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Fina García Marruz

  • Foto del escritor: poesiaon
    poesiaon
  • 4 mar
  • 17 Min. de lectura

Actualizado: 4 mar

Transfiguración de Jesús en el monte

 

Y después de seis días, Jesús toma a Pedro,

y a Jacobo, y a Juan su hermano,

y los lleva aparte a un monte alto:

Y se transfiguró delante de ellos;

y resplandeció su rostro como el sol,

y sus vestidos fueron blancos como la luz. 

(S. MATEO, 17: 1-2).

En tanto que Israel se agitaba todavía entre la     

adúltera y el justo, el mercader y el     

mancebo;

 

en tanto que discurrían por los gastados tapices     

de las calles susurradas y sagaces los      

escribas de la Vieja Ley;

 

y en el templo los animales eran ofrecidos con     

ojos rápidos y diminutos y hondas     

inclinaciones del cuerpo;

 

en tanto que las calles empinadas y estrechas     

olían a comida simple y brutal y se     

obedecían las prescripciones;

 

y el paso lento de los fariseos y el paso rápido     

de los mercaderes se entrecruzaban en el     

mismo paño gastado y minucioso;

 

en tanto que una tiznada intimidad se pegaba a     

los cuerpos como un manto muy usado,

 

o ese lugar sabido hasta la dulzura y la angustia     

y al que nunca podremos sorprender de     

nuestra propia alma;

 

y las casas se sucedían como las razones de una    

discusión de que ya conocemos todas las partes;

 

en tanto que la virtud era una abstención justa     

para las santas mujeres y para los cautos     

fariseos,

 

o era a lo sumo en los mancebos misteriosos el     

rumor aún oscuro, aún presentido, de una     

fuente lejana;

 

he aquí que Jesús ha tomado de la mano a Pedro,     

a Jacobo y a Juan, y los ha llevado al     

monte.

 

Él los conduce suavemente mientras que en     

círculos celosos, susurrantes preguntan     

quién es Aquel que se aleja con el gesto     

del que regresa;

 

mientras el humo de las murmuraciones los va     

agrupando en círculos ya lívidos, ya     

purpúreos, que van a morir en la espalda     

de los hijos de Zebedeo;

 

el aire se deja atravesar gozosamente por el pecho     

delicado de Jesús, por su paso urgido de     

tan dulce modo por el llamado inaudito     

del Padre.

 

Jesús camina con Pedro, con Jacobo, con Juan,     

grabados en la luz próxima e inmemorial;

 

traspasado traspasa el paño de la angustia e     

impulsa los vitrales;

 

hasta ahora Él les había mostrado sus palabras     

pero ahora les ha de entregar también su     

silencio;

 

hasta ahora ellos han conocido su compañía, pero     

ahora les ha de entregar también su soledad;

 

he aquí que ya Él no es más un maestro dorado     

en la luminosa tristeza de las palabras;

 

por primera vez ejercita un acto que le es     

totalmente propio;

 

pero entonces ha visto a Pedro y a Jacobo y a     

Juan tan pequeños y pobres, y los ha     

llevado al Monte.

 

En el Monte su cuerpo no resiste a Aquél que     

nunca supo pensar nada que no pudieran     

compartir su pecho o sus dos manos;

 

oh, difícilmente podríamos comprenderlo, Él se     

ha vuelto totalmente exterior como la luz;

 

como la luz Él ha rehusado la intimidad y se ha     

echado totalmente fuera de sí mismo;

 

mas no como el que huye sino como el que     

regresa, Él se queda con su parte como el     

que divide un pan;

 

como la luz Él recuerda la fuente que mana en     

lo escondido y ocupa la extensión justa     

de su nombre;

 

mas no como el que se olvida sino como el que     

recuerda. o el que sirve una cena     

sencilla;

 

como la luz se devuelve a los ojos inmensamente     

abiertos de Pedro, atónitos de Jacobo y     

cerrados de Juan;

 

y Pedro ve a Moisés, y Jacobo ve a Elías, y Juan     

ha visto a Cristo.

