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Néstor Perlongher

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    poesiaon
  • hace 4 días
  • 21 Min. de lectura

Antología poética


de Austria-Hungría (Buenos Aires, Tierra Baldía, 1980)

 

Canción de amor para los nazis en Baviera

 

Marlene Dietrich

cantaba en Londres una canción entre la guerra:

Oh no no no es cierto que me quieras

Oh no no no es cierto que me quieras

Sólo quieres a tu padre, Nelson, que murió en Trafalgar

y ese amor es sospechoso, Nelson

porque tu papá

era nazi!

Era el apogeo de la aliadofilia

debajo de las mesas aplastábamos soldados alemanes

pero yo estaba sentada junto a ti, Nelson

que eras un agente nazi

Y me dabas puntapiés

 

Oh no no no es cierto que me quieras

Ay ay ay me dabas puntapiés

 

Ceremoniosamente me pedías perdón

posabas una estola de visón sobre mis hombros

y nos íbamos a hacer

el amor a mi buhardilla

pero tú descubrías a Ana Frank en los huecos

y la cremabas, Nelson, oh

 

Oh no no no es cierto que me quieras

Ay ay ay me dabas puntapiés

Heil heil heil eres un agente nazi

 

Más acá o más allá de esta historieta

estaba tu pistola de soldado de Rommel

ardiendo como arena en el desierto

un camello extenuado que llegaba al oasis

de mi orto u ocaso o crepúsculo que me languidecía

y yo sentía el movimiento de tu svástica en mis tripas

oh oh oh

 

El cadáver

 

Por qué no entré por el pasillo?

Qué tenía que hacer en esa noche

a las 20.25, hora en que ella entró,

por Casanova

donde rueda el rodete?

Por qué a él?

entre casillas de ojos viscosos,

de piel fina

y esas manchitas en la cara

que aparecieron cuando ella, eh

por un alfiler que dejó su peluquera,

empezó a pudrirse, eh

por una hebilla de su pelo

en la memoria de su pueblo

Y si ella

se empezara a desvanecer, digamos

a deshacerse

qué diré del pasillo, entonces?

Por qué no?

entre cervatillos de ojos pringosos,

y anhelantes

agazapados en las chapas, torvos

dulces en su melosidad de peronistas

si ese tubo?

Y qué de su cureña y dos millones

de personas detrás

con paso lento

cuando las 20.25 se paraban las radios

yo negándome a entrar

por el pasillo

reticente acaso?

como digna?

Por él,

por sus agitados ademanes

de miseria

entre su cuerpo y el cuerpo yacente

de Eva, hurtado luego,

depositado en Punta del Este

o en Italia o en el seno del río

Y la historia de los veinticinco cajones

 

Vamos, no juegues con ella, con su muerte

déjame pasar, anda, no ves que ya está muerta!

Y qué había en el fondo de esos pasillos

sino su olor a orquídeas descompuestas,

a mortajas,

arañazos del embalsamador en los tejidos

 

Y si no nos tomáramos tan a pecho su muerte, digo?

si no nos riéramos entre las colas

de los pasillos y las bolas

las olas donde nosotras

no quisimos entrar

en esa noche de veinte horas

en la inmortalidad

donde ella entraba

por ese pasillo con olor a flores viejas

y perfumes chillones

esa deseada sordidez

nosotras

siguiéndola detrás de la cureña?

entre la multitud

que emergía desde las bocas de los pasillos

dando voces de pánico

 

Y yo le pregunté si eso era una manifestación o un entierro

Un entierro, me dijo

entonces vendría solo

ya que yo no quería entrar por el pasillo

para ver a sus patas en la mesa de luz,

despabilando

Acaso pensé en la manicura que le aplicó el esmalte Revlon?

O en las miradas de las muchachas comunistas,

húmedas sí, pero ya hartas

de tanta pérdida de tiempo:

ellas hubieran entrado por el pasillo de inmediato

y no se hubieran quedado vagando por las adyacencias

temiendo la mirada de un dios ciego

Una actriz –así dicen–

que se fue de Los Toldos con un cantor de tangos

conoce en un temblor al General, y lo seduce

ella con sus maneras de princesa ordinaria

por un largo pasillo

muerta ya

Y yo

por temor a un olvido

intrascendente, a un hurto

debo negarme a seguir su cureña por las plazas?

a empalagarme con la transparencia de su cuerpo?

a entrar, vamos por ese pasillo donde muere

en su féretro?

