Cesare Pavese
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Traducción de Jorge Aulicino
Trabajar cansa
Los mares del sur
Caminamos una tarde sobre la ladera de una colina,
en silencio. En la sombra del tardo crepúsculo
mi primo es un gigante vestido de blanco,
que se mueve tranquilo, el rostro bronceado,
taciturno. Callar es nuestra virtud.
Algún antepasado nuestro debe de haber estado muy solo,
—un gran hombre entre idiotas o un pobre loco—
para enseñar a los suyos tanto silencio.
Mi primo habló esta tarde. Me pidió
que subiera con él: desde la cumbre se divisa
en las noches serenas el reflejo del faro,
lejano, de Turín. “Tú que vives en Turín...”
—me dijo— “... pero tienes razón, la vida se vive
lejos de la tierra: se progresa y se goza;
luego, cuando se regresa, como yo, a los cuarenta,
se encuentra todo nuevo. Las Langas no se pierden”.
Todo esto me dijo y no habla italiano
sino el lento dialecto que, como las piedras,
de esta misma colina, es tan áspero
que veinte años de idiomas y de océanos diversos
no consiguieron pulirlo. Y camina por la cuesta
con la mirada ensimismada que vi, de chico,
en los campesinos un poco cansados.
Veinte años ha estado viajando por el mundo,
se fue cuando yo era un nene en brazos de mujeres
y lo dieron por muerto. Sentí después hablar de él
a las mujeres, a veces, como en una fábula,
pero los hombres, más graves, lo olvidaron.
Un invierno, a mi padre, ya muerto, le llegó una postal
con una gran estampilla verdosa de naves en un puerto
y augurios de buena vendimia. Fue un gran estupor,
pero el muchacho, crecido, explicó ávidamente
que el billete venía de una isla llamada Tasmania
circundada de un mar muy azul, feroz de tiburones,
en el Pacífico, al sur de la Australia, y añadió
que, seguro, el primo pescaba perlas. Y guardó la estampilla.
Todos dieron su opinión, pero todos concluyeron
que si no había muerto, moriría.
Luego todos se olvidaron y pasó mucho tiempo.
Desde que jugué a los piratas malayos,
¡cuánto tiempo ha pasado!, y desde la última vez
que bajé a bañarme a un sitio mortal
y he seguido a un compañero de juegos sobre un árbol
quebrando hermosas ramas y le rompí la cabeza
a un rival y también me la dieron,
cuánta vida transcurrió. Otros días, otros juegos,
otros sacudones de sangre delante de rivales
más evasivos: los pensamientos y los sueños.
La ciudad me ha enseñado infinitas pavuras,
una muchedumbre, una calle, me han hecho temblar;
un pensamiento, a veces, espiado sobre un rostro.
Todavía siento en los ojos esa luz burlona
de millares de faroles sobre el ruido de pasos.
Mi primo regresó terminada la guerra,
gigantesco como pocos. Y tenía dinero.
La parentela decía por lo bajo: “En un año,
por decir mucho, se lo comió todo y vuelve a vagar.
Así terminan los desesperados”.
Mi primo tiene una cara rotunda. Compró un lote
en el pueblo y se hizo construir un garaje de cemento
con un flamante surtidor de nafta en el frente
y sobre la curva del puente, bien grande, un cartel metálico.
Después puso un mecánico adentro a cobrar el dinero
y él se dedicó a recorrer las Langas, fumando.
Se había casado. Tomó una chica rubia y delicada
como las extranjeras
que seguramente conoció en el mundo.
Pero sale todavía solo, vestido de blanco,
con las manos atrás y el rostro bronceado;
por la mañana recorría las ferias, con aire cazurro,
negociando caballos. Después me explicó,
cuando fracasó el proyecto, que su plan
era quitarle al valle todas las bestias
y obligar a la gente a comprarle motores.
“Pero la bestia más grande de todas”, decía,
“fui yo al pensarlo. Debí saber
que bueyes y personas son aquí la misma raza.”
Caminamos más de media hora. La cima está cerca,
aumentan alrededor el susurro y el silbido del viento.
Mi primo se para de golpe y se da vuelta: “Este año
escribo en el cartel: Santo Stefano
ha sido siempre el primero en los festejos
del valle del Belbo. Y que chillen
los de Canelli”. Después, sigue la subida.
Un perfume de tierra y viento nos envuelve en lo oscuro.
Algunas luces en la distancia, casitas, automóviles
que se oyen apenas. Y yo pienso en la fuerza
que me ha devuelto a este hombre, arrancándolo del mar,
de las tierras lejanas, del silencio que dura.
