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Andrea Marone

  • Foto del escritor: poesiaon
    poesiaon
  • 12 ago
  • 5 min de lectura

Poemas de Mucilaginoso (inédito)


Luminificame

 

Descascarame, resbalame

un lunmiente en mi runrun

relameme luciente la prístina

salvajisma inmersitud.

Recostame la labia, los pedazos lustrosos

las murientes proselactitas

de mi inmersa pulsación

rementame la piela, la tesitura

substancial exhumancia

apenas marroquismo, apenas culto

apenas alundancia, apenas

inmiscuída, derrochada, placenta

pletorizada. Descamarame

escama a escama, lamerosa

barrancal orquídeo, Amaranta.

Soltame el costarón con la destreza

de un farandal amisorando el marismo.

Amaliname la rótula, la escápula

lustraeme el luto, luminisceme

luminificame, lucero, lacerarme

hasta el agobiamiento, hasta el prístino

día en que yo me apague.

 

 

La lengua

 

En filamentos de ceniza

lianas de una selva subacuática

se fuga nuestra lengua.

 

Descascarándose al contacto del cardumen

arrastra sus aletas sobre la vegetación.

 

Mastico el cascarón de una langosta

para agotar el océano.

Gime el crustáceo un destino

de carne magra.

Un dolor inaudible

mi crueldad hambrienta

acribilla su voz.

 

Un balido de ballena me distrae.

 

Toda palabra tiene precio.

Si digo langosta,

desanudo el mar.

Toda palabra está percudida.

Si digo ballena,

el peso de un cuerpo cae sobre mi hambre.

 

Morder el instante.

 

Apenas me regodeo

en el sabor ácido del lenguaje.

Me asfixio, los bordes ásperos

raspan la garganta

y este desconsuelo, una pincelada más

en la terrosa contextura del océano.

 

 

piedad

 

abreva el tiempo

las manos

un cuenco

los labios

 

oh ensanchan la sed

 

Gaza se peina

arbórea corteza

pinza de hierro

 

oh infecta de hiel

 

siniestra estira

la gasa se arruma

la niña costilla

 

oh espinazo de pez

 

duela si arrasa

ojera de grito

 

oh destruye su tez

 

globo de incendio

fósforo chispa

sumisa

 

oh mutila la res

 

pulpa cuestiona

Gaza descalza

corre rasga

 

oh escancia tu piel

 

arábiga afrenta

sentencia violeta

 

oh obtura la fe

 

recusa de cielo

incienso ahúma

infecto oh

 

por última vez

 

La ceguera

 

Mi casa, sin luz; el departamento de al lado, sin luz

la oficina para extranjeros, sin luz; el pasillo, sin luz;

me recuerda una noche

en el desierto de deseos líquidos.

 

Toda el agua del mar no bastaría

para saciar la sed de un solo hombre.

 

Hablo del mar por la ceguera de los peces;

nombro el mar por el recuerdo de la sal

infiltrándose en la retina.

 

El cadáver de la mujer siguió produciendo leche

para el ansia de su hijo que gateaba en la arena.

Por salvarle una vida escarpada, poblada de objetos

que punzan y dejan cicatriz.

 

Las marcas se estiran

en la superficie de la piel.

 

Nombro al desierto por la sed infinita;

hablo del desierto por la pincelada de colores

dibujada atrás de los párpados.

 

Enfilo hacia las escaleras

soy laxa y blanda como una luna

tiendo a ensancharme,

el dolor del mundo pugna por crecer dentro mío

mis pechos vacíos de leche

proyectan espejismos

como un pez de aguas profundas

para no tropezar,

con la espesa oscuridad.

 

La tersura de la pared descascarada.

 

Deslizo mis dedos por el barandal

con la devoción de un ciego principiante

que vuelve de una reunión de rehabilitación.

Camino por las escaleras

por si el tiempo se acaba, palpo:

los hilos del suéter de lana

la suavidad del jean, de mis cabellos;

me agacho, cada escalón es nuevo y único.

 

Hay tanta oscuridad

olvido que existen, por un instante,

las imágenes y muevo mi cuerpo

como una criatura submarina.

 

La corteza terrestre,

su inmersión acuífera

apenas un mapa que contiene

con la misma crueldad que expulsa

a quienes habitamos este contingente

de relieves que niegan abundancia

a manos que no proponen excesos.