 

Si él no me hubiera dicho entonces que está solo,

que un amigo mayor le plancha las camisas

y que precisaría, vamos, una ayuda

allá, en Isidro

donde los terrenos son más baratos que la vida

lotes precarios, si, anegadizos

cerca de San Vicente (ella

no toleraba viajar a San Vicente

quiso escapar de la comitiva más de una vez

y Pocho la retuvo tomándola del brazo)

 

Ese deseo de no morir?

es cierto?

en lugar de quedarse ahí

en ese pasillo

entre sus fauces amarillas y halitosas

en su dolor de despertar

ahí, donde reposa,

robada luego,

oculta en un arcón marino,

en los galeones de la bahía de Tortuga

(hundidos)

 

Como en un juego, ya

es que no quiero entrar a esa sombría

convalecencia, umbría

–en los tobillos carbonizados

que guarda su hermana en una marmita de cristal–

para no perder la honra, ahí

en ese pasillo

la dudosa bondad

en ese entierro

 

de Alambres (Buenos Aires, Último Reino, 1987)

 

MME. S.2

Ataviada de pencas, de gladíolos: cómo fustigas, madre, esas escenas

de oseznos acaramelados, esas mieles amargas: cómo blandes

el plumero de espuma: y las arañas: cómo

espantas con tu ácido bretel el fijo bruto: fija, remacha y muele:

muletillas de madre parapléxica: pelvis acochambrado, bombachones

de esmirna: es esa madre la que en el espejo se insinúa ofreciendo

las galas de una noche de esmirna y bacarat: fija y demarca: muda

la madre que se ofrece mudándose en amante al plumereo, despiole y despilfarro: ese

desplume

de la madre que corre las gasas de los vasos de whisky en la mesa

ratona: madre y corre: cercena y garabato: y gorgotea:

pende del

cuello de la madre una ajorca de sangre, sangre púbica, de plomos

y pillastres: sangre pesada por esas facturas y esas cremas que

comimos de más en la mesita de luz en la penumbra de nuestras

muelles bodas: ese borlazgo: si tomabas mis bolas como frutas de un

elixir enhiesto y denodado: pendorchos de un glacé que te endulzaba:

pero era demasiado matarte: dulcemente: haciéndome comer de esos

pelillos tiesos que tiernos se agazapan en el enroque altivo de mis

muslos, y que se encaracolan cuando lames con tu boca de madre las

cavernas del orto, del ocaso: las cuevas;

y yo, te penetraba?

pude acaso pararme como un macho ebrio de goznes, de tequilas mustio,

informe, almibararme, penetrar tus blonduras de madre que se ofrece,

como un altar, al hijo — menor y amanerado? adoptar tus alambres de

abanico, tus joyas que al descuido dejabas tintinear sobre la mesa,

entre los vasos de ginebra, indecorosamente pringados de ese rouge

arcaico de tus labias?

cual lobezno lascivo, pude, alzarme,

tras tus enaguas, y lamer tus senos, como tú me lamías los pezones

y dejabas babeante en las tetillas — que parecían titilar —

el ronroneo

de tu saliva rumorosa? el bretel de tus dientes?

pude madre?

como un galán en ruinas que sorprende a su novia entre

las toscas braguetas de los estibadores, en los muelles, cuando

laxa desova, en los botones, la perfidia a él guardada? ese lugar

secreto y púbico? cómo entonces tomé esa agarradera, esos tapires

incrustados con mangos de magnolia, aterciopeladamente sospechosos;

y sosteniendo con mi mismo miembro la espuma escancorosa de tu sexo,

descargar en tu testa? Sonreías borlada entre las gotas de semen de

los estibadores que en el muelle te tomaban de atrás y muellemente:

te agarré: qué creías?

 

Cadáveres

a Flores

 

Bajo las matas

En los pajonales

Sobre los puentes

En los canales

Hay Cadáveres

 

En la trilla de un tren que nunca se detiene

En la estela de un barco que naufraga

En una olilla, que se desvanece

En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones

Hay Cadáveres

 

En las redes de los pescadores

En el tropiezo de los cangrejales

En la del pelo que se toma

Con un prendedorcito descolgado

Hay Cadáveres

 

En lo preciso de esta ausencia

En lo que raya esa palabra

En su divina presencia

Comandante, en su raya

Hay Cadáveres

 

En las mangas acaloradas de la mujer del pasaporte que se arroja

por la ventana del barquillo con un bebito a cuestas

En el barquillero que se obliga a hacer garrapiñada

En el garrapiñiero que se empana

En la pana, en la paja, ahí

Hay Cadáveres

 

Precisamente ahí, y en esa richa

de la que deshilacha, y

en ese soslayo de la que no conviene que se diga, y

en el desdén de la que no se diga que no piensa, acaso

en la que no se dice que se sepa...