Mi primo no habla de los viajes que hizo; dice, seco,
que ha estado en este lugar, aquel otro,
y piensa en los motores.
Sólo un sueño
le ha quedado en la sangre. Se cruzó una vez,
viajando como maquinista de un pesquero holandés, con el Cetáceo,
y ha visto volar los pesados arpones en el sol,
vio huir las ballenas entre espumarajos de sangre
y la persecución, y las colas alzadas y la lucha en la lanza.
Me lo recuerda a veces.
Pero cuando le digo
que es de los elegidos que vieron la aurora
sobre las islas más bellas de la tierra,
sonríe al recordarlo y responde que el sol
se levantaba cuando el día era viejo para ellos.
I mari del Sud
Camminiamo una sera sul fianco di un colle,
in silenzio. Nell’ombra del tardo crepuscolo
mio cugino è un gigante vestito di bianco,
che si muove pacato, abbronzato nel volto,
taciturno. Tacere è la nostra virtù.
Qualche nostro antenato dev’essere stato ben solo
— un grand’uomo tra idioti o un povero folle—
per insegnare ai suoi tanto silenzio.
Mio cugino ha parlato stasera. Mi ha chiesto
se salivo con lui: dalla vetta si scorge
nelle notti serene il riflesso del faro
lontano, di Torino. “Tu che abiti a Torino...”
mi ha detto “...ma hai ragione. La vita va vissuta
lontano dal paese: si profitta e si gode
e poi, quando si torna, come me a quarant’anni,
si trova tutto nuovo. Le Langhe non si perdono”.
Tutto questo mi ha detto e non parla italiano,
ma adopera lento il dialetto, che, come le pietre
di questo stesso colle, è scabro tanto
che vent’anni di idiomi e di oceani diversi
non gliel’hanno scalfito. E cammina per l’erta
con lo sguardo raccolto che ho visto, bambino,
usare ai contadini un poco stanchi.
Vent’anni è stato in giro per ii mondo.
Se n’ andò ch’io ero ancora un bambino portato da donne
e lo dissero morto. Sentii poi parlarne
da donne, come in favola, talvolta;
uomini, più gravi, lo scordarono.
Un inverno a mio padre già morto arrivò un cartoncino
con un gran francobollo verdastro di navi in un porto
e auguri di buona vendemmia. Fu un grande stupore,
ma il bambino cresciuto spiegò avidamente
che il biglietto veniva da un’isola detta Tasmania
circondata da un mare più azzurro, feroce di squali,
nel Pacifico, a sud dell’Australia. E aggiunse che certo
il cugino pescava le perle. E staccò il francobollo.
Tutti diedero un loro parere, ma tutti conclusero
che, se non era morto, morirebbe.
Poi scordarono tutti e passò molto tempo.
Oh da quando ho giocato ai pirati malesi,
quanto tempo è trascorso. E dall’ultima volta
che son sceso a bagnarmi in un punto mortale
e ho inseguito un compagno di giochi su un albero
spaccandone i bei rami e ho rotta la testa
a un rivale e son stato picchiato,
quanta vita è trascorsa. Altri giorni, altri giochi,
altri squassi del sangue dinanzi a rivali
più elusivi: i pensieri ed i sogni.
La città mi ha insegnato infinite paure:
una folla, una strada mi han fatto tremare,
un pensiero talvolta, spiato su un viso.
Sento ancora negli occhi la luce beffarda
dei lampioni a migliaia sul gran scalpiccìo.
Mio cugino è tornato, finita la guerra,
gigantesco, tra i pochi. E aveva denaro.
I parenti dicevano piano: “Fra un anno, a dir molto,
se li è mangiati tutti e torna in giro.
I disperati muoiono cosi “.
Mio cugino ha una faccia recisa. Comprò un pianterreno
nel paese e ci fece riuscire un garage di cemento
con dinanzi fiammante la pila per dar la benzina
e sul ponte ben grossa alla curva una targa-rèclame.
Poi ci mise un meccanico dentro a ricevere i soldi
e lui girò tutte le Langhe fumando.
S’era intanto sposato, in paese. Pigliò una ragazza
esile e bionda come le straniere
che aveva certo un giorno incontrato nel mondo.
Ma usci ancora da solo. Vestito di bianco,
con le mani alla schiena e il volto abbronzato,
al mattino batteva le fiere e con aria sorniona
contrattava i cavalli. Spieghò poi a me,
quando fallì il disegno, che il suo piano
era stato di togliere tutte le bestie alla valle
e obbligare la gente a comprargli i motori.
“Ma la bestia” diceva “più grossa di tutte,
sono stato io a pensarlo. Dovevo sapere
che qui buoi e persone son tutta una razza”.
