top of page

Xoan Luna. Antología poética

  • Foto del escritor: poesiaon
    poesiaon
  • hace 1 día
  • 10 min de lectura

De maruja (ediciones Chinatown, 2025)

 

maruja era de escaparse de su alcoba en la que siempre cantaba un grillo. cierta vez, cuando lo hacía, oyó un estampido de bestias encerradas. era alta la noche. la luna se escondía detrás de una nube con forma de casa. maruja, ya lejos de su alcoba, vio el tren fantasma que pasaba por un camino abandonado, al ras, veloz. después, el tren se desviaba hacia un arroyo, rozándolo, y dejaba una estela de luz luciérnaga. cuando se adentró en el bosque, maruja vio subir el tren hacia el cielo, hacia esa nube con forma de casa que, en juntura con otras, se había vuelto castillo. una bandada de cigüeñas volaba en dirección contraria. y todas las noches era diferente.

 

maruja creía que dormía en la alcoba pero estaba en la intemperie. nadie la oyó. en sueños montaba guardia una horda de gatos montunos sobre las ramas, que la protegían de las lechuzas gigantes, y se acurrucaba en el regazo mullido de la tigra reina, madre de los gatos. sintió un beso en la frente. un beso húmedo, de hocico, que no era de las buenas noches. maruja despertó sobresaltada, como si hubiesen lanceado mortalmente a la tigra. oyó ruidos reptadores, lechuzas. las lágrimas le brotaban al ver la luna en su mengua. corrió al San Juan de los Errantes. andaban buscando una bestia, con antorchas. maruja observaba desde atrás de un árbol, escondida. algunos cargaban gatos en las horcas, atravesados; los perros los llevaban en sus fauces. había uno que aún parecía vivo. maruja, ágil, lo agarró, y se perdió en el bosque. y empezaban a perseguirla.

 

el suelo era polvareda, un camino de tierra. maruja era quietumbre, una guardiana de gatos. había muchos, cientos, y todos eran cachorritos, destetados, que se revolvían en el polvo. la noche en aquel camino había caído de un lado, del otro había un cielo azul lázuli. fue de allí, del lado oscuro, que vino. era un animalito de cuatro patas, pero caminaba en dos. era rápido. ¿era una nutria? ¿era una rata alta? ¿un zorro? se los llevaba de a uno, de a dos. cuando maruja, en el frenesí de la persecución, parecía agarrarlo, el animalito ya era ido, ya se había llevado un gatito, y volvía a aparecer de la oscuridad por otro. maruja le decía, como no diciendo, que no lo hiciese, o que le dijese adónde se los llevaba, pero que en cualquier caso los buscaría. cuando ya no quedaron más gatitos, el día sobrevino cabalmente. en aquella oscuridad ahora había un cielo cerúleo, árboles. y había gatos. gatos grandes, posados en las ramas. solo uno volvió con maruja, malherido. el camino ya era otro.

 

aquel día emprendió la marcha allende el bosque que le había dado cobijo tras el incendio. el día era esplendoroso como los de la primavera en que florecía de un plumazo. mojaba sus pies en un arroyo. primero vio que los pececillos, a contracorriente, iban hacia aquel lugar donde el sol brilla con todas sus fuerzas, y donde a veces se pone con lentitud. luego, a lo lejos, asustada y maravillada, escondiéndose detrás de una roca, vislumbró una tigra, pequeña, parecida a las que veía en sueños, que costeaba el arroyo. hacia la misma dirección. en su cabeza la bestiecita lucía algo que no supo si era un penacho, una flor o corona. la perdió de vista. entonces, vio un ave, grande, pero no reina. su plumaje era de un níveo desvaído, que no obstante, tras engullir algún pececillo, tornábase esplendente como una nube alba de verano. el ave miraba a maruja y se acicalaba, emitía un sonido que la acercaba a las ranas. maruja empezó a seguirla, pues, de a ratos, después de cazar pececillos y abrevar, el ave seguía hacia aquella misma dirección. había quedado atrás, en el horizonte, el viejo bosque, sin vuelta.