Hay Cadáveres

 

Empero, en la lingüita de ese zapato que se lía disimuladamente, al

espejuelo, en la

correíta de esa hebilla que se corre, sin querer, en el techo, patas

arriba de ese monedero que se deshincha, como un buhón, y, sin

embargo, en esa c... que, cómo se escribía? c. .. de qué?, mas, Con

Todo

Sobretodo

Hay Cadáveres

 

En el tepado de la que se despelmaza, febrilmente, en la

menea de la que se lagarta en esa yedra, inerme en el

despanzurrar de la que no se abriga, apenas, sino con un

saquito, y en potiche de saquitos, y figurines anteriores, modas

pasadas como mejas muertas de las que

Hay Cadáveres

 

Se ven, se los despanza divisantes flotando en el pantano:

en la colilla de los pantalones que se enchastran, símilmente;

en el ribete de la cola del tapado de seda de la novia, que no se casa

porque su novio ha

..........................!

Hay Cadáveres

 

En ese golpe bajo, en la bajez

de esa mofleta, en el disfraz

ambiguo de ese buitre, la zeta de

esas azaleas, encendidas, en esa obscuridad

Hay Cadáveres

 

Está lleno: en los frasquitos de leche de chancho con que las

campesinas

agasajan sus fiolos, en los

fiordos de las portuarias y marítimas que se dejan amanecer, como a

escondidas, con la bombacha llena; en la

humedad de esas bolsitas, bolas, que se apisonan al movimiento de

los de

Hay Cadáveres

 

Parece remanido: en la manea

de esos gauchos, en el pelaje de

esa tropa alzada, en los cañaverales (paja brava), en el botijo

de ese guacho, el olor a matorra de ese juiz

Hay Cadáveres

 

Ay, en el quejido de esa corista que vendía “estrellas federales”

Uy, en el pateo de esa arpista que cogía pequeños perros invertidos,

Uau, en el peer de esa carrera cuando rumbea la cascada, con

una botella de whisky “Russo” llena de vidrio en los breteles, en ésos,

tan delgados,

Hay Cadáveres

 

En la finura de la modistilla que atara cintas do un buraco hubiere

En la delicadeza de las manos que la manicura que electriza

las uñas salitrosas, en las mismas

cutículas que ella abre, como en una toilette; en el tocador, tan

... indeciso..., que

clava preciosamente los alfiles, en las caderas de la Reina y

en los cuadernillos de la princesa, que en el sonido de una realeza

que se derrumba, oui

Hay Cadáveres

 

Yes, en el estuche de alcanfor del precho de esa

¡bonita profesora!

Ecco, en los tizones con que esa ¡bonita profesora! traza el rescoldo

de ese incienso;

Da, en la garganta de esa ajorca, o en lo mollejo de ese moretón

atravesado por un aro, enagua, en

Ya

Hay Cadáveres

 

En eso que empuja

lo que se atraganta,

En eso que traga

lo que emputarra,

En eso que amputa

lo que empala,

En eso que ¡puta!

Hay Cadáveres

 

Ya no se puede sostener: el mango

de la pala que clava en la tierra su rosario de musgos,

el rosario

de la cruz que empala en el muro la tierra de una clava,

la corriente

que sujeta a los juncos el pichido – tin, tin... – del son -

ajero, en el gargajo que se esputa...

Hay Cadáveres

 

En la mucosidad que se mamosa, además, en la gárgara; en la también

glacial amígdala; en el florete que no se succiona con fruición

porque guarda una orla de caca; en el escupitajo

que se estampa como sobre en un pijo,

en la saliva por donde penetra un elefante, en esos chistes de

la hormiga,

Hay Cadáveres

 

En la conchita de las pendejas

En el pitín de un gladiador sureño, sueño

En el florín de un perdulario que se emparrala, en unas

brechas, en el sudario del cliente

que paga un precio desmesuradamente alto por el polvo,

en el plvo

Hay Cadáveres

 

En el desierto de los consultorios

En la polvareda de los divanes “inconcientes”

En lo incesante de ese trámite, de ese “proceso” en hospitales

donde el muerto circula, en los pasillos

donde las enfermeras hacen SHHH! con una aguja en los ovarios,

en los huecos

de los escaparates de cristal de orquesta donde los cirujanos

se travisten de “hombre drapeado”,

laz zarigueyaz de dezhechoz, donde tatúase, o tajéase (o paladea)

un paladar, en tornos

Hay Cadáveres

 

En las canastas de mamá que alternativamente se llenan o vacían de

esmeraldas, canutos, en las alforzas de ese

bies que ciñe – algo demás – esos corpiños, en el azul lunado del cabe-

llo, gloriamar, en el chupazo de esa teta que se exprime, en el

reclinatorio, contra una mandolina, salamí, pleta de tersos caños...