Camminiamo da più di mezz’ora. La vetta è vicina,
sempre aumenta d’intomno il frusciare e i fischiare del vento.
Mio cugino si ferma d’un tratto e si volge: “Quest’anno
scrivo sul manifesto: —Santo Stefano
è sempre stato il primo nelle feste
della valle del Belbo— e che la dicano
quei di Canelli “. Poi riprende l’erta.
Un profumo di terra e di vento ci avvolge nel buio,
qualche lume in distanza: cascine, automobili
che si sentono appena; e io penso alla forza
che mi ha reso quest’uomo, strappandolo al mare,
alle terre lontane, al silenzio che dura.
Mio cugino non parla dei viaggi compiuti .
Dice asciutto che è stato in quel luogo e in quell’altro
e pensa ai suoi motori
Solo un sogno
gli è rimasto nel sangue: ha incrociato una volta,
da fuochista su un legno olandese da pesca, il Cetaceo,
e ha veduto volare i ramponi pesanti nel sole,
ha veduto fuggire balene tra schiume di sangue
e inseguirle e innalzarsi le code e lottare alla lancia.
Me ne accenna talvolta.
Ma quando gli dico
ch’egli è tra i fortunati che han visto l’aurora
sulle isole più belle della terra,
al ricordo sorride e risponde che il sole
si levava che il giorno era vecchio per loro.
Paisaje III
Entre la barba y el solazo, la cara todavía pasa,
pero está la piel del cuerpo, que blanquea temblorosa
entre los remiendos. No basta la suciedad para taparla
en la lluvia o el sol. Aldeanos renegridos
lo han visto alguna vez, pero la mirada insiste
sobre ese cuerpo, camine o se abandone al descanso.
Por la noche, las grandes campiñas se funden
en una sombra pesada que ahonda las hileras de viñas
y las plantas: sólo las manos conocen los frutos.
El hombre andrajoso parece un aldeano, en la sombra,
pero rapiña todo, y los perros no sienten.
Por la noche la tierra no tiene más patrones,
sino voces inhumanas. El sudor no cuenta.
Cada planta tiene su frío sudor en la sombra,
y no hay más que un campo, para nadie y para todos.
Por la mañana este hombre harapiento y tembloroso
sueña, tendido junto a un muro no suyo, que los aldeanos
lo persiguen y quieren morderlo, bajo el solazo.
Tiene una barba goteante de frío rocío
y entre los agujeros, la piel. Llega un aldeano
con la azada al hombro y se seca la boca.
No lo esquiva siquiera, sino que lo pasa:
uno de sus campos, este día, necesita su fuerza.
Paesaggio III
Tra la barba e il gran sole la faccia va ancora,
ma è la pelle del corpo, che biancheggia tremante
tra le toppe. No basta lo sporco a confonderla
nella pioggia e nel sole. Villani anneriti
l’han guardato una volta, ma l’occhiata perdura
su quel corpo, cammini o si accasci al riposo.
Nella notte le grandi campagne si fondono
in un’ombra pesante, che sprofonda i filari
e le piante: soltanto le mani conoscono i frutti.
L’uomo lacero pare un villano, nell’ombra,
ma rapisce ogni cosa e i cagnacci non sentono.
Nella notte la terra non ha più padroni,
se non voci inumane. Il sudore non conta.
Ogni pianta ha un suo freddo sudore nell’ombra
e non c’è più che un campo, per nessuno e per tutti.
Al mattino quest’uomo stracciato e tremante
sogna, steso ad muro non suo, che i villani
lo rincorrono e vogliono morderlo, sotto il gran sole.
Ha una barba stillante di fredda rugiada
e tra i buchi la pelle. Compare un villano
con la zappa sul collo, e s’asciuga la bocca.
Non si scosta nemmeno, ma scavalca quell’altro:
un suo campo quest’oggi ha bisogno di forza.
Nocturno
Es nocturna la colina, en el cielo claro.
Allí se encuadra tu cabeza, que se mueve apenas
y acompaña ese cielo. Eres como una nube
entrevista entre ramas. Te ríe en los ojos
la extrañeza de un cielo que no es el tuyo.
La colina de tierra y de hojas encierra
con su masa negra tu viva mirada,
tu boca tiene el pliegue de una dulce cavidad
entre las costas lejanas. Pareces jugar
en la gran colina y el claror del cielo:
para complacerme repites ese marco antiguo
y lo entregas más puro.
Pero vives en otra parte.
Tu tierna sangre se hizo en otra parte.
Las palabras que dices no se corresponden
con la áspera tristeza de este cielo.