 

maruja iba a paso desparejo, río arriba, por la ribera rocosita. río abajo pasaban jangaderas astrosas riendo a carcajadas, al garete, dando vueltas. les hacía señas con las manos, pero no la notaban o ignoraban. decían algo: “adonde el río arriba acaba o principia, allí, hace muchas lunas, los brujos, aguaitan”. maruja vivaqueó alejada del río, en un claro. al rayar el alba, siguió la andadura. al caer el sol, notó que estaba en el mismo sitio en el que las jangaderas dijeran aquello. un mal presentimiento cernióse sobre ella, como telaraña. tuvo a bien cruzar el río, probar la otra vera. parecía peligroso. el cauce, aunque playo, era violento. vadeó el río y a la mitad, cayó. allí era hondo, hondísimo. despertó en una ribera. había un fueguito recientemente apagado. estaba en la otra vera, cerca de donde nacía el río, y crujía el bosque a su alrededor.

 

maruja olía el peligro. las hojas lanceoladas, trémulas, le habían dado el vizcachazo. todas apuntaban hacia el lugar donde estaba los brujos. sin embargo, encaminóse hacia allí. y les dio el pellón gigante que usaba como capa, cama y manta, y que pertenecía a un caballo gigante, rey, del que solo quedaban sus güesos. los brujos en aquel naciente de las aguas estaban montados en caballos ataviados con gualdrapas de color azabache. tomaron el pellón, en silencio, lo olieron como si se tratara de la flor más fragante. y se fueron en la noche, galopando, como al ras, con extraños repiqueteos. se perdieron en la niebla. y entonces maruja empezó con la visión. la borrosa visión.

 

fue el alba, siempre, desde entonces, en los marjales. el sol apenas dejaba ver un leve mechón suyo. maruja tenía ingrávidas las pálpebras. sus ojos siempre abiertos. no dormía, andaba amanecida. en la distancia, sobre las aguas quietas, unas vagas apariciones vaporosas hacían ademanes de seguir, de que maruja las siguiese, y luego se desvanecían, como siendo absorbidas por el agua encantada de los marjales. maruja diose vuelta, otra vez, y del otro lado, era lo mismo, las mismas apariciones etéreas, que, pese a su levedad, infundían pavor entre el rosa que todo lo esmaltaba. maruja entonces internóse otra vez en el agua, que era atravesada por rayos arosados que se oscurecían del todo en el fondo, y que los pececillos esquivaban cautelosos. había aves que nadaban y no le rehuían a los rayos, antes bien parecían bañarse en esa luz, beber el color. salían despedidas, arosadas como flamencos, del agua y proseguían el revoloteo que mantenía aquel alba con vida. maruja, maravillada con las bandadas y cardúmenes, de pronto sintió un pinchazo en el costado, su costilla sangraba; las aves dejaron de salir y se perdían en al fondo del agua. maruja salió a la superficie y apenas lo hubo hecho cerró los ojos: el sol, alto, le encandilaba.

 

maruja iba de marasmo en marasmo por los marjales con el agua hasta las rodillas. veía los omnipresentes pececillos que serpenteaban y saltaban cerca suyo. también: aves, que a veces, como la primera vez, salían del agua para perderse en los altos carrizales que insinuaban llegar hasta el cielo, hasta esas nubes de formas angélicas. “de aquí sacan los brujos las espigas para darle materia a sus escobas”, le dijo alguien, un suave rostro que salió del agua, que, hecho lo cual, prestamente sumergióse. había algo más allá, después de tanta andanza. ¿un incendio? no, esta vez no. algo que jamás había visto y tocado. no era el País de las Garzas: había avistado todo plumaje de aves en los marjales, pero ninguna garza de infinito vuelo. el carrizal, se secaba, tornábase amarillo, blanco. y se confundía con aquello que era un alto médano. maruja estaba cerca del mar.

