

de ávida fragancia;

solidaria, alta cabriola;

tenacidad de ternura;

fintas solapadas de honda

insurgencia.

Un cosmos, en la palabra,

de la mutación floral,

que irrumpa.

Fisura,

lírica punción

en la entraña perpetrada

de la opacidad del ser.

 

 

Mazuleina

 

Dies irae -la leyenda

del tiempo en la memoria-

grabó la estampa de azúcares agriados:

la caída del azor desbañado

sobre el columbario;

la aspersión de las péñolas,

azoradas, desde lo alto;

el vano vuelo mustio, erosionando

por solapados gránulos de azufre.

 

Pero un gesto de gracia

giró el caleidoscopio:

lapislázuli, en ojos ofertorios;

tierna, temeraria entereza

cribando la violencia del mar,

para surcarlo.

 

Y así, derivando en la cresta

alucinada de las olas,

se tramó la insurgencia

del hálito floral de acariciantes

zalameas de azaleas,

tácitas renuencias,

en la sima,

de aquel naufragio azul,

en que se hundió esta mano.

 

 

Vieja lavando ropa

a mi madre, i.m.

 

No son sólo las manos

(la hoja, apenas perfilada,

del plátano, en la fronda,

sería lo mismo)

sino sus idas y venidas

¿a qué?

Camisas y bombachas,

trapos sanitarios, mierda:

¿y qué? Un pífano

podría

arrojar locamente todo

a una tierra elevada,

melódica, de unívoco

limo.

(¡Ah, tropos de epifanía!)

“Pour moi, nerveux…” cundo

la destrucción; amo el perfil

evanescente del estruje

ceñido de las telas

miserables en las manos

poderosas que oprimen,

exprimen, drenan la muerte.

No la vida, su límite.

La manzana, ya comida

¿paladeada?, muerta

en sangre final, consanguínea

—tenacidad del gris—.

 

El dolor

apagado en la obra.

 

 

Adiós en noviembre

 

a A.F. in memoriam

 

En otro espacio convoco tu rostro.

 

No ya en el cálido verdor de otro noviembre

en que unidos bebimos la dulce

fugacidad de lo real.

 

Ni en el designio feliz de las miradas

que creaban la noche como un sueño

certero y hondo de materia encendida.

 

Ni en esa grieta

sutil de duelo

que creciendo quebró el orden del tiempo.

 

Ni siquiera en la lágrima.

 

Hoy convoco tu rostro en otro espacio.

En la muerte precisa de la palabra.

En su humillación y en su horror.

 

Guárdame en tu mano

—para siempre lejana—

el esplendor tenaz de esta ceniza.

 

 

Alcohol

 

Pétalos que huyen en el fuego

es la más pura construcción de la noche.

Su sistema progresa en una dolorosa combustión de silencio.

Es lo que va pasando a través de mi cuerpo,

ardiendo lo que me deja solo,

la mano ávida extendida, desdeñada en la sombra,

vibrando entre máquinas consagradas y motivos solemnes.

Sin embargo, los ojos que prevén la razón de este exilio,

la ira que pasa y retorna, pasa y retorna

vadeando el castigo y es la más pura

construcción de la noche

estallando en la mano extendida como un conocimiento,

los ojos ávidos de la ira,

su punzante síntesis vadeando el castigo,

urden la irremediable destrucción de la noche,

la absoluta extinción de las tumbas vigentes

de tierra inútil

y conciertan las sangres laterales

en la patria de leche endurecida

y el mero sol y un canto.

Los teléfonos definitivos propagan la leyenda.

 

Raíz

 

Ni el aguaribay de sensible verde,

ni la cálida idea de la fraternidad,

ni las estrellas del alcohol

que encienden las estrellas,

ni el lujoso perfume

que arrecia en la derrota

del que se afanó en lo real,

soñó, lució, naufragó,

se afanó en lo real,

ni el número posible

que desnude el mundo

son Tú, tu verdad

de semilla durísima que liga

a esta tierra de sangre,

niebla, sueño,

mi mano…

Oh, tú, rostro del alba,

más allá del alba.