No eres más que una nube dulcísima, blanca,
atrapada una noche entre ramas antiguas.
Notturno
La collina è notturna , nel cielo chiaro .
Vi s’inquadra il tuo capo, che muove appena
e accompagna quel cielo. Sei come una nube
intravista fra i rami. Ti ride negli occhi
la stranezza di un cielo che non è il tuo.
La collina di terra e di foglie chiude
con la massa nera il tuo vivo guardare,
la tua bocca ha la piega di un dolce incavo
tra le coste lontane. Sembri giocare
alla grande collina e al chiarore del cielo:
per piacermi ripeti lo sfondo antico
e lo rendi piú puro.
Ma vivi altrove.
Il tuo tenero sangue si è fatto altrove.
Le parole che dici non hanno riscontro
con la scabra tristezza di questo cielo.
Tu non sei che una nube dolcissima, bianca
impigliata una notte fra i rami antichi.
Después
La colina está tendida y la lluvia la empapa en silencio.
Llueve sobre las casas: la breve ventana
se llenó de un verde más fresco y más desnudo.
La compañera estaba tendida conmigo: la ventana
estaba vacía, nadie miraba, estábamos desnudos.
Su cuerpo secreto camina a esta hora por la calle,
con su paso, pero el ritmo es más blando; la lluvia
desciende con ese paso, tenue y fatigada.
La compañera no ve la muda colina
amodorrada en la humedad: va por la calle
y la gente que la choca no sabe.
Hacia la noche,
la colina es recorrida por retazos de niebla,
la ventana recibe también ese aliento. La calle
a esta hora está desierta; la solitaria colina
tiene una vida remota en el cuerpo más oscuro.
Yacíamos fatigados en la humedad
de dos cuerpos, amodorrados uno sobre el otro.
Una tarde más dulce, de sol tibio
y de colores frescos, la calle sería una gloria.
Es una gloria caminar por la calle, gozando
un recuerdo del cuerpo, todo difuso alrededor.
En las hojas de las avenidas, en el paso indolente de las mujeres,
en las voces de todos, hay un poco de la vida
que los dos cuerpos han olvidado, pero que es un milagro.
Como descubrir abajo, en el fondo de un camino, la colina
entre las casas, y mirarla y pensar que conmigo
la compañera la mira desde la breve ventana.
En la oscuridad se ha hundido la desnuda colina
y la lluvia murmura. No está la compañera
que se ha llevado su cuerpo dulce y la sonrisa.
Pero mañana bajo el cielo lavado del alba
la compañera saldrá por las calles, tenue
por su paso. Podremos encontrarnos, queriendo.
Dopo
La collina è distesa e la pioggia l’impregna in silenzio.
Piove sopra le case: la breve finestra
s’è riempita di un verde piú fresco e piú nudo.
La compagna era stesa con me: la finestra
era vuota, nessuno guardava, eravano ben nudi.
Il suo corpo segreto cammina a quest’ora per strada
con suo passo, ma il ritmo è piú molle; la pioggia
scende come quel passo, leggera e spossata.
La compagna non vede la nuda collina
assopita nell’umidità: passa in strada
e la gente che l’urta non sa.
Verso sera
la collina è percorsa da brani di nebbia,
la finestra ne accoglie anche il fiato. La strada
a quest’ora è deserta; la sola collina
ha una vita remota nel corpo piú cupo.
Giacevamo spossati nell’umidità
dei due corpi, ciascuno assopito sull’altro.
Una sera piú dolce, di tiepido sole
e di freschi colori, la strada sarebbe una gioia.
È una giogia passare per strada, godendo
un ricordo del corpo, ma tutto diffuso d’intorno.
Nelle foglie dei viali, nel passo indolente di donne,
nelle voci di tutti, c’è un po’ della vita
che i due corpi han scordato ma è pure un miracolo.
E scoprire giú in fondo a una via la collina
tra le case, e guardarla e pensare che insieme
la compagna la guardi, dalla breve finestra.
Dentro il buio è affondata la nuda collina
e la pioggia bisbiglia. Non c’è la compagna
che ha portato con sé il corpo dolce e il sorriso.
Ma domani nel cielo lavato dall’alba
la compagna uscirà per le strade, leggera
del suo passo. Potremo incontrarci, volendo.
Paisaje V
Las colinas insensibles que llenan el cielo
están vivas al alba; después se quedan inmóviles
como si fueran siglos, y el sol las mira.
Recubrirlas de verde sería una dicha,
y en el verde, dispersas, la fruta y las casas.
Cada planta, al alba, sería una vida
prodigiosa, y las nubes tendrían un sentido.