 

maruja llegó a la tierra tumular de los antarquinos. allí la noche siempre era. era de mostrar sus garritas. el viento no daba respiro, era como responsos feroces de melodías monótonas. el miedo, le apretujaba. el credo se le había volado de la boca. moverse le costaba demasiado. creíase también muerta, puro güeso. sobre uno de los túmulos estaba el puma durmiendo, con la respiración rota, y maullaba o rugía, de a ratos, con los ojos cerrados. la luz de la luna, hería. les hería. al puma y a maruja. ella vanamente esperó la alborada perdiendo el mirar en el borroso firmamento. acostóse. oía ruidos que reptaban. pasaban ánimas animales. pero olía a flores. a flores de aquella inolvidable primavera en la que fuera reina. en el cielo, las constelaciones oscuras como aves se movían. cerró los ojos. otra vez volvió a sentir un beso en la frente. y los pasos se alejaban.

 

maruja un agujerito un orificito apenas como respiradero del costal brujuno mullido amortecida ibas soñolienta los harres horrisunos despertáronte despabilábante el hedor a roña miasmuna amortecíate más una vez aún sentías como pétalos reptando en tus entrañas fingiste tu muerte sueño de liebre ya en la espelunca encumbrada no era aún tu morada fugiste cual alada inocencia al vacío saltaste oyóse un croar dulcísono de ave gigantona era no la viste cerrados ojos caías lloroseabas en el manto pegada quedaste dormida por qué hucia o gracia llevábate la reina no lo supiste apareciste en tu alcoba y abriste los ojos!

 

amusgada pelambrosa era tu cama una cueva donde cabían de bestias todo pelaje de las pupas en el techo sabían salir negras mariposas raras veces rosas confundidas con hongos que medraban vuelta dados medrosas huían cuando venían a sestear las gatonas que pelechaban mudaban la color abscondíanse bajo la cama presintiendo tu vuelta ronroneaban y eran como arrorrós para toda creatura que rondase que viésese arriada por el tal dulce son vigías quedaban de la casa mas cuando de veras volvías también ellas ocultábanse y percibías sus aromas oliscosos y los roznidos en la alcoba…

 

adunada alcoba de bestiecitas quién reinaba quién de lejos la junaba desgarraban el aire los rugidos los ronroneares los roeres ataviada de yedra la cama era un tocón un trono de pelambres pletórico calidita siempre los hongos constelaciones en el techo en las paredes mudaban de formas y colores las bestiecitas alelábanse al verlos volvían al bosque lerdas en zigzagueata las garzas posadas en la techumbre precaria oteaban aquello pececillos traían de lejuras y aguas rosadas muy otras engullíanlos o arrojábanlos al patio los michinos montunos tiernos roznábanlos ay las garzas aguaitaban que la tigra fiera reina fuera ida!

 

un éxodo de caballos era huían de la guerra de ese horizonte ónix batalluno malgalopaban hundíanse en el bosque acienagado que exudaba lodo lodazal era el caballar ora jamelguno ora maravilloso tordillo o azulejuno tragado por el bosque era coros de relinchos estertóreos relinchaban cual plañidos a las lunas había innúmeras lunas en el claro cielo que cerrazón pronto tornaría cuál era la luna mejor la que no hería la que salvaba movíase el follaje tapaba la luna alma y vera ese bosque encantado vuelto lodo también estaba en guerra!

 

de pétalos munida en tus marañados cabellos de pálpitos en las pálpebras batientes entre los espigados carrizales oías las zumbonas libélulas dondequiera venían de la espesura de los carrizos del agua diáfana marjalina o del celaje también bajaban trazaban líneas cuasi rectas cuasi curvas que como fosfenos titilaban como agua caían fueron ellas las libélulas de alas hialinas las que apagaron con muy máculos zumbidos tu visión de fuego que iba a tus espaldas maruja no bien te zambulleras jubilosa del fogoso regocijo por vez primera en los marjales!