 

Verano

 

Para la ascensión de mis ojos,

déjame apenas

la violencia solar.

 

Mi fe se llama

azulamiento atroz que canta:

ciclos que ciñen

la sumisa tierra de oro.

 

La sombra velocísima del fruto

que sostengo quebrándome

me alimenta de pájaros.

 

Para el prestigio de mi destrucción

déjame apenas

los alcoholes frenéticos del aire.

 

Por mi sangre descienden

a su único sueño,

reunido, fervoroso, que se tumba

y muere.

 

Suben entonces mis niños ágiles,

destruyendo, a tu vientre.

 

Mucho más lejos, una vibración entre dos saltos,

—esta lejanía es todo mi pecado—

la ulterior población dulcemente desnuda

danza en la luz.

 

 

Oda a la derrota

para Antonio Oliva

 

 

Aquí estás, pibe lustrín,

diez años,

ojos de vibrante e incisiva

petición.

Aquí, en la oda magna

de los intersticios que ajan la cocina.

Camínala, cucaracha enjoyada

que ilumina,

contrasta las erosiones:

sesgos, gestos, gateadas

en la cundida y oropelada

ciudad.

Pues andas, cajón al hombro,

y le develas su ser de mera sombra

de excremento.

 

"¿Un lápiz -me dijiste- un lápiz

quiere? ¿Usted escribe?"

(Sólo esto -pensé).

Pensé también: no pensar.

Sino:

Tanta eminencia

de fango,

alzada y tremolante

como gladio,

para saber

la vida en el enrosque

de la víbora:

en el peso, denso, planetario,

del diluvio;

en el hilo

límpido y filoso

de la mirada del desprecio:

el calidoscopio

de la producción del alma.

¿Legadas escenas,

rescates emanados

de un abrazo

abarcante -en la

historia-

del oprobio?

Dulce y ominosa

fugacidad

del barro endurecido;

hojas pérfidas de sílex

en el pecho, desasido

de un canto.

 

Si sabes la derrota,

sabrás el tránsito,

el sudor del ser

que se derrama

y se transmuta;

que, alucinado,

vuela y reposa

en el primario nicho

donde duerme

el vendaval de la locura:

ésa, la que fija

la paradójica prosa

del poema.

 

Derrota, tú has creado

la fábula del mar

y de sus monstruos;

el infinito

diagrama restallando

de fondo, suturando

la zambullida

abisal del somorgujo,

su emergencia insumisa.

Y así, por tierra,

van también los pueblos

en redota.

 

Así transfiere al sueño

de la oda

su arabesco borrado.

Intrincadas floraciones

de la trama oprimida;

insurgencias de auroras

en el crepúsculo;

canto rasante

en la fragancia

de la Rosa de los Vientos.

 

Vuélcate, vaivén alada,

sobre la tácita

violencia del relámpago

en el palor de este violado

papel.

Sé,

sobre el tiempo,

como su tempestad.

 

 

Epigráfica del Ehret

 

I

 

Ya girado sobre el paño del otoño

el loco corazón, en el conjuro

vano de Aldebarán, gema cegada

por la deflagración del equinoccio,

elevo el sortilegio del derrumbe

donde la calle Santa Fe de entonces

se abría como el Lago del Averno

y sus riberas eran sospechosas.

 

Despojada de mí, mi propia huella, por las

viejas veredas arrasadas, borda el

razonamiento mutilado del clamor

errabundo del deseo:

prosodia de dolor, acento de ira, vestigios

ultrajados de la letra

de amor radial que se quebró en la boca.

 

Seres de dulce impregnación —la sombra fugaz

de la palabra y la palabra

leve de la sombra—ahora, sin embargo,

sueñan para tu nombre en la memoria los

vuelos de la música de Octubre,

la mano límpida bajo el sol real.

Y una aliteración sobre las piedras alude a

la cadencia desolada

donde en silencio, duros, nos miramos.