Nos falta sólo un mar que resplandezca fuerte
y que inunde la playa con un ritmo monótono.
Sobre el mar no crecen plantas, no se mueven hojas:
cuando llueve sobre el mar, cada gota se pierde,
como el viento sobre estas colinas, que busca las hojas
y no encuentra más que piedras. Hay un momento en el alba:
se dibujan sobre la tierra las siluetas oscuras
y las manchas bermejas. Después, vuelve el silencio.
¿Tienen un sentido las cuestas arrojadas al cielo
como casas de una gran ciudad? Están desnudas.
Pasa a veces un aldeano tallado en el vacío,
tan absurdo que parece pasar sobre un techo
de la ciudad. Viene a la mente la estéril mole
de las casas amontonadas, que agarra la lluvia
y se seca al sol y no da ni un poco de hierba.
Para cubrir las casas y las piedras de verde
—y que el cielo tenga sentido— hace falta hundir
en la oscuridad raíces bien negras. Al volver el alba,
correría la luz dentro de la tierra
como un golpe. Toda la sangre estaría más viva:
también los cuerpos están hechos de venas negruzcas.
Y los aldeanos que pasan tendrían un sentido.
Paesaggio V
Le colline insensibili che riempiono il cielo
sono vive nell’alba, poi restano immobili
come fossero secoli, e il sole le guarda.
Ricoprirle di verde sarebbe una gioia
e nel verde, disperse, le frutta e le case.
Ogni pianta nell’alba sarebbe una vita
prodigiosa e le nuvole avrebbero un senso.
Non ci manca che un mare a risplendere forte
e inondare la spiaggia in un ritmo monotono.
Su dal mare non sporgono piante , non muovono foglie :
quando piove sul mare, ogni goccia è perduta,
come il vento su queste colline, che cerca le foglie
e non trova che pietre. Nell ’alba, è un instante:
si disegnano in terra le sagome nere
e le chiazze vermiglie. Poi torna il silencio.
Hanno un senso le coste buttate nel cielo
come case di grande città ? Sono nude.
Passa a volte un villano stagliato nel vuoto,
cosí assurdo che pare passeggi su un tetto
di città. Viene in mente la sterile mole
delle case ammucchiate, che prende la pioggia
e si asciuga nel sole e non dà un filo d’erba.
Per coprire le case e le pietre di verde
—sí che il cielo abbia un senso— bisogna affondare
dentro il buio radici ben nere. Al tornare dell’alba
scorrerebbe la luce fin dentro la terra
come un urto. Ogni sangue sarebbe piú vivo:
anche i corpi son fatti di vene nerastre.
E i villani che passano avrebbero un censo.
Mito
Llegará el día en que el joven dios será un hombre,
sin pena, con la muerta sonrisa del hombre
que ha comprendido. También el sol pasa remoto,
enrojeciendo las playas. Llegará el día en que el dios
no sabrá ya dónde estaban las playas de aquel tiempo.
Uno se despierta una mañana en que está muerto el verano
y en los ojos se acumulan todavía resplandores,
como ayer, y en los oídos, los fragores del sol
hecho sangre. Ha cambiado el color del mundo.
La montaña no toca más el cielo; las nubes
no se amontonan más como frutos; el agua
no transparenta más un guijarro. El cuerpo de un hombre
pensativo se dobla donde un dios respiraba.
El gran sol acabó, y el olor a tierra,
y la calle libre, coloreada de gente
que ignoraba la muerte. No se muere en verano.
Si alguno desaparecía, estaba el joven dios,
que vivía por todos e ignoraba la muerte.
Sobre él, la tristeza era una sombra de nube.
Su paso asombraba la tierra.
Ahora pesa
el cansancio sobre todos los miembros del hombre,
sin pena: el calmo cansancio del alba
que abre a un día de lluvia. Las playas oscurecidas
no conocen al joven, que en un tiempo bastaba
con que las mirase. Ni el mar del aire revive
ante su aliento. Se tuercen los labios del hombre
resignado, al sonreír delante de la tierra.
Mito
Verrà il giorno che il giovane dio sarà un uomo,
senza pena, col morto sorriso dell’uomo
che ha compreso. Anche il sole trascorre remoto
arrossando le spiagge. Verrà il giorno che il dio
non saprà più dov’erano le spiagge d’un tempo.
Ci si sveglia un mattino che è morta l’estate,
e negli occhi tumultuano ancora splendori
come ieri, e all’orecchio i fragori del sole
fatto sangue. È mutato il colore del mondo.