 

Para ellos se ha tornado un objeto de     

contemplación, como un astro puro en la     

mirada del Padre;

 

se ha ofrecido totalmente para ser contemplado     

en la luz como después se ofrecerá para     

las entrañas absortas del pecado en el     

Calvario;

 

como la Luz ha olvidado sus deseos y lentamente     

penetra el cuerpo real de su pensamiento     

secreto;

 

derramado restituye un misterioso cántaro, y alza     

el diálogo de la Samaritana;

 

las catorce generaciones desde Abraham hasta     

David, huésped de la medida misteriosa,     

tañedor de alabanzas;

 

las catorce generaciones desde David hasta la     

Trasmigración de Babilonia;

 

las catorce generaciones desde la Transmigración     

de Babilonia hasta los pardos silencios de     

José,

 

álcense y regocíjense porque en este instante una     

multitud se estrella en la boca del salmista     

como espuma;

 

y el silencio es una familia sagrada y una lámpara     

que une sin tocarnos como los recuerdos;

 

y el pardo de las tardes sobre los bueyes del     

nacimiento, y el pardo de la espera y de     

José no es ya la sombra escogida por Dios     

para revelarse;

 

porque esa sombra ha nombrado la luz que le     

velaba el rostro hasta conmoverla.

 

Mientras a Pedro le tiemblan los cabellos     

contados, el ojo justo e injusto, la mejilla     

mosaica;

 

y Jacobo tiembla por la muchedumbre de     

pecados de su pueblo como por algo en     

nada distinto a su memoria o su     

esperanza,

 

Juan siente pena de Dios por su Alegría indecible     

y quisiera en este instante poderlo     

recostar contra su pecho; mas tiembla.

 

Ahora ya no es el Sol que nos alumbra y se     

oculta cegadoramente, sino que la Luz por     

vez primera como nube los cubre y se     

revela en su gloria;

 

pero Jesús la corrige suavemente porque ha     

vuelto a sentir lástima de su privilegio     

de heridas;

 

y porque la Luz podría anonadar los semblantes     

amados de sus discípulos que esperan;

 

de modo que cuando Jesús modera el rayo de luz     

viva y el Horno subidísimo de su dicha     

para decirles “no temáis”,

 

ellos sienten que dentro de su corazón alguien     

los ha llamado misteriosamente por su     

nombre;

 

y comprenden su virtud o su cuerpo no ya como     

una abstención justa sino como el niño a     

quien una visión deslumbrante hace     

arrojar indolentemente una moneda de la     

mano;


y la moneda salta en la fuente como la infancia     

o las cuarenta y dos generaciones desde     

Abraham hasta ese día;

 

como la infancia que acuña nuestro Rostro allí     

donde no puede ser despertado.

 

Domingo de Resurrección, 1947 (Transfiguración de Jesús en el Monte, La Habana, Ediciones Orígenes, 1947).

 

En la muerte de Ernesto Che Guevara

 

A Paco Chavarry

 

1

Los nombres y los hechos

 

De La Paz vienen los cables de la guerra

El legendario guerrillero murió ayer en un encuentro

¿A qué hora? ¿Se sabe? ¿La madrugada? ¿La noche?

¿Está vivo o está muerto? -susurró un bosquecillo

El tableteo de las ametralladoras

en el silencio de la puna ojo de tigre

Los militares se reunieron en la Santa Cruz

para negar el cadáver

“El asunto de sus restos es cosa nuestra”

farfullaron los militares.

“Tu hermano ha sido ya sepultado” dijo

un vallecito de Bolivia

“Es una pérdida continental” tronó un retórico.

Los expertos aseguran que el guerrillero acribillado

es el mismo que a los 19 años entró en el servicio.