 

II

Ahora escribamos la palabra MUERTE en la

blanca extensión desanimada, para que

arrecie ubicua la derrota

en la diáfora vana que se engarza al

textual nacimiento de la noche sobre el

papiro axial de la ventana que en diáfano

prodigio la prodiga,

como en el recuerdo, íntima y lejana.

 

Ahora vamos, ciñiendo la madera perenne

del convite, la apagada escoria del fervor

a remover, bajo los imbornales, en la

napa unívoca del limo, ya sin una

urgencia de pasión en la mirada.

 

Ahora alcemos la crítica que el sueño

inseminara en la verdad soñada

para que develase en la tiniebla la

diadema de amor enajenada.

Hasta el tope de piedra donde el musgo destila

el tiempo sobre las fachadas

el gesto subirá. No habrá testigos que

griten la verdad de la parábola.

 

Ahora, Hamlet, sigamos los helechos

innúmeros y las sirtes del mapa donde el

dedo suscita la tersura recóndita doblegada

en el nácar;

y el tránsito dorsal de la caricia;

y los dones del vino y los del agua; y la

visión de un cuerpo mutilado, mutilado...

Ya está escrita en el alba

la historia azul de la palabra SOMBRAS:

recomenzar la realidad callada.

 

III

Sí. Que ahora se detenga

la unción de la púrpura en la mano.

 

No para consagrar el movimiento que se

insinuaba en la penumbra de la sangre,

tácito como la perla, destinado, bajo la

luz, a su revelación:

la noche iluminada abdicó sus riberas y,

pétalos remotos,

las falenas yerran por el mundo.

 

No para que en la azalea se conciten, imantados

del signo del poniente,

en prolija visión,

lo tierno y lo mortal, ensangrentados:

en la ergástula de cemento, sellada, pena

el color, caído.

 

No para subir hasta la frente de

ningún hombre o al alto lecho del

séquito de Helena:

danza en el sueño el logos coronado, arden —

sólo en el sueño—

las conjunciones de la carne.

 

No —en la memoria titila un

brote de cristal—

para abolir la eternidad perdida.

 

Pero que ahora se detenga

la unción de la púrpura en la mano:

esplendor en el rastro, una

insumisión en la quietud, corola de

silencio, llama tenaz en la borrasca,

ojo

hialino de lo real.

 

Velemos, Hamlet, su arduo advenimiento.

 

IV

 

Bajamos a beber,

Copa de Adviento,

tu vino sigiloso en la mañana:

de ágata podrá, fúlgido miedo

que en el cielo se consuma, ser llamado,

y reposo de ser,

virtual en la pasión de la amapola;

del Ónfalos celeste estruendo mudo

y lujuria apagada en la palabra.

 

Pero serás infiel a tu predicación,

amor urgente:

más vasta que las sombras

de tu nombre,

la sed de ti

inscribirá la gracia

que la Historia humilló.

Mierda de persuasión,

mierda de olvido.

Bebamos, Hamlet,

la sangre que en el viento se levanta

De fascinatione 1997

 

 

 

Rasgo fugaz

 

Lo que está debajo de la línea

urdida en la invención geológica,

violentamente quebrada en

inmensas aguas y dislocadas masas

de tierra es una magnitud

que se eleva como un cielo

de terrorífico misterio:

real como un sueño,

futura como la infinitud,

como la generación del

más remoto, insondable principio.

 

Pero un tablón de andamio,

cayendo con su obrero

o, tal vez, una azalea,

pisoteada por la torpeza (o la furia)

de un buen hombre,

abre la sospecha de que la

conjetura de un límite se ha derrumbado,

de que la línea se ha borrado,

de que son sólo espanto y exaltación,

de que la muerte y el saber son,

apenas, un ensayo de vida.

 

 

Movimiento: La desobediencia debida

 

Tal vez algunos, que se decían

solidarios de la Revolución,

marcaron mi ruta, como

un plural designio de este diagrama

de corpúsculos que mi ser asumió.

 

Así, ¿nada sabían de sus

asechanzas de poder, que, en el vértigo

demencial de mi itinerario,

era un orden y no una orden de

las fantasías del Poder? A eso obedecí.