La montagna non tocca piú il cielo; le nubi
non s’ammassano piú come frutti; nell’acqua
non traspare più un ciottolo. Il corpo di un uomo
pensieroso si piega, dove un dio respirava.
Il gran sole è finito, e l’odore di terra,
e la libera strada, colorata di gente
che ignorava la morte. Non si muore d’estate.
Se qualcuno spariva, c’era il giovane dio
che viveva per tutti e ignorava la morte.
Su di lui la tristezza era un’ombra di nube.
Il suo passo stupiva la terra.
Ora pesa
la stanchezza su tutte le membra dell’uomo,
senza pena, la calma stanchezza dell’alba
che apre un giorno di pioggia. Le spiagge oscurate
non conoscono il giovane, che un tempo bastava
le guardasse. Né il mare dell’aria rivive
al respiro. Si piegano le labbra dell’uomo
rassegnate, a sorridere davanti alla terra.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
Salobre y de tierra
es tu mirada. Un día
chorreabas agua de mar.
Hubo plantas
a tu lado, cálidas,
saben todavía de ti.
El agave, la adelfa.
Encierras todo en los ojos.
Salobres y de tierra
son tus venas, tu aliento.
Baba de viento cálido,
sombras del verano—
todo encierras en ti.
Eres la voz ronca
de la campana, el grito
de la perdiz escondida,
la tibieza de la piedra.
El campo es fatiga,
el campo es dolor.
A la noche el gesto
del campesino calla.
Eres la gran fatiga
y la noche que sacia.
Como la roca, la hierba,
como tierra, eres cerrada:
bates contra el mar.
No hay palabra
que pueda poseerte
o contener. Recibes
como la tierra los golpes,
de ellos haces vida, aliento
que acaricia, silencio.
Eres reseca, como el mar,
como el fruto de un escollo,
y no dices palabra
y ninguno te habla.
Di salmastro e di terra
è il tuo sguardo. Un giorno
hai stillato di mare .
Ci sono state piante
al tuo fianco, calde,
sanno ancora di te.
L’agave e l’oleandro .
Tutto chiudi negli occhi.
Di salmastro e di terra
hai le vene, il fiato .
Bava di vento caldo,
ombre di solleone—
tutto chiudi in te.
Sei la voce roca
della campagna, il grido
della quaglia nascosta,
il tepore del sasso.
La campagna è fatica ,
la campagna è dolore.
Con la notte il gesto
del contadino tace.
Sei la grande fatica
e la notte che sazia.
Come la roccia e l’erba,
come terra, sei chiusa;
ti sbatti come il mare.
La parola non c’è
che ti può possedere
o fermare. Cogli
come la terra gli urti,
e ne fai vita, fiato
che carezza, silenzio.
Sei riarsa come il mare,
come un frutto di scoglio,
e non dici parole
e nessuno ti parla.
La casa
El hombre solo escucha la voz calma,
con la mirada baja, casi un aliento
soplado en la cara, un aliento amigo
que remonta, increíble, el tiempo transcurrido.
El hombre solo escucha la voz amiga
que sus padres, hace tiempo, han oído, clara,
ensimismada, una voz que como el verde
de las charcas y de las colinas oscurece de noche.
El hombre solo conoce una voz de sombra,
acariciante, que brota con tonos calmos
de una fuente secreta: la bebe atento,
los ojos cerrados, y no parece que la tuviera al lado.
Es la voz que un día detuvo al padre
de su padre, y a cada uno de su sangre, muerto.
Una voz de mujer que suena secreta
en el umbral de la casa, al caer la oscuridad.
La casa
L’ uomo solo ascolta la voce calma
con lo sguardo socchiuso, quasi un respiro
gli alitasse sul volto, un respiro amico
che risale, incredibile, dal tempo andato.
L’uomo solo ascolta la voce antica
che i suoi padri, nei tempi, hanno udita, chiara
e raccolta, una voce che come il verde
degli stagni e dei colli incupisce a sera.
L’uomo solo conosce una voce d’ombra,
carezzante, che sgorga nei toni calmi
di una polla segreta: la beve intento,
occhi chiusi, e non pare che l’abbia accanto.
È la voce che un giorno ha fermato il padre
di suo padre, e ciascuno del sangue morto.
Una voce di donna che suona segreta
sulla soglia di casa, al cadere del buio.
Poemas inéditos
El vino triste (1)
Es clavado que cuando me siento en el rincón del boliche
para saborear una grapita aparezcan el pederasta
o los chicos que gritan o el desocupado
o una linda chica que pasa por afuera,
todos a quebrar el hilo de humo. “Es así, joven,
se lo digo de veras, trabajo en Lucento”.
