Armando Romero
- poesiaon

- 3 jul
- 9 min de lectura
Poemas de Hagion Oros / El Monte Santo* (Caracas, 2000; Venecia, 2023; Atenas, 2025).
"La explicación de cómo funciona [
teléfono] es muy simple. Satanás coloca
dos demonios inferiores en cada uno de
los extremos y ellos llevan las palabras a
las orejas de los que escuchan. Yo puedo
detener este aparato satánico con sólo
tocarlo con esta cruz sagrada y mencionar
el nombre de la Virgen”.
Un anciano monje de Ephigmenou, según
M. Choucas, en Los ángeles negros de
Athos, Londres, 1935.
Hay que volver al tiempo
Hay que volver al tiempo lo que es del tiempo
A la mano lo que da la mano
Al árbol la hoja que lo sirve
Hay que sacar el aire detrás del aire
Abrir la luz a las ventanas
Tomar del libro diestra y siniestra
Del espacio el hábito que viste
Más allá es mar adentro
Más acá es mar afuera
Lo que le vine a quitar a Dios
Que detrás del altar me mira
Es ese ojo como centro
Entre Karyes y Pantocratoras
Camino de la tarde que baja al mar por
entre las piedras.
Zarza ardiendo donde pequeños animales o insectos
huyen por el ruido.
Qué más pasos que el paso que va al paso
de nuestra sombra.
Camino de la tarde que dice a borrarlo todo
por las plantas.
Detenerse en la fuente que aligera de agua
nuestros labios.
Levantar los ojos y no ver sino el cielo
que es cielo por los cielos.
Tirar el cuerpo sobre el ramaje para volverlo
a caminar.
Camino de la tarde que por sagrado va
al revés del tiempo.
Devenido misterio
¿Cómo convertir en canto ese silencio
de la tarde fuera del monasterio, frente al mar?
En el pequeño malecón dos pescadores,
vueltos hacia sí, desempacan su cosecha de peces
espejeantes.
¿Detener con las manos las imágenes mudas
que esperan contener nuestros cuerpos?
El viento pega contra el portal inmenso
pero de ello también hay silencio.
¿Vivir este tiempo al otro lado del tiempo?
Un monje pasa y entrebarbas escupe su
risa a los pescadores.
¿Restregar la memoria hasta donde
no lo quiso el recuerdo?
El mismo monje observa el espacio
que habito y sonríe cortésmente.
¿Dónde está el poema, entonces,
la mirada hacia adentro?
Estética del monasterio
Agotado de luz de vela entre los iconos
dejo mi cuerpo en una banca de madera
del pórtico del templo.
Un monje de inmensas barbas blancas,
con furia de antiguas religiones en los ojos,
me indica con gesto violento
que observe mis piernas:
una sobre otra es lo que encuentro.
Lo miro entre las luces
y las descruzo lentamente.
Abierta la mirada vuelve a su libro sagrado,
entre las manos que son huesos.
Al rato me mira de nuevo
por el otro lado de la nariz,
bizantino.
Me incorporo para ver los iconos ascetas
y me sigue con sus ojos hundidos entre pieles.
Sé que él está allá a lo alto,
sé que él está acá a lo bajo.
Yo lo sé pero él no lo sabe,
no puede saberlo.
De saberlo no estaría.
Pero sabe que yo lo sé,
de otra forma no me miraría.
Haz de ascetas
Qué tanta cruz y tanto signo
en la iconostasis de la iglesia de la Transfiguración
en Pantocrátoras.
Todo aquel que hizo piltrafas del cuerpo para engordar
el alma,
camina por estos cielos frescos pintados por Panselinos:
San Antonio de Memfis, padre de los padres del desierto,
sirvió a Dios hundiéndose en la oscura vida de las
cavernas;
San Pacomio, modelador de eremitas a imagen y semejanza
de los monjes que son ahora y para siempre;
San Macario el Grande, estigmatizado, 60 años en el desierto,
padre de la danza macabra;
San Pablo de Tebas, cien años interno en una cueva hasta que
San Antonio lo enterró en el desierto ayudado por dos
leones;
San Moisés el Negro, rufián convertido a Dios y monje del
desierto;
San Onofrio, cuyas barbas tocaron el suelo de esta tierra y
lo enredaron para siempre en la profundidad de su
caverna;
San Simeón el Estilita, encaramado para siempre en una pilastra
de cinco metros, en el pie izquierdo un año, en el derecho
el otro. Una soga hundida en la carne podrida de su cuerpo,
y de ella se desprendían los gusanos: "Comed lo que Dios
os ha dado”, les decía con su bendición;
San Daniel, a su lado, como sombra del que no tiene sombra.
La larga fila de eremitas y anacoretas
-San Nilo, San Efraín, San Moisés, San Pedro el Athonita,
San Pablo de Xeropotamou-
se pierde en la oscuridad y en los años borrosos de la
iconostasis,
pero allí está con humildad y soberbia
todo aquel que hizo infierno de la vida a tormento,
para ganar un cielo dulce como higos maduros,
una eternidad de boca abierta frente a Dios.