La Revolución que, algunos pensamos

fundaría una Patria, fue iluminándose

de la furia (a veces tácita) de

tenebrosas contraposiciones.

 

¿Cuál, de los polos, entonces,

obedecer?

De ahí que la desobediencia,

una vez discernido el sentido

de la lucha,

esté cerniendo la certeza

de la fuerza troncal del sector,

que en múltiple unicidad,

y aún sin saberlo, impulsan los

Pueblos.

 

De ahí: reverdecer o asumir la muerte.

De ahí, la creación de un poema

que lo escriba y lo diga.

De ahí la historia de un poema

sin historia. De ahí la grandeza

de los que abdicaron de la Grandeza.

 

Lucro poético

 

Juro que vi, en un sesgo,

que perfilaba lo infinito,

en un sutil jardín

de aguamarina en el iris

sublimado en mirada,

emanar la tierna

violencia del violeta.

 

Así, si tiempo hubiere,

voy muriendo.

 

Algo se consumó;

no hubo, empero, conjuro

que impidiera

la avalancha del torrente

que arrasa la vacuidad

de estas palabras:

su sagrada oquedad,

su materia soberbia

de sueño.

 

La jornada en el “Ehret”

a Jorge Conti

 

Vamos. Arrojamos a la corriente

futura de una antigua emanación

esa pulposa materia

que se deshace bajo la forma

inexistente de la irradiación

de las manos.

 

Sí. En la pastosa oquedad

del bodegón se plasmó

la mazmorra libertaria;

el vuelo a un cielo fangoso

de aire de piedra sobada

por los añicos

del diamante del delirio.

 

¿Y qué sabíamos? Sorber,

devorar, en el límite

de la putrefacción,

el manjar del deliquio,

el maquillado excremento de la historia.

 

En el plural

espejo de las botellas

vi mi boca sangrando

el plasma secreto y altivo de lo imposible;

y los camaradas, como

trémulos vermes, punzaban

la masa permutable del placer

y el dolor,

conmoviendo la noche.

 

Y las camaradas hendían,

en el transfigurado

socavón del sexo,

las estrellas desnudas,

dulces y transparentes,

caídas desde un cosmos

brutal de deseo y ausencia.

Escribo, con palabras,

un nacimiento de palabras:

ese sarcasmo;

porque, por favor,

deténganse y miren:

pagamos, apagamos.

Ya está aquí la muerte.

 

Calandria

 

En la escuelita rural de Campo Gaitán,

inmediaciones de San Genaro Norte,

provincia de Santa Fe, 195…

 

Quizá duerma, esa,

la identidad desnivelada,

pudorosa, en el albor

de la mañana inminente.

¿El final, el cenicerío, será

la aquietada plenitud del

prescripto fuego total?

¿O la irrigación planetaria

de un diluvio exhumador

de chispas seminales?

Mas, ¿cómo presuponer el final

sin implicar el saber,

ilusorio, del principio?

Sueño entonces; pero aquí

ya está la calandria, esa

cadencia triunfal y develadora;

sé, sin embargo, que su sobresaltada

canción no es tal: es el índice

de una dirección equívoca,

un hálito emanado de la tela

tramada en las tenues

punciones del soñar, como un

desear amor en lo imposible.

Pero ha llegado ya la calandria,

desde el montecito,

por la puerta abierta,

a la abierta ensenada

de la onírica playa en que yazgo,

y allí me resucita.

Me yergo, entonces; siento

el galopar de la pobre

caballada de los alumnos,

trabajadores en los tambos,

y me enzarzo en el comienzo de la vida.

 

 

CUADRO I

 

CONSULADO

 

 

En un principio fue la imagen, doliente

en las esquivas oscilaciones de la visión.

Era, entonces, caso de cercar el foco, que,

a través de la ventana, insinuaba una

semiluz vacilante, en la esfera exterior,

renuente por la tenacidad de la tiniebla.

Era, entonces, la ocasión temeraria

de translucir esas viejas paredes

dinásticas, quizá, de las escasas

mutaciones urbanas del coloniaje.