Las autoridades quieren rodear el hecho

de todas las garantías necesarias

Todas las garantías necesarias,

hay que traer el muerto a la paz

El padre no cree en la muerte del hijo

El corresponsal británico certifica

que él es el único que lo conoció vivo

(Gestos de duda entre los circunstantes).


“Luce más pequeño y delgado

que cuando hablé con él en la Embajada”.

“Pero las penalidades sufridas, la selva boliviana,

el asedio, pueden explicar el cambio”.

“No es sorprendente” asegura sin inmutarse.

El agente norteamericano

lanzó un grito y al verlo, y salió huyendo

“¿Adónde va?” le dijeron. “A ninguna parte”

fue su brusca respuesta.

Torrentes de palabras y torrentes de versos

lloverán ahora sobre el héroe,

pero el hecho desnudo será siempre su mejor epitafio.

La silenciosa geografía americana

llevará ahora al hijo

a las vetas de su lívida plata.

Fue enterrado en secreto, en Valle Grande.

 

 

2

Responso

 

 

Entonces dirá el Rey a tos que están a su derecha: Venid,

benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para

vosotros desde la fundación de! Mundo.

 

Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed

y me disteis de beber, fui huésped y me recogisteis,

Desnudo y me cubristeis, enfermo y me visitasteis, estuve

en la cárcel y vinisteis a mí.

Entonces los justos me responderán diciendo:

Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?

¿O sediento y te dimos de beber?

¿Y cuándo te vimos huésped, y te recogimos?

¿O desnudo, y te cubrimos?

¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?

 

Y respondiendo el Rey les dirá: De cierto os digo

que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos

pequeñitos, a mí lo hicisteis.

(San Mateo, 25,34-40).

 

 

Recuerdo su voz velada sin alarde después de la batalla de Santa Clara. Parco, suave, inflexible. Provocaba el respeto, no el amor.

Cuando bajó de la Sierra por pertrechos víveres, el jefe de la fábrica le ofreció su cama mullida.

"Yo no puedo dormir sobre un colchón mientras mis soldados tintan allá arriba”, dijo.

Dividió así a los hombres en dos bandos: los que pueden dormir sobre un colchón mientras los otros padecen y los que no pueden hacerlo.

Solo esto sabía y, por eso, hablaba poco.

 

De un soplo de humo irónico de su tabaco aspirado, confidente de campo, borraba todas las consignas de la poesía comprometida.

Hombres comprometidos quería, guerreros silenciosos.

En los congresos, alojados en hoteles de lujo,

discutían, comían, gentes de toda trazar hirsutos a posteriori, rebeldes de la indumentaria, guerrilleros de la sobremesa, firmantes de la valiente proclama escrita en país ya liberado, desde luego, por otros. Pero en el silencio del valle, solo unos pocos hombres. Solos, muertos sin nombre, raíces de la ceiba.

 

Las palabras no eran tu fuerte. Cuando dijiste que era preciso convertirse en una fría maquinado matar, retrocedimos espantados.

 

El respeto se convirtió en recelo; todo se volvió aún más confuso.

 

Te recordé, sermón nuestro de la montaña, piedra de fundación, acta de Montecristi,

donde la respuesta al enemigo brutal no fue el odio que nos hace semejantes a él sino el amor.

no la oscura venganza sino la alta justicia, serenamente armada,

pues así como el templo en la montaña, el amor ha de estar en la cima del monte.

 

Te guardaba rencor por no poder seguirte, por no abrazar tu causa, que era la más segura, puesto que era la causa de los más desdichados.

 

El ungüento derramado a sus pies era el que había que dar a los pobres, no otro.

Una cosa o la otra, y no las dos a un tiempo, o aquí o allí, o con Él o con nosotros, o lo niegas o quedas fuera del proceso, al margen de la marcha,

confundido con los malhechores, como Él estuvo confundido con malhechores, y aún indignos de esto,

o cara o cruz, sobre sus vestiduras echaron suertes,

al pie de la cruz la apuesta de los soldados: uno gana. otro pierde,

o Él o nosotros, ese trueque imposible, ese planteamiento feroz, esa desgarradura, en nombre de los suyos, borrarlo de los vivos,

poner en su cabeza el rótulo de una causa que no era aquella por la que estaba muriendo en el madero.