Pero la voz, la voz angustiada del viejo
cuarentón —no sé— que me ha estrechado la mano
a la noche en el frío y luego me acompañó
hasta casa, ese tono de vieja corneta,
no me lo olvidaré ni aunque me muera.
No decía del vino, hablaba conmigo
porque había estudiado y fumaba en pipa.
“¡Y el que fuma en pipa”, exclamaba temblando,
“no puede ser falso!” Aprobé con la cabeza.
Encontré al regresar chicas más abiertas, más sanas,
con las piernas desnudas —ayunaba hacía meses—,
y me casé sólo porque me había emborrachado
de la frescura de ellas —un amor senil.
Me casé con la más musculosa y la más impertinente
para saborear de nuevo la vida, para no morir
detrás de una mesa, en una oficina, frente a extraños.
Pero Nella fue también una extraña y un cadete de aviación
con el que se encontró le puso las manos encima.
Ya murió ese miserable —ese pobre chico—
que capotó en el cielo —no soy yo el canalla—.
Mi Nella cuida un chico —no es mi hijo—
y es mujer de su casa y yo soy un extraño
que no sabe contentarla y no osa decir nada
y tampoco Nella habla y sólo me mira.
Y lo genial es que aquel hombre sollozaba al contarlo,
como llora un borracho, con todo su cuerpo,
y se me venía encima y decía: “Entre nosotros,
siempre respeto”, y yo, temblando en el frío,
buscando cómo irme y dándole la mano.
Es un placer tomar la grapita, pero es otro placer
escuchar el desahogo de un viejo impotente
que ha vuelto del frente y pide perdón.
¿Qué satisfacciones tengo yo en la vida?
Se lo digo de veras, trabajo en Lucento.
¿Qué satisfacciones tengo yo en la vida?
l vino triste (1)
È un bel fatto che tutte le volte che siedo in un angolo
d’una tampa a sorbire il grappino, ci sia il pederasta
o i bambini che strillano o il disoccupato
o una bella ragazza che passa di fuori,
tutti a rompermi il filo del fumo. “È così, giovanotto,
ce lo dico davvero, lavoro a Lucento”.
Ma la voce, la voce angosciata del vecchio
quarantenne —non so— che mi ha stretto la mano
nottetempo nel freddo e poi mi ha accompagnato
fino a casa, quel tono da vecchia cornetta,
non lo scordo, neanche se muoio.
Non diceva del vino, parlava con me
perché avevo studiato e fumavo la pipa.
“E chi fuma la pipa” esclamava tremando
“non può essere falso!” Approvai colla testa.
Ho trovato ragazze al ritorno, più aperte, più sane,
colle gambe scoperte —digiuno da mesi—
e mi sono sposato soltanto perché ero ubriaco
della loro freschezza —un amore senile.
Ho sposato la più muscolosa e la più impertinente
per sapere di nuovo la vita, per non più morire
dietro un tavolo, dentro un ufficio, dinanzi ad estranei.
Ma anche Nella fu estranea per me e un allievo aviatore
me la vide una volta e ci mise le mani.
Ora è morto quel vile —quel povero giovane—
capotato nel cielo – no sono io il vile.
La mia Nella accudisce un bambino —non so se è mio figlio—
ed è tutta di casa e io sono un estraneo
che non sa accontentarla e non oso dir nulla
e anche Nella non parla, ma solo mi guarda.
E, il più bello, piangeva quell’uomo a contarla,
come piange uno sbronzo, con tutto il suo corpo,
e mi cadeva addosso e diceva “Tra noi
sempre rispetto” ed io, a tremare nel freddo,
a cercare di andarmene, a dargli la mano.
Fa piacere sorbire il grappino, ma è un altro piacere
ascoltare gli sfoghi di un vecchio impotente
che è tornato dal fronte e vi chiede perdono.
Quali soddisfazioni ho mai io nella vita?
Ce lo dico davvero, lavoro a Lucento.
Quali soddisfazioni ho mai io nella vita?
ed è tutta di casa e io sono un estraneo
che non sa accontentarla e non oso dir nulla
e anche Nella non parla, ma solo mi guarda.
E, il più bello, piangeva quell’uomo a contarla,
come piange uno sbronzo, con tutto il suo corpo,
e mi cadeva addosso e diceva “Tra noi
sempre rispetto” ed io, a tremare nel freddo,
a cercare di andarmene, a dargli la mano.
Fa piacere sorbire il grappino, ma è un altro piacere
ascoltare gli sfoghi di un vecchio impotente
che è tornato dal fronte e vi chiede perdono.
Quali soddisfazioni ho mai io nella vita?