 

hozaban las bestias airadas heríanse los hocicos contra el fragoso suelo buscábante maruja noche y día véspero tras véspero dónde quedaba aquel lueñoso país montuno donde rayar no sabe el alba? por cuál véspero u oscuro río feral habías entrado en esa noche? erizábanse los follajes estremecidos tronchábanse a sí mismos resecos quedaban la resaca lunar y su rorada encantada agravábalo todo la noche iba amortajando el bosque la alborada exiguábase el sol alunizábase el día terreno perdía hasta que hízose la cabal noche cueva era el bosque

 

de goya, (inédito)

 

goya quería saber si yo era un ángel. no eran pocas las veces en que me tanteaba la espalda cuando dormía para ver si me habían crecido alas. a la hora del avioletado crepúsculo, solía acercarse a mí y me miraba como esperando que hiciera algo inusual. caída la noche, su semblante de entusiasmo tornábase otro, desencantado. algo así sentía por serafina, que desaparecía cuando caía el sol, no sabíamos su paradero. goya, sin embargo, insistía conmigo, a veces me traía unas calas hermosas, casi ofuscantes, que arrancaba del arroyo, y me decía que las soplara, pero, tras negarme, las dejaba en la alcoba. sorprendía ver a esas flores allí, noche tras noche, sin marchitarse. pero hubo un día terrible. era el crepúsculo, salí corriendo hacia el vergel como atraída por una fuerza extraña, y entonces noté a serafina: levitaba, flotaba, iba por encima de las plantas hasta que la perdía de vista. volví a la alcoba, azorada, y soplé aquellas flores que se amontonaban allí. y las calas volaron, atravesaron la alcoba, iban con los pistilos encendidos en dirección al arroyo. y goya, en la penumbra, me miraba, sonriente.

 

De dulcedumbrores (inédito)

 

perdíde el pie y presto vídeme en la ida iba e iba por entre la espeseza de verdicienta nemorosura la mía arrebolada rostreza hacía con el follaje la contina entrerrozura greñados los cabellos levísimas ramitas semejaban la aromancia de ambrosía íbame duéndil obsediendo mismito aquese clamor tan de lo calmo tan de lo lejos que dulcísono decíame dafne dafne empero el follaje de la sotura tornábase de poco en poco a alueñar el mío pie no era ya perdido sino que cuarteada enjuta tierra tactaba habíame en la amarilleja yermez y en pos de mí el bosque tornado habíase abenuza caliginez!

 

tan mansa tan umbra goya merodeaba overuna renegría las trémulas penumbras era la noche en el día era el lar una espelunca las velas abenuzidas con ellas apenas entrevideía las fantasmas mortecinas azabachuras que en veces ofuscaban la mía extraña catadura su voz rauco dulcedumbror irruía de rondón sin de dónde saber su fuente cuidaba que de las leves flamas era nacida demientre ella perdedíase en la tinieblura cada vez más cuajarona y cuando al cabo era del toda perdida de mí cuando cesaba su voz de rebato goya manifestábase clara relumbrona al filo de mi rostro…


Xoan Luna: Nació en la árida década de los noventa, en el mes de la liebre, bajo el signo de Aries, Tigre Adentro. Publicó maruja en formato no–libro (Hubiesen Edita, 2024) y a la ¿misma? niñae en formato chiche (ediciones chinatown, 2025). Tiene varios inéditos, entre ellos, plectro y goya. carmenangélicas verá la luz de la impresión a finales del corriente invierno por la editorial quilmeña Himalaya. Integra Poéticas en Loop, proyectil de la Isla Visión en juntura con los poetas Alan Ojeda y Agustina Pérez, el cual mistura ruidaje electrónico, poesía y visuales. Participa de la mesa chica y como coordinador espiritual de la juguetería clandestina ediciones chinatown. Últimamente, siempre a pérdida, colabora en la taberna itinerante del IAARPE (Instituto Argentino de Artistas Rotos y Periferias Estéticas) adobando brebajes con versos de su propio corpus joánico.



 
 
bottom of page