Hay Cadáveres

 

En esas circunstancias, cuando la madre se

lava los platos, el hijo los pies, el padre el cinto, la

hermanita la mancha de pus, que, bajo el sobaco, que

va “creciente”, o

Hay Cadáveres

 

Ya no se puede enumerar: en la pequeña “riela” de ceniza

que deja mi caballo al fumar por los campos (campos, hum...), o por

los haras, eh, harás de cuenta de que no

Hay Cadáveres

 

Cuando el caballo pisa

los embonchados pólderes,

empenachado se hunde

en los forrajes;

cuando la golondrina, tera tera,

vola en circuitos, como un gallo, o cuando la bondiola

como una sierpe “leche de cobra” se

disipa,

los miradores llegan todos a la siguiente

conclusión:

Hay Cadáveres

 

Cuando los extranjeros, como crápulas, (“se les ha volado la

papisa, y la manotean a dos cuerpos”), cómplices,

arrodíllanse (de) bajo la estatua de una muerta,

y ella es devaluada!

Hay Cadáveres

 

Cuando el cansancio de una pistola, la flaccidez de un ano,

ya no pueden, el peso de un carajo, el pis de un

“palo borracho”, la estirpe real de una azalea que ha florecido

roja, como un seibo, o un servio, cuando un paje

la troncha, calmamente, a dentelladas, cuando la va embutiendo

contra una parecita, y a horcajadas, chorrea, y

Hay Cadáveres


Cuando la entierra levemente, y entusiasmado por el su-

ceso de su pica, más

atornilla esa clava, cuando “mecha”

en el pistilo de esa carroña el peristilo de una carroza

chueca, cuando la va dándola vuelta

para que rase todos... los lunares, o

Sitios,

Hay Cadáveres


Verrufas, alforranas (de teflón), macarios muermos: cuando sin...

acribilla, acrisola, ángeles miriados de peces espadas, mirtas

acneicas, o sólo adolescentes, doloridas del

dedo de un puntapié en las várices, torreja

de ubre, percal crispado, romo clít...

Hay Cadáveres


En el país donde se yuga el molinero

En el estado donde el carnicero vende sus lomos, al contado,

y donde todas las Ocupaciones tienen nombre....

En las regiones donde una piruja voltea su zorrito de banlon,

la huelen desde lejos, desde antaño

Hay Cadáveres

En la provincia donde no se dice la verdad

En los locales donde no se cuenta una mentira

– Esto no sale de acá –

En los meaderos de borrachos donde aparece una pústula roja en

la bragueta del que orina-esto no va a parar aquí -, contra los

azulejos, en el vano, de la 14 o de la 15, Corrientes y

Esmeraldas,

Hay Cadáveres


Y se convierte inmediatamente en La Cautiva,

los caciques le hacen un enema,

le abren el c... para sacarle el chico,

el marido se queda con la nena,

pero ella consigue conservar un escapulario con una foto borroneada

de un camarín donde...

Hay Cadáveres


Donde él la traicionó, donde la quiso convencer que ella

era una oveja hecha rabona, donde la perra

lo cagó, donde la puerca

dejó caer por la puntilla de boquilla almibarada unos pelillos

almizclados, lo sedujo,

Hay Cadáveres


Donde ella eyaculó, la bombachita toda blanda, como sobre

un bombachón de muñequera como en

un cáliz borboteante - los retazos

de argolla flotaban en la “Solución Humectante” (método agua por

agua),ella se lo tenía que contar

Hay Cadáveres


El feto, criándose en un arroyuelo ratonil,

La abuela, afeitándose en un bols de lavandina,

La suegra, jalándose unas pepitas de sarmiento,

La tía, volviéndose loca por unos peines encurvados

Hay Cadáveres


La familia, hurgándolo en los repliegues de las sábanas

La amiga, cosiendo sin parar el desgarrón de una “calada”

El gil, chupándose una yuta por unos papelitos desleídos

Un chongo, cuando intentaba introducirla por el caño de escape de

una Kombi,

Hay Cadáveres


La despeinada, cuyo rodete se ha raído

por culpa de tanto “rayito de sol”, tanto “clarito”;

La martinera, cuyo corazón prefirió no saberlo;

La desposeída, que se enganchó los dientes al intentar huir de un taxi;

La que deseó, detrás de una mantilla untuosa, desdentarse

para no ver lo que veía:

Hay Cadáveres


La matrona casada, que le hizo el favor a la muchacho pasándole un

buen punto;

la tejedora que no cánsase, que se cansó buscando el punto bien

discreto que no mostrara nada

– y al mismo tiempo diera a entender lo que pasase –;

la dueña de la fábrica, que vio las venas de sus obreras urdirse

táctilmente en los telares - y daba esa textura acompasada...                       

lila...