Ce lo dico davvero, lavoro a Lucento.
Quali soddisfazioni ho mai io nella vita?
Canción callejera
¿Por qué vergüenza? Cuando uno ha pagado su tiempo,
si lo dejan salir es porque es como todos,
y hay gente por la calle que estuvo en la cárcel.
De la mañana a la noche damos vueltas por las avenidas
y que llueva o que haya un buen sol va bien con nosotros.
Es una alegría encontrar en las avenidas gente que habla
y hablar solos, apretando a las chicas en los amontonamientos.
Es una alegría silbar en los portales esperando a las chicas
y abrazarlas por la calle y llevarlas al cine
y fumar a escondidas, apoyados en las lindas rodillas.
Es una alegría hablar con ellas palpándolas y riendo,
y de noche en la cama, al sentir que se echan sobre el cuello
los dos brazos que atraen hacia abajo, pensar en la mañana
en que volveremos a salir de la cárcel en el fresco del sol.
De la mañana a la noche andar borrachos
y mirar riendo a los peatones que pasan
y que gozan todos —hasta los feos— de sentirse en la calle.
De la mañana a la noche cantar borrachos
y encontrar borrachos y empezar conversaciones
que duren mucho y que nos den sed.
Esos individuos que van hablando para ellos,
los queremos a la noche con nosotros, en el fondo del boliche,
y seguir tocando con ellos nuestra guitarra
que da saltos borracha y no está bien encerrada
y abre las puertas para sonar al aire libre—
afuera llueven el agua o las estrellas. No importa si en las avenidas
a esta hora no hay lindas chicas de paseo:
encontraremos al borracho que se ríe solo
porque él también salió de la cárcel esta noche
y con él, haciendo ruido y cantando, veremos la mañana.
Canzone di strada
Perché vergogna? Quando uno ha pagato il suo tempo,
se lo lasciano uscire, è perché è come tutti
e ce n’è della gente per strada, che è stata in prigione.
Dal mattino alla sera giriamo sui corsi
e che piova o che faccia un bel sole, va sempre per noi.
È una gioia incontrare sui corsi la gente che parla
e parlare da soli, pigliando ragazze a spintoni.
È una gioia fischiar nei portoni aspettando ragazze
e abbracciarle per strada e portarle al cinema
e fumar di nascosto, appoggiati alle belle ginocchia.
È una gioia parlare con loro palpando e ridendo,
e di notte nel letto, sentendo buttarsi sul collo
le due braccia che attirano in basso, pensare al mattino
che si tornerà a uscir di prigione nel fresco del sole.
Dal mattino alla sera girare ubriachi
e guardare ridendo i passanti che vanno
e che godono tutti —anche i brutti— a sentirsi per strada.
Dal mattino alla sera cantare ubriachi
e incontrare ubriachi e attaccare discorsi
che ci durino a lungo e ci mettano sete.
Tutti questi individui che vanno parlando tra sé,
li vogliamo alla notte con noi, chiusi in fondo alla tampa,
e seguire con loro la nostra chitarra
che saltella ubriaca e non sta più nel chiuso
ma spalanca le porte a echeggiare nell’aria—
fuori piòvano l’acqua o le stelle. Non conta se i corsi
a quest’ora non hanno più belle ragazze a passeggio:
troveremo ben noi l’ubriaco che ride da solo
perché è uscito anche lui di prigione stanotte,
e con lui, strepitando e cantando, faremo il mattino.
Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 – Turín, 1950) Estudió en Turín y se graduó con una tesis sobre Walt Whitman. Durante la década de 1920 leyó a los principales autores norteamericanos y comenzó a traducirlos. Entre 1935 y 1936, debido a sus vinculaciones con los militantes del grupo “Justicia y Libertad”, fue detenido, juzgado y recluido en Brancaleone Calabro. En 1938, de regreso a Turín, comenzó a colaborar con la editorial Einaudi en la creación de la revista “La Cultura”, que dirigió a partir del tercer número. Entre 1945 y 1946 dirigió la oficina romana de la misma editorial.
Desempeñó un papel clave en la transición de la cultura italiana de la década de 1930 a la nueva cultura democrática de la posguerra. Después de la Liberación, se unió al Partido Comunista. Durante esos años de intenso trabajo publicó sus obras más exitosas. Fue encontrado muerto, por una sobredosis de somníferos, el 27 de agosto de 1950.
Algunos de sus libros son: Feria de agosto, El compañero, Diálogos con Leucó, La casa en la colina, La luna y las fogatas, El oficio de vivir, El hermoso verano, Entre mujeres solas y Trabajar cansa.