Diálogo
Dos monjes hablan en la noche.
Una voz clara, golpeante, deja que las vocales se desprendan
gota a gota.
Una voz de tierra, acechante, se escurre por entre las brumas.
Una voz salpica las paredes con salmos como lanzas.
Una voz acelera su ir de tropel confuso.
Una voz de consonantes dice su última palabra.
Una voz de susurros espera, incrédula.
Una voz hace alto, altanero, su momento.
Una voz es una pantera.
Una voz es un silencio.
La cena
Al campanazo de la cena corren los monjes,
levantados los hábitos como el apetito.
Corremos nosotros azuzados por el hambre
y un monje parlanchín.
El refectorio de bancos y mesas de madera
labrada por los años
resuena al tiro de los platos de peltre.
Rápido entra el abad precedido de su corte.
Bendice la sopa mientras el monje al turno
de leer las escrituras vuela al púlpito.
Lee el monje a borbotones griegos sus salmos
al compás de los gestos del abad comiendo,
devorando.
Y como un coro de violines que resuenan como sordas
campanas,
los brazos, las manos y las cucharas de los monjes
lo acompañan.
De pronto todo es quietud y silencio.
El abad ha decidido terminar de comer.
"Todo el mundo debe salir, dice un viejo monje
con la vista puesta en nuestros platos llenos,
la cena ha terminado”.
En la noche del monasterio el hambre acompaña
el peregrinar del espíritu.
Pálidos monjes
Pálidos monjes vuelven a martillar.
Pasan clavos, plantan travesaños,
prontos al serrucho,
prendiendo tejas y techos al monasterio.
El sol arde por la media luna de sus mejillas
y saca a relucir el negro en negro de sus barbas.
Infatigables constructores de lo construído
vuelven a edificar lo deificado por los años y la
destrucción.
De incendios, plagas, turcos, piratas, ladrones,
abandono, insectos, olvido, es la marca sobre
las ruinas.
Indomables levantan torres y cúpulas
con tablas y tablones que ocultarán de la voracidad
de los elementos el halo sagrado de iconos y
reliquias.
De la noche del tiempo al día de los orígenes
nidifican entre peñascos.
Pálidos monjes a la tarea inmensa entre siglos
parten en astillas el azul que recortan por el cielo,
y es allá arriba donde estarán más alto que lo alto
que dijo Dios a construir.
Pálidos monjes soberbios.
Pálidos monjes que a dos manos detienen el tiempo.
Pálidos monjes que develan otra cara a la derrota.
La otra vida
¿Qué habrá tirado al mar ese monje que en el malecón
espera la llegada del barco?
De su madre una mirada a los cielos;
de su padre la necesidad de verlo entre plantas y animales;
de su novia por entre las piedras la sonrisa
detenida al atardecer;
de sus amigos el juego de piratas por balcones y corredores;
y todo el dolor,
el dolor de eso que se llama la otra vida,
el ser de los desperdicios.
En Lavra
El monje existe para orar.
De la mañana a la noche
la palabra lo engaña.
De la noche a la mañana
lo ilumina.
¿Cuál es esa palabra sin sonido
que le avienta las apariencias?
¿Cuál es aquella que le revela
lo divino?
Es la misma que ahora y en la hora
lo eleva en la escala de Jacob.
Es la misma que el demonio
le entierra a Lázaro con un tridente
por la boca.
No es para enseñar, trabajar, escribir,
hacer el bien, estudiar,
que existe el monje.
Es para orar.
Para labrar en Lavra
la palabra.
Y en otras partes también.
Diferencias
Debe haber otra felicidad
en el gesto que acompaña
al monje tañendo la viga
de la oración.
Debe haber otra tristeza también
para el taciturno que recoge
los platos en el refectorio.
Una felicidad como agujas de lluvia.
Una tristeza como trapos al sol.
Los que responden
Hoy los monjes enredan loas y alabanzas en el espacio,
salmodian un hilo de luz
entre los iconos y los candelabros.
Enhiestos pegan sus voces al canto de las piedras en las
columnas.
Se dialogan, se responden, se arrastran, se alzan
los murmullos que en direcciones encontradas
invocan a Dios.
Vuelan las campanas del incensario
y como agua que marca una caída
dan aviso a arcángeles y serafines por las pilastras del
templo,
y desde los pechos que son cajas de resonancia de las
antífonas,
lento,
lento,
lento,
se levanta un himno,
se recorta un salmo laudatorio
contra las velas,
y vuelven las voces entreveradas
a un silencio oscuro,
tiznadas de aceites e inciensos,
y al concierto de las luces que giran
entre muerte y resurrección,
odas y letanías,
da vueltas el templo todo
como trompo sobre el eje de un mundo
que se desvanece.
Cómo le dan palos a las símandra;
cómo le dan ruido a las campanas;
cómo le dan paso al candelabro mayor
que no para de girar.