 

Por unos minutos siento alivio

dejando que mis manos recorran

la superficie de las cosas y

unas ganas irracionales de permanecer

arrumada en la oscuridad.

Olvidar el milagro del mar

Olvidar el milagro del desierto

Solo suspenderme en una nada sin tiempo

Hasta que alguna linterna me recuerde:

sigo ofrecida al sacrificio de mirar.

 

Museo Larco en Lima, Perú

 

Hace cincomil años en un mundo

virgen de globalización

y todo tipo de viaje temporal

los Mochicas hacían sacrificios humanos

para calmar la ira de los dioses

antropomórficos: serpiente, felino y ave

conjugando la ecuación de la posibilidad

inmolaban a los mejores de los suyos

le cortaban, a uno, la yugular

y esperaban que se desangrase

la piel le quedaba de color verduzco

luego, arrojaban el cuerpo

que caía como un higo seco.

 

A otros los molían a palos con una porra

expuesta en el museo Larco en Lima, Perú

con sus vetas y hendiduras otrora teñidas de rojo borgoña.

 

Los Mochicas no eran crueles

su fe en el azar de la justicia divina

justificaba la ritualizacion de la muerte

los Mochicas cuidaban a sus animales

los Mochicas cuidaban a sus familias

una vez cada tanto, nada más,

venían las tormentas

y arruinaban los campos

que necesitaban para alimentarse.

 

Los Mochicas, entonces, mataban como remedio

para prevenir el hambre.

 

Los Mochicas cultivaban

el arte del amasado de arcilla

a imagen y semejanza de sus rostros

invisibles a la historia, al proceso civilizatorio occidental. Su cultura

sigue enquistada

sigue expuesta

sigue ofrecida a la curiosidad

de turistas como mínimo europeos

de antropólogos rubios

que se desconocen en ese mestizaje

de narices chatas, curvas pronunciadas

y ojos redondos como huevo frito

esculpidos en las huacos.

 

Los sociólogos del primer mundo

los artistas del primer mundo

pagan cincuenta soles

para entrar al museo Larco.

Yo también pago mis solcitos

los solcitos de plata

para tener una experiencia

de contacto con aquello que fue

destruido por el orden de la historia

como una profecía autocumplida

primero, morían los enemigos

luego, morían entre ellos

finalmente, morían a mansalva

en manos de los europeos

y no hubo sacrificio divino

que amparara la piel curtida

frente a la acidez de las balas.

 

No existió dios que auxiliara a los Incas

no hubo tampoco piedad para los Mochicas quienes sanguinarios

sacrificaron a los suyos

por la promesa de la prosperidad

¿habrá consuelo para nosotros?

latinoamericanos de rostros híbridos

colonizados por métodos elegantes

que no podemos anteponer

a la violencia

ninguna especie de fe.


Andrea Marone (Mendoza, 1994) publicó los poemarios: Las cicatrices emulsionan mi piel (Fractura, 2025), Arterias (Ediciones Culturales, 2022), La conspiración de los damascos (Ojo de Golondrina, México, 2019) y Vampirización del ego (Mar Adentro, 2017). Obtuvo el primer premio en poesía en el Certamen Literario Vendimia 2021. Su obra ha sido incluida en diferentes antologías y fanzines. Entre estas publicaciones destaca su participación en el manual escolar de Ciudad de Buenos Aires 2025, la antología Flotar de la Editorial Camalote, en 100 poemas sobre el mar de Albura Ediciones y Lugares que sean nuestros de Somos Centelleantes. Asistió al Slam Federal en la ciudad de Rosario (2015), al Festival APOA-La Juntada en la ciudad de Buenos Aires (2018), al Primer Contrafestival de Literatura y otras Artes en la ciudad de Mendoza (2019), al Festival Letras con Arena en Chile (2020). Fue representante del Slam poético Mendoza en Slam Argentina (2020) y resultó galardonada con el tercer puesto a nivel nacional.

Entusiasta del collage. Colaboradora en revistas de crítica cultural. Es Licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes. Estudió Letras en la UNCuyo. Vive en Buenos Aires y actualmente estudia diseño gráfico.


Foto de Vera Jereb
Foto de Vera Jereb

 
 
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