 

Sírvanme, entonces, el elixir, en copa,

por favor,

de cristal ceñido a esta hora impenetrable.

 

Poca cosa, al fin: el barrunto del perfil

de un hombre:

cabellos claros, ojos tenues, esclarecidos

sobre un tomo incierto y un sinuoso

leve temblor de labios insinuando palabras

en la pieza nebulada de gris.

No nos concedamos

un viaje, en placentero travelling, a

la calidez de la ensenada de penumbra

que colma la cámara: una puerta

cerrada, un hálito lábil en las flexiones

de la vigilia en pensamiento,

contraponiéndose, hablándose.

 

Ahora, Manuel Belgrano, funcionario

de mano fértil en el Consulado,

sentado frente a su mesa,

enciende una vela; la mezquina llama

exhibe la dorada inscripción

de la tapa pulcra del libro:

 

Dupont de Nemours

 

DEL ORIGEN Y DE LOS PROGRESOS

DE UNA CIENCIA NUEVA

(1768)

Las palabras vuelven, luminosas

y agitadas, a su mente desde la intensa

lectura de la víspera.

Nombres ilustres, François Quesnay,

Mirabeau, Mercier de la Riviére,

Le Trosne, danzan en la coreografía

de la seducción del movimiento crítico.

 

 

Antes de cultivar hay que talar

los bosques, hay que desbrozar el terreno,

hay que extirpar las raíces, hay

que procurar una salida a las aguas

estancadas o que corren entre

dos tierras, hay que preparar edificios

para amontonar y conservar las cosechas,

etcétera, etcétera.

 

Al emplear su persona y sus riquezas

mobiliarias en los trabajos y en los gastos

preparativos del cultivo, el hombre adquiere

la propiedad territorial del terreno

sobre el cual ha trabajado. Privarle

de ese terreno sería arrebatarle el trabajo

y las riquezas consumidas en su

explotación, sería violar su propiedad

personal y su propiedad mobiliaria.

Al adquirir la propiedad del fundo,

el hombre adquiere la propiedad de

los frutos producidos por ese fundo.

.............................................................

Sin ellas nadie haría esos gastos ni esos

trabajos, no habría propietarios territoriales

y la tierra permanecería yerma con gran

detrimento de la población existente

o por existir.

 

Magnífico, Dupont (se dice Manuel con registro

agudo, entrecortado y cauto), usted sostiene

la trinidad hipostática de la propiedad

en la esencia del hombre. Un rosario de

cuentas coordinadas como en la voz

omnicreativa de Dios: como si la viera.

¿Quién se negaría a aspirar

el embriagante aroma imaginario

de esta certeza conjetural

de lo que fue?

Pero las multitudes de hombres,

de pueblos, excluyen al Hombre.

¿Los romanos, los hombres que fueron

sus procónsules, sus legiones,

no excluyen al hombre íbero?

¿Los señores de la propiedad feudal

no excluyeron al siervo Hombre?

¿Dónde y cuándo se instala

la unicidad humana

en la sustancia de la propiedad territorial?

¿Cómo ensamblar, entonces,

en un proceso de esfuerzo iluminante,

ciertos testimonios, que algunos

exhumaron y que cursan

el sobresalto de la historia?

Buenos Ayres es una lucecita

que, iluminando, apenumbra el duro

ajetreo contra el monopolio.

Mas, ¿qué son las vastísimas tierras

de estas colonias? Sus desiertos;

sus selvas insondables; sus desmesuradas

médulas de casi inconcebibles emergencias

de rocas que eternizan sus hielos y sus nubes;

sus aguas, que sólo ellas, parecen

conocer el intrincado desborde

de lo infinito?

 

Intentar generar la matriz de un país

cuando sólo puedo escribir: tal es el caso.

 

Sé que pagaré por ello.