La lianera, que procuró enroscarse en los hilambres, las púas

Hay Cadáveres


La que hace años que no ve una pija

La que se la imagina, como aterciopelada, en una cuna (o cuña)

Beba, que se escapó con su marido, ya impotente, a una quinta          

donde los

vigilaban, con un naso, o con un martillito, en las rodillas, le

tomaron los pezones, con una tenacilla (Beba era tan bonita como una

profesora...)

Hay Cadáveres


Era ver contra toda evidencia

Era callar contra todo silencio

Era manifestarse contra todo acto

Contra toda lambida era chupar

Hay Cadáveres


Era: “No le digas que lo viste conmigo porque capaz que se dan   

cuenta”

O: “No le vayas a contar que lo vimos porque a ver si se lo toma a   

pecho”

Acaso: “No te conviene que lo sepa porque te amputan una teta”

Aún: “Hoy asaltaron a una vaca”“Cuando lo veas hacé de cuenta que no te diste cuenta de nada...

y listo”

Hay Cadáveres


Como una muletilla se le enchufaba en el pezcuello

Como una frase hecha le atornillaba los corsets, las fajas

Como un titilar olvidadizo, eran como resplandores de mangrullo, como

una corbata se avizora, pinche de plata, así

Hay Cadáveres


En       el campo

En el campo

En la casa

En la caza

Ahí

Hay Cadáveres


En el decaer de esta escritura

En el borroneo de esas inscripciones

En el difuminar de estas leyendas

En las conversaciones de lesbianas que se muestran la marca de la liga,

En ese puño elástico,

Hay Cadáveres


Decir “en” no es una maravilla?

Una pretensión de centramiento?

Un centramiento de lo céntrico, cuyo forward

muere al amanecer, y descompuesto de

El Túnel

Hay Cadáveres


Un área donde principales fosas?

Un loro donde aristas enjauladas?

Un pabellón de lolas pajareras?

Una pepa, trincada, en el cubismo

de superficie frívola...?

Hay Cadáveres


Yo no te lo quería comentar, Fernando, pero esa vez que me mandaste

a la oficina, a hacer los trámites, cuando yo

curzaba la calle, una viejita se cayó, por una biela, y los

carruajes que pasaban, con esos crepés tan anticuados (ya preciso,

te dije, de otro pantalón blanco), vos creés que se iban a

dedetener, Fernando? Imaginá...

Hay Cadáveres


Estamos hartas de esta reiteración, y llenas

de esta reiteración estamos.

Las damiselas italianas

pierden la tapita del Luis XV en La Boca!

Las “modelos” –del partido polaco–

no encuentran los botones (el escote cerraba por atrás) en La Matanza!

Cholas baratas y envidiosas – cuya catinga no compite – en Quilmes!

Monas muy guapas en los corsos de Avellaneda!

Barracas!

Hay Cadáveres


Ay, no le digas nada a doña Marta, ella le cuenta al nieto que es 

colimba!

Y si se entera Misia Amalia, que tiene un novio federal!

Y la que paya, si callase!La que bordona, arpona!

Ni a la vitrolera, que es botona!

Ni al lustrabotas, cachafaz!

Ni a la que hace el género “volante”!

NI

Hay Cadáveres


Féretros alegóricos!

Sótanos metafóricos!

Pocillos metonímicos!

Ex-plícito!

Hay Cadáveres


Ejercicios

Campañas

Consorcios

Condominios

Contractus

Hay Cadáveres


Yermos o Luengos

Pozzis o Westerleys

Rouges o Sombras

Tablas o Pliegues

Hay Cadáveres


– Todo esto no viene así nomás

– Por qué no?

– No me digas que los vas a contar

– No te parece?

– Cuándo te recibiste?

– Militaba?

– Hay Cadáveres?


Saliste Sola

Con el Fresquito de la Noche

Cuando te Sorprendieron los Relámpagos

No Llevaste un Saquito

Y

Hay Cadáveres


Se entiende?

Estaba claro?

No era un poco demás para la época?

Las uñas azuladas?

Hay Cadáveres


Yo soy aquél que ayer nomás...