 

Entonces llegó la noticia. Los cables anunciando tu muerte en un encuentro oscuro. en un rincón del bosque americano.

Entonces llegaron las borrosas fotografías, temblando sobre el periódico, en que tantas veces había aparecido ese rostro en su firmeza.

No era la muerte a pleno sol. la muerte del guerrero rodeado de su tierra y sus hombres, a quien rapta la gloria,

no era la plenitud del coraje, cuando e! avión amenaza y se puede recordar todavía un cuento de Jack London.

sino la muerte sórdida, la soledad implacable del cuarto en que solo se espera ser ultimado,

y lo más terrible no es la propia muerte sino afrontar lo escueto de esas paredes, las frías caras asesinas.

 

Entonces vimos la foto increíble: los ojos estaban semiabiertos entre la muerte y la vida, indefenso como un convaleciente,

el torso inclinado, el pecho levemente hundido. musitaban palabras conmovedoras, desarmadas, que convencían.

recordaba uno de esos descendimientos entrevistos en algún lienzo olvidado:

Cristo bajado de la cruz. sostenido por las piadosas mujeres,

la misma lividez lunar de muerte, el mismo despojo de las ropas del dejado a puro pecho.

el mismo desconocimiento de los suyos, el mismo reconocer cuando ya no hay tiempo y ha partido.

 

Remóntate, melodía del corazón, a los valles de Calchaquíes y los Andes, salta, bicicleta agreste, los pedruscos. los caminos de Mendoza y de Salta. Jujuy. La Rioja

mira a estos jóvenes estudiantes con cara de polizontes, recorrer palmo a palmo la tierra americana,

en barco mercante, en lancha, a pie, en tren en marcha huyendo.

Míralos realizar todos los oficios del hombre,

transportadores de mercancías, hombreadores de balsas, fregadores de platos,

disfrazados de aventureros, de deportistas, de mendigos,

mira al mayor de fotógrafo, ambulante en México,

fijando en la placa implacable los rostros más humildes, los anónimos rostros de su pueblo,

mira al menudo negociante que en realidad estaba reconociendo la tierra y los hombres por los que iba a morir.

 

Habrá que creer si los leprosos construyen la balsa para recorrer el Amazonas y llegar a Leticia.

Habrá que creer en el destino de aquel a quien los leprosos construyeron la balsa.

Los que nadie quiere tocar, puede tocar, sin hacerse uno de ellos.

Por una vez recibieron no la compasión sino el juego y la risa que distraen la miseria.

Habrá que creer en el impulsado por la barca que construyeron los pobres.

Habrá que creer en aquel que no cuenta sino con las bendiciones de los pobres para emprender un azaroso viaje.

Habrá que creer en el viaje, si solo los llagados estaban en la orilla para decir adiós.

Avanza, pequeña balsa, por los ríos americanos! Sean benignos, aires!

Signo del que porta un dios! No ser reconocido. Ah cena de Enmaús! Ah, vergüenza. Ah, ofuscadora vida!

 

Rotos de Chile, cholos de Perú, indios que avanzan con la casa a cuestas, niños que parecen ya ancianos,

ni ¡a bien ganada paz, ni siquiera e! rostro de la gloría, hubiera podido hacerle olvidar vuestros rostros.

Ah, soledad de la selva que anonada y distancia los primeros propósitos, las bellas arengas que en la paz exaltaron,

cuando el insecto más pequeño que penetra en la oreja oscurece de pronto el mismo sol de la justicia!

Ese silencio era el de la agonía.

Este oficio flojo de escribir, este pasar la vida toda por el pulso, más batiente que el corazón, de la mano auscultadora!

Cesó de oírse el latido distante.

El oro centelleó, callaron las palabras.