 

 

Ese General Belgrano y otros poemas (2000)

 

Tornado

Cuando el tornado, al borde del camino,

derrumbe la temblorosa hilera de los eucaliptos,

reventando el vientre de alguna liebre inadvertida;

tajando, del ganado, reses mutiladas, no

diferentes a la chatarra de los rastrojeros

incrustados en los frentes de las viejas casas;

cuando el rayo de la tinta

hienda tu frente:

eleva un himno, entonces,

a la verdad de la existencia y ármate de

levantado fuego para trocar lo aparente-

mente real. No salpiques con complicidad

la apariencia de lo inevitable. Corrompe la

furia del acecho que nos improntó; irrumpe y

diluye en la densidad de lo que finge ser.

Trama el hilaje de tu

nueva túnica. Desvístete de las añejas raigambres

que se ensañaron en tu piel.

Pide perdón por haber sido sólo hombre

y verás el canto de la forma que vendrá.

 

 

 

Aproximación a la imagen

En la cerrada negrura, que existe

Del espejo que reflejó tu luminoso pecho?;

Un fantasma vaciado de luz y forma?;

Una forma caída de la luz en el misterio?;

La huída del amor en la tiniebla?;

El hundimiento abisal de la memoria?;

La perdición de la Cosa?;

Sangrante.

Un pétalo ausente de la excelsa flor

de esa nada que imaginamos.

 

 

Carta final de amor a Noemí Ulla

 

Espérame una vez más.

La última.

Mientras andamos

vendrá otra noche asolada, tal vez,

por todo aquello que no supimos evitar.

Dueño aún de los terrores

con que usurpé tu vida

me he convertido humildemente en ellos,

y así me fortalezco

con mil debilidades y un oriente.

 

Pero no es eso

sino un pasaje

—que de algún modo abarcará sin duda mi existencia—

de doloroso tránsito y secreto sentido

lo que diré.

 

Nada te me recuerda.

 

Ningún aroma

de los que ardían en tus labios

me circunda.

 

Nadie me acerca

ni una fugaz versión

de los dulzores de tu piel.

 

Nuestras noches

se han perdido en la noche.

Toda la claridad que huía

de tus manos a tus ojos

ya no tendrá regreso.

 

Y el ademán equívoco

que en la pasión y en la angustia

nos deparó tormento

se remansó en sus viejos cauces.

 

Y sin embargo

blanca y mortal como una espada

tu ausencia me preside

¿Cómo explicarlo?

 

Fuiste la dura legitimidad de mi fiebre.

 

Fresno

 

Arrodíllate, Fresno: serás ejecutado;

profusas, humildes ramínculas,

tajeadas cortecitas, apagada flor,

retorcido recato

vedan tu médula corrupta

y sabotea lo natural la justicia.

Ya lo cantaban los azahares desde el alba:

“muerte a quien no da vigor

al amo de la renta sometida.

Te enmascaras Fresno, y simulas

tejerte en la bondad de las horas

que pasan; tienes astucia.

Pero la exhibición productiva

te arrasará. Lo simple caducará”.

¿Mienten, cantando, los azahares

desde el alba?

 

 

 

Movimiento creciente

 

Surjan, surjan,

       del sortilegio votivo

       en el oleaje, en las turbias aguas de tierra

       agitadas por la iniquidad,

el futuro del fuego. Elévense

hasta el momento ausente y solidario

del magma que será, hasta su consolación,

un esplendor de vida.

       Pero acecha de promisoria

avalancha tus manos. Pisa, en el aún, vacío

con tus pies de crecimiento iluminante, la

cerrazón que obtura el esplendor deseado

del andar.

       Después salta: inventarás un cielo

de estrellas que no viste y visitaban, sin

embargo tus sueños; y no sabrás que eran

lo que, tardíamente, eran lo real que irás creando.

 

 

Heliotropo

 

El acto de piedad del heliotropo

en la niebla cerrada —instilar alucinado—,

ocultándose en el magma gris,

combate con saetas amarillas

la obsesión del giro de su propio fuego

y sesga de violento candor

la saña de su verde foliación hacia

la inmensidad de los cielos hostiles

que hollan la humillada tierra solar

  para renacer en la especie.