Ella es la que...

Veíase el arpa...

En alfombrada sala...

Villegas o

Hay Cadáveres

........................................................................................................................................................................................

No hay nadie?, pregunta la mujer del Paraguay.

Respuesta: No hay cadáveres.

 

de Hule (Buenos Aires, Último Reino, 1989)

 

Preámbulos barrosos

 

Infinitos preámbulos barrosos en la canilla que no cierra, pre-ámbulos, deambulos,

bulones en la chata florida de los bulos, golosos cotorreos en el cierre del mimbre que

gotea, gracial, en esa jarcia a rascas el cimbreo, en el bleque, de ese ruedo, de alpaca

zarpullida a narigazos, la nieve o la creolina, el demorado desconcharse del cierre, en el

eléctrico botón, empala lo que lame a lo que enjaba, encía milagrera la almorrana, espía

en el recanto del esfínter, desafinando mandolinas al toletole de la hinchada, hinchando

en leves várices de una furtiva dentellada el timo: si se huía, por los corredores que van

al calambre, al vomitorio, se rasgaba el satén de las esperas flatulentas, de las borlas de

nalga abochornándose en la bombacha de laqué. Bombeé, aspiré el orujo en la

estampida tibia, estampilla en estampas de Gobel, lino sudado en la vertiente ácrata del

soba, sobar bajo los ábacos la cuenta cristalina de la transpiración, agror marino en el

azor marrano delicuesce, en shampoos que se pudren en la mata, de tedio, poco usados:

si el olor, olor fiero, olor de macho en la soirée de bolas, algo peludas, inflamadas por la

inminencia del ardor, del merdar, del dolor de merdar y ser merdado en la lisura de ese

acuario, llano, chato, adonde descendían en un intento fatuo de salvar los pececillos

languidecentes, fosforescencia que se abruma, en la bruma del brillo, en la solapa del

sopapo, ocaso, en la cresta de brines, que, desabotonados, corrían como peplos en

bandera, rasguñando el olfato de fragancias de lágrima.

 

 

Devenir Marta

 

A lacios oropeles enyedrada

la toga que flaneando las ligas, las ampula

para que flote en el deambuleo la ceniza, impregnando

de lanas la atmósfera cerrada y fría del boudoir.

 

A través de los años, esa lívida

mujereidad enroscándose, bizca,

en laberintos de maquillaje, el velador de los aduares

incendiaba al volcarse la arena, vacilar

 

en un trazo que sutil cubriese

las hendiduras del revoque

y, más abajo, ligas, lilas, revuelo

de la mampostería por la presión ceñida y fina que al ajustar

 

los valles microscópicos del tul

sofocase las riendas del calambre, irguiendo

levemente el pezcuello que tornando

mujer se echa al diván.

 

de Parque Lezama (Buenos Aires, Sudamericana, 1990)

 

Danzig

La rutilancia de las lentejuelas

en un rimmel de tan marmóreo transparente

el rebote de los ojares

en las azulejas de pintos níveos y plumosos

esfinge nítida bajo el implacable velador

cebaba el puntilleo de las pestañas

con una fijeza de ciempiés,

sólo mucho después conoce su renguera.

 

Esfinge de codos revoloteantes y ampulosos, la gorguera

en la rebaba de la cerveza

labraba otros potros que los amarrados al palenque. El palio

era como intestino, porque las pompas

tapizaban en la escamación las peceras ventrales, y el dolor

de la espera, o de la sola sola noche

sollozaba contra el estaño pegajoso:

la noche del carnicero

en la lámina de la hoja el pincho

pichicho fuera de sí.

 

Los tatuajes de los azulejos se repetían en los antebrazos, pero los abrazos en los

anteojos los refractaba la luz de plata

que salpicaba las muñecas de la mancha rocío.

Pero la esponja del lavacopas detergía la hialinidad de los guerreros

que se tumbaban en las puertas de aire

o de ráfagas de betún

poniéndole precio (o ala) al cenicero,

aplastaban las coles en el mosaico pantanoso,

en balde,

porque la novia estaba ahogada en el bañito.

 

de Aguas aéreas (Buenos Aires, Último Reino, 1990)

 

Es como ver un agua muy clara que corre sobre

cristal y reverbera en ello el sol, a una muy turbia

y con gran nublado y corre por encima de la tierra;

no porque se representa el sol, ni la luz es como la

del sol; parece, en fin, luz natural y estotra cosa

artificial.