El nombre que musita en silencio el corazón de cada cosa, donde ella se distingue de las otras y es reconocida,

las palabras que no eran palabras sino el secreto mismo de la vida,

callaron avergonzadas, como la madre hace

callar al pequeño en el día de duelo.

 

Así el rayo interrumpe la conversación apacible y deja ver en las nubes un fragmento de la verdad, una claridad desgarrada que enseguida huye.

Todos sabían lo que había que hacer, pero el llamado era de una dureza irresistible.

Nadie podía llegar a esa raíz en que están solos el sufrimiento y la cólera, el amor indefenso y el sacrificio,

las raíces del dolor que son las mismas raíces de la gloría.

Dulce cosa es el amor, la voz del hijo pequeño cuando pregunta, los cálidos hogares a la hora en que humea el fogón y empiezan a encenderse las primeras luces.

Despedirse es morir. Pésese en el diamante la estatura de ese adiós.

Vasto es el pecho del que parte a compartir la suerte de los más desamparados

y a quien desamparar el propio hogar lacera solamente “una parte” de su espíritu.

Véanse los retratos de familia, el destino que le estaba preparado.

Un profesional, un médico honorable que muere sin enemigos en su casa rodeada del respeto de todos.

Míreselo hundir las botas en el fango, entrar a las entrañas de la res, lo real, escoger lo más arduo.

Ver morir a los mejores, los más limpios hundidos en la hez y el hedor insoportables.

 

Duro es escoger, frente a la inocencia que no se mancha, la inocencia que se mancha.

Más duro que morir, ser puro y soportar darle la muerte a otros.

Duro es el amor, la piedad fácil. Duro herir por amor. Ah, pecho de los fuertes!

 

La “fría máquina de matar”, anotaba con letra menuda los cumpleaños de sus amigos en el diario de guerra.

La “fría máquina de matar”, que no disparó a los dos soldados enemigos porque estaban dormidos, y un hombre dormido es como un niño.

La “fría máquina de matar” a quien cogieron los matadores diciéndose: “está vivo”.

La “fría máquina de matar” a quien iban a matar allí, y estaba desarmado, ardiente, solo!

 

Detente, órgano que resuenas en los bosques y en los sacros umbrales!

Todavía queda un poco de tiempo, una gracia es concedida siempre al condenado.

Míralo hablar con la maestrica del pueblo de Ñancahuazú.

Míralo tratar de la correcta acentuación de algunas palabras.

Míralo prestarse a la ficción del que cuenta aún con el tiempo,

un poco divertido de su propio coraje,

con recato de gaucho bravo que da una flor,

con esa última elegancia que se acendra de no ser observada,

que da la sonrisa más fina para el tugar más solitario.

Altamente conmueve

recordar que pensó en el cuarto horrendo

en las escuelitas de Cuba, Cuba, Cuba

donde a esa hora estarían aprendiendo los hijos.

No lo olvides, rasgueo solitario de las cuerdas!

Mécelo, palma! Sílbalo tú, sinsonte!

No te reconocimos, pequeño Condotieri. Segundo Sombra altivo, Quijote americano.

Otro nombre te diste también: el hijo pródigo.

Acaso abandonaste la familia carnal como también la sombra de la casa del Padre.

Acaso quisiste despojarte de todo para asumir al hombre en toda su miseria.

Ni siquiera la fe, ni siquiera la belleza, solo el total expolio de los que ni esto tienen.

De nuevo sobre el costillar de Rocinante, con el paso más grave y el pulmón ya cansado.

No recordamos que la segunda salida era la de la muerte.

 

Has puesto a todo el mundo en trance de pedir excusas, de preguntarse el pecho.

Queremos ser como tú, dicen el escolar ingenuo y el involuntario cínico.

Ser como tú y después el cine, la cama, la cafetería!

Balas de letras dan a tus matadores.

Se envalentonan en verso libre.

Profieren amenazas desde la butaca, la cogen con los otros, echan cortinas de humo.