 

De profundis

 

Sí, aunque su esencia se obscurezca en la

negación, mi amor es una hondonada

cavada en el humus iluminado por

pájaros resplandecientes en la ceguera.

¿En la profundidad se hunde un sol

que canta en la cimera donde las nubes

lloran su germen de aguas exaltadas

por la elegía del limo donde el latir

del principio estalla en ondas pertinaces

que en sus lúcidas esquirlas llamamos

la opresión de la angustia, cuando su visión

de lo real transfigurado golpea

la culminación del oro de la sangre?

Sí, somos de un fuego hidratado en perlas

caducentes; una diadema que, inexorable,

ceñirá, hasta el exterminio

la altura que alucinamos consagrada.

Hasta aquella hondonada fingiremos un pensamiento

solidario, la floración del bien, el ilustre crisol de la virtud.

Vivimos columbrando, entonces, la opacidad de los

actos: andaremos calles, segaremos trigo, la

ejercitación del crimen solazará las ráfagas

del existir: SOMOS ¿qué somos?

     ¿La ablación de la flor?

     ¿La ausencia hendida en el futuro?

 

 

Una Batalla. Poemas inéditos, poemas últimos 1978/2000. (2002)


Aldo Oliva: Nació en Rosario, el 27 de enero de 1927 y murió en la misma ciudad el 22 de octubre del año 2000. En la década de 1950 trabajó como maestro y profesor secundario en localidades y zonas rurales del centro y el norte santafesinos. En 1958 fue designado secretario de Ramón Alcalde en la breve gestión de este al frente del Ministerio de Educación de la Provincia de Santa Fe.

Publicó por primera vez poemas en la revista Pausa, que dirigía el poeta Rubén Sevlever. Entre 1960 y 1966 participó activamente del MaLeNa (Movimiento de Liberación Nacional), agrupación política de raigambre universitaria nucleada en torno a Ismael Viñas, Ramón Alcalde y Susana Fiorito, con base en las ciudades de Buenos Aires, Santa Fe y Rosario.

Junto a Rafael Oscar Ielpi, Romeo Medina dirigió El Arremangado Brazo. Si bien se publicaron sólo dos números en los años 1963 y 1964, ofrece una amplia muestra de los intereses que atravesaban e interpelaban al colectivo editor. Dice el editorial: “la revista se postula como un proyecto de enjuiciamiento de nuestra literatura (preferiblemente la de hoy) desde una perspectiva de izquierda”.

En los setentas escribe una investigación sobre el fusilamiento clandestino del obrero anarquista Joaquín Penina, en 1930, por la dictadura de Uriburu. El Fusilamiento de Penina formó parte de la colección «Testimonios» de la editorial de la Biblioteca C. Vigil. La tirada de cinco mil ejemplares fue incinerada íntegramente junto a otros libros del depósito editorial por las autoridades militares que intervinieron la Vigil tras el golpe de estado de 1976. Este trabajo permaneció perdido hasta el año 2004.

También coordinó grupos de estudio sobre la obra de Marx y de Hegel. A partir de 1984 empezó a desempeñarse como profesor titular de Literatura Argentina II y Literatura Europea II en la carrera de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario

Oliva publicó su primer libro a los 59 años, Cesar en Dyrrachium (Colección Poesía, Subsecretaría de Cultura, Municipalidad de Rosario 1986). Luego siguieron De fascinatione (Colección poesía y poética, Edición de la Universidad Iberoamericana, México 1997), Ese General Belgrano y otros poemas (Ediciones Bajo la luna Nueva 2000). En los últimos meses de vida escribió una nueva serie de poemas bajo el título Satura, que fue publicada póstumamente junto a un grupo de poemas dispersos en Una batalla (Aldebarán ediciones, Rosario, 2002). En 2003 la Municipalidad de Rosario editó su obra poética completa en Aldo Oliva. Poesía completa, reeditada en 2016. En esta segunda edición de su Poesía completa, prologada y anotada por su discípulo Roberto García, se agregan sus versiones de poemas de Baudelaire, Nerval, Filóstrato de Atenas y Catulo.



 
 

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