Santa Teresa de Jesús

 

XXII

Este en selva inconstante pino alado

Conde de Villamediana

 

ASCESIS FORESTAL:

el agua sólo como excusa o cauce para el entroncamiento del tronco en el

ramaje, sutileza fluvial, el fluir de la canoa por el divertimiento de las ramas, haciéndole

de concha al sibilante estuche, chispas de borravino nacían del encuentro amoroso del

codo de la piragua con el nudo del árbol adamado, inclinado a enguantar o feminar sus

redes, al otro lado del arroyo, envuelto, vegetales que entraban en el agua, un devenir

ácueo del palo,

navegan en el bosque.

 

 

Paso de la serpiente

serpientes breves, de pasos evaporados

Lezama Lima

1.

 

DE LA SERPIENTE EL PASO traslúcido

babea en el instante el eco que se abomba

o tapiza de jades, como un pespunte verde

alza coloraciones en el giro del espacio increado,

trasnatural, su giba en roce desleyente

borra casi olvidando las leyendas del jabón

mas del halo al halarlo resurgen contraseñas

o anulares que enseñan la lucidez del paso.

 

2.

 

SERPENTINA DE COBRAS en el ballet mohave

mojándose a la sombra de espiraladas araucarias

por marcar en la hiedra la levedad de un paso

que es en verdad el paso de la hierba por el aire

mojado de los círculos de ojos hueros en salitrosos

vidrios fintas de macramé escandiendo la cítara

pupilar, su enamorado colibrí la córnea

cornea simulando en la alfombra del musgo

en lo aguado del aire ese rocío del humo en su

dehiscencia.

 

de El chorreo de las iluminaciones (Caracas, Pequeña Venecia, 1992)

 

Tema del cisne hundido (1)

 

Undoso el que avanzara por los rizos

del espejo laqueado, su pezcuello

dócil al mando del cendal declina

rayado el rutilar de su plumaje.

 

Quien por interrogar las inestables

corrientes donde aneja su pellejo

arruga de nerviosas denticiones

la quilla que traslúcida corría

 

por parques de reflejos azulados,

impávido el azor, la crista altiva,

arriesga el hundimiento en ese anclaje.

 

Porque, por más que mírese a los hados,

no se retarda la fatal carrera

si tempestuoso pie pisa la pluma.

 

 

Tema del cisne hundido (2)

 

Leda, aferrándose al cuello del que

penden gruesas esclavas de pesadez dorada

doblándole – suspensiones de carbunclo

en nácar plumetí – la glotis,

 

las falanges nimbadas de bermejo

hunde en la interrogación fluctuante y rasga

de un tirón el julepe de las ondas

impulsado por raudos torbellinos.

 

La majestuosidad en la decadencia

finge, cual refulgir de lamparitas

que al mojarse en el lago un fogonazo

 

de refucilo en el anuncio de tempestades trasmarinas

soltasen, viento oculto en la rizada

peineta de la que ahógase en el nado.

 

Para el mal de sí

 

Cisne de alas manchadas, interroga a la estela.

Maculadas e inútiles: un dejo de belleza

marmórea en el ungüento melancólico

del estanque final, finge piruetas

caracoleo el triste a la deriva.

 

Ahora como un frenesí negativo

se apodera de los palmípedos plumajes

dirigiéndolos vertiginosamente al fondo oscuro de la escena.

Si de las aguas trátase, las profundas son turbias;

pero hay además el remolineo del “triciclo acuático”

como un saurio jugueteando en las maromas del abismo.

 

El techo es una turbulencia celeste.

Arrástranse las almas por los agujeros de la respiración.

Las axilas se atascan de un sudor neurasténico.

Nada simula su salida, en el deslizamiento por el lecho

de alzadas sábanas tormentosas.

 

Dale vueltas al sueño, pero éste huye con la facilidad de un pájaro amarillo

detrás de una polpuda mariposa.

Así como una agüilla clara cae de las yemas,

socava las uñas su calcinación.

 

Canción de la muerte en bicicleta

 

Ahora que me estoy muriendo

Ahora que me estoy muriendo

 

Erguidas coníferas plañen como ombúes

o sauces la maraña madrugada, resmas

de leche chorrean a mares por la escrófula

en el antecedente del derrame.

 

Ahora que me estoy muriendo

Ahora que me estoy muriendo

 

Lápices que se alzaban nunca más se levantan,

duermen el sueño de la tristeza en sábanas de tergopol

o mausoleos de mármol donde toda virtud es yacer

aterciopelado en el anclaje definitivo de los huesos

 

Ahora que me estoy muriendo

Ahora que me estoy muriendo

 

Siendo que ella avanza en toda fosa

siento que ella avanza en toda la estación de la fosa.