Porque en realidad nadie quiere verse en el espejo.

Porque ya no se puede aguantar ni la propia literatura.

Porque ya nadie puede creer que estaba engañado.

Porque no se puede soportar la firmeza de tu rostro.

 

Sinceros sin embargo han sido todos los cantos, todas las lágrimas.

Después de todo pediste ese sudario.

Pero un poco más de recato, lectores de Baudelaire,

hipócritas autores, mis semejantes, mis hermanos,

más recato, dolientes, indignados, multitud aclamante,

que alguna parte nos toca en esta muerte,

y en toda frente está grabado:

si hubiéramos tenido allí no más de veinte hombres!

 

Otras voces oíamos entre tanto morían y morías.

No era solo el coraje imposible. Era el alma distinta.

La elección misteriosa que no hace la voluntad.

Hay otra ordenación secreta, otro llamado,

otros incomprendidos obradores.

 

No queremos hacemos fuertes frente a la nada

sino débiles frente a la plenitud de los cielos y la tierra,

cantando el “Llenos están”. Tiene el amor distintas vías.

Limpia de nuevo al mundo la justiciera cólera y el rocío que vuelve.

Es igual al tajo de la espada del guerrera un niño que Juega solitario.

Está rezando el verde. El azul más radiante ha ganado una batalla.

Tú que nos enseñaste a orar como se enseña a una criatura,

no dijiste “señor de los ejércitos”, sino tan solo Padre, esa palabra en que está toda la confianza y todo el desamparo.

No es lo nuestro la incesante batalla que cada siglo renueva sus actores.

No es lo nuestro cortar los retoños podridos que la raíz renueva.

No es el lecho mullido lo que hemos buscado fría o ardientemente en la sombra.

No me preciaré de valiente. Sólo me precio de haberte amado un poco.

De estar en medio de este inmenso mal entendido avergonzados como culpables.

Que todo sea posible menos olvidar que testimoniaste al amor frente al espanto.

Acaso sea una misma la fe que hace pensar que las pobres guerrillas

podrán más que el imperio más fuerte de la tierra,

y esta desvalida esperanza que se enfrenta a la fuerza de los hechos,

a las atronadoras evidencias de la tumba,

creyendo que el amor podrá más que la muerte.

Acaso pueda un día una misma consigna

reunimos bajo el que hizo los cielos y la tierra:

Los sepulcros se abrieron. David venció al gigante.

Se están moviendo las montañas.

Nos sospecharán, unos y otros. Hemos perdido y hemos ganado en otra batalla.

Sea lo más verdadero lo más alto. Sea lo más cierto la más fantástica esperanza.

 

Sea la inerme inocencia gloriada. Obren las manos clavadas, que no pueden. Muchas cosas no nos son permitidas, perdónennos.

Déjennos solos, sin noticias, al lado de los que no han de ser aplaudidos,

los que no saben nada a ciencia cierta, los que no están seguros de sí mismos y temen no acertar,

los que no se sienten inocentes sino culpables,

los que reciben todas las burlas,

los que siguen a uno que no podrá darles nada en este mundo,

los “pequeños que creen en mí” de que habló Cristo.

Impureza grande, justificamos a nosotros mismos!

Defienda nuestra causa el día que pasa.

La hora en que no supimos qué decir y callamos confundidos.

La posición más incómoda puede volverse confortable.

Callemos, que las piedras han comenzado a hablar.

Se oirá lo que dice en su cátedra de diamante.

Algunos que no me dijeron “señor, señor” serán llamados hijos en el último día.

¿Y si fuéramos vomitados de su boca?

De pronto empezó a acuchillar una yegua en la impotencia de la selva.

Nadie tiene más amor que el que da su vida por sus amigos.

Dijo que fusilaran al hombre, no le tembló la mano.

Hipócrita! ¿No salvarías al cabrito que se cayó en un pozo por respetar el Sábado?

El de la foto se parece