No sabrá Dios qué cantan estos monjes enfáticos y roncos;
no sabrá de dónde brota esa pasión por las causas de su
misterio;
sólo sabrá que esta noche,
mañana de tiempo bizantino en el Monte Athos,
entre peñascos y cantiles,
cantan y se desgañitan los monjes
azuzados por el encanto de su oración.
*Monte Athos / Hagion Oros / El Monte Santo:
La península Athos está situada al extremo este de los tres dedos de la península Calcídica al norte de Grecia. Tiene cerca de 45 km. de largo y entre 4 y 10 km. de ancho. Una cadena de montañas la recorre de punta a punta, levantándose al final el Monte Athos (2.300 m.). Esta península es el sitio de la república monástica de El Monte Santo (Hagion Oros).
Entre los siglos VI y VII dC. esta desolada región se convirtió en refugio de eremitas, anacoretas y ascetas como el famoso Pedro el Athonita. La era de desarrollo de las fundaciones monásticas empezó en el siglo X. En el año 963, San Athanasio el Athonita, con el apoyo de su amigo el Emperador Nicéphoras Phocás fundó el primero y el más renombrado de los monasterios, el Gran Lavra (Moni Megístis Lavras), en la punta sureste de Athos. Después de la constitución del monasterio de Studium en Constantinopla, Athanasio escribió las primeras reglas monásticas de Athos (el Typicon o Exemplar), las cuales fueron oficialmente reconocidas en el año 972 por el Emperador Juan Tsimisces como la constitución de la república monástica autónoma. Esta Regla estableció la vida comunal y el auto-gobierno de los monjes, luego impuso los votos de abstinencia (de casarse o comer carne), obediencia y pobreza. En el año 1045 se prohibió a cualquier criatura femenina (incluso animales como las gallinas) visitar o permanecer en Athos. Esta regla está vigente hoy en día.
En el año 1060, la república monástica, que había crecido considerablemente, fue confirmada como independiente por el Patriarca de Constantinopla. En el siglo XII se construyeron más monasterios bajo el impulso de la dinastía de los Paleólogos. Bajo la dominación de los turcos, luego de la caída de Constantinopla en 1453, y durante la Guerra de Independencia en 1821, el Monte Santo fue el fuerte de la Iglesia Ortodoxa Griega y del nacionalismo griego. Durante estos años se constituyeron muchos asentamientos pequeños llamados Sketes (moradas de ascetas), Kellia (moradas en forma de celdas sobre las rocas), Kalyves (chozas), etc., las cuales se nutrían de la presencia de los grandes monasterios. Por ese mismo tiempo también los monasterios del este y muchos en el oeste abandonaron las reglas estrictas del Typikon, las cenobíticas, que enfatizaban la vida comunal, férrea disciplina y la no posesión de bienes materiales, y escogieron una forma un poco más flexible de disciplina individual llamada ideorrítmica. La regla Ideorrítmica no sólo permite mayor libertad y la posibilidad de poseer tierra y bienes, sino que permite comer carne, excepto durante la Semana Santa.
Entre 1920 y 1926 el Estado Griego reconoció la República Teocrática de Athos. Grecia, sin embargo, mantiene un Gobernador y una estación de policía en Karyes, la capital. Para su gobierno los 20 monasterios se subdividen en 5 Tetradas (grupos de cuatro) bajo el liderazgo de los 5 monasterios mayores: Lavra, Vatopedi, Ivirón, Chilandar y Dionysiou.
El águila de doble cabeza, símbolo del imperio bizantino, es el del Monte Santo. (Cf. Franz N. Mehling, ed., Greece, New Jersey, 1985)
*Poemas escritos luego de mi visita al Monte Athos, Grecia
ARMANDO ROMERO (Cali, Colombia, 1944). Poeta, narrador y crítico literario, perteneció al grupo inicial del nadaísmo, movimiento vanguardista literario de la década del 60 en Colombia. Doctorado en Pittsburgh, actualmente vive en los Estados Unidos, donde es profesor emérito de la Universidad de Cincinnati.
Ha publicado numerosos libros de poesía, narrativa y ensayo. En el 2008 recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Atenas, Grecia. En 2011 ganó el Premio de Novela Corta Pola de Siero (España) con su novela Cajambre (Bogotá, Valladolid, 2012. Traducida al francés, turco, italiano y danés). Su libro de poemas, Amanece aquella oscuridad, fue publicado en 2012, Sevilla, España. En 2016, se publicó en España y en Colombia su libro de poemas El color del Egeo. Su obra literaria ha sido traducida a varios idiomas. Ese mismo año 2016, la editorial l’Harmattan (Paris) publicó una edición bilingüe antológica de su poesía, y en 2017 se publicó en Bulgaria una antología de su obra poética. En 2018 la Editorial Difácil de España publicó una extensa antología de su poesía y la Editorial Sinopia de Venecia su libro de cuentos cortos, La radice delle bestie. En 2025 publica en Colombia su novela de historia-ficción, El vientre de todas las guerras, y en 2026 la editorial Fili d’aquilone, de Roma, publica su libro de cuentos Falso equilibrio.