Toso y es un esputo que se incrusta en la láctea

maduración de las panaderías en las alforzas del velorio.

 

Ahora que me estoy muriendo

Ahora que me estoy muriendo

 

Aparece la parca con sus velos plateados,

me invita, será que llego a sonreírle?

Me invita con un mate y el mate se me cae de la cabeza.

Me ceba, será que cojo sus incrustaciones?

 

Ahora que me estoy muriendo

Ahora que me estoy muriendo

 

Como ornamentos o condecoraciones

las manchas, los zarpullidos del sarcoma

mueven en la soberana oscuridad

manoplas cual tentáculos de espanto.

 

Ahora que me estoy muriendo

Ahora que me estoy muriendo

 

Jala, jadea el irregular espasmo.

Hunde la joda en el remedio vano.

Despelleja la joya la soberbia paliza

de los años en anos de florecido jaspe.

 

Ahora que me estoy muriendo

Ahora que me estoy muriendo

 

Cansina esta letanía de arrabal

Lejos de todo se toma el ómnibus de extramuros

del que no baja, porque no para o para pronto,

en realidad no se ha movido de la parada

 

Ahora que me estoy muriendo

Ahora que me estoy muriendo

 

Partida, dividida por la mitad, agobiada

por la ajorca inexorable y por la mutación en paramecios

de la joroba, de la carga

de dátiles perecederos en el desierto de ceniza.

 

Ahora que me estoy muriendo

Ahora que me estoy muriendo

 

*

 

Me esquivo, me rajo, parecer simple sin lograrlo.

Sin pliegues, una vez, en los absoluto

de la atascada chimenea, el lamé atragantado

en la artrosis del alma, esa consternación.

 

Oscura, como la tumba de un amigo.

Volcán cerrado, lava la lava sus lastimaduras.

No hay que creer en el descanso, son puras habladurías

de fantasmas perezosos en el recame de la hamaca

 

Ahora, ahora, en este instante digo.

En lo inconstante, en lo inconsciente, en lo fugaz me disemino.

Disperso y fugo. En lo fangial del fango.

Imágenes ateridas bajo la lluvia de película.

 

Palermas, pelmazos en el ascensor hacia el reloj.

Grave como una piedra, cierta hiedra traviesa

juguetea en la tierra mojada del pulmón

urdimbre gusanesca en lo borroso del retrato.

 

Nos alejamos (gracias) al olvido.

Júbilo de las calas, unión juvenil de las violetas.

Leve la marcha hacia la extinción,

la marca del humo en las cornetas pálidas.

 

Y las patillas, pura pelusa.

Un algodón rocía las narinas de amianto.

Uno reza, no yo, sin ser no créese.

Descréese del ser en la fatal crecida.

 

Abajo los pitos, huevos chirles.

Demasiado agujereado el antebrazo.

Del dolor sus efluvios terminales.

Una reseca perfección, aunque apenas marmórea.

 

Jíbaros, rogad por nuestras hendiduras.

Las infructuosas anfractuosidades.

Rapaces, la fiesta de las mucosas

vuelve carnoso el lodo de las zanjas.

 

Podríamos tocarlos, pero esa vecindad nos paraliza.

Inane la yertez, rigor el rijo.

Ricos, variados olores de flor y perdición.

Desvarío en jardines invisibles de brea.

 

*

 

Ahora que me estoy muriendo

Ahora que me estoy muriendo

 

La sofocación alza del cielorraso relámpagos enanos

que se dispersan en la noche definitiva e impasible.


Néstor Perlongher nació en Avellaneda, Buenos Aires, Argentina, el 25 de diciembre de 1949. Se licenció en Sociología, e hizo una maestría de Antropología social, en la Universidad de Campinas, Brasil, donde residió y ejerció de profesor desde 1985. 

Fue militante trotskista, y libertario y uno de los principales referentes del Frente de Liberación Homosexual en la Argentina. Escribió para la revista El Porteño.Publicó los poemarios: Austria-Hungría (1980); Alambres (1987); Hule (1989); Parque Lezama (1990); Aguas aéreas (1990); El chorreo de las iluminaciones (1992); Lamé (1994) y Poemas completos (1997). Y los ensayos: O negocio do miché. (1987); El fantasma del sida (1988); Prosa plebeya (1997); Evita vive e outras prosas (2001); Papeles insumisos (2004); Un barroco de trinchera. Cartas a Osvaldo Baigorria (2009) y Correspondencia (2015).

Alambres ganó el premio Boris Vian de literatura argentina en 1987.

Murió en San Pablo el 26 de noviembre de 1992.



 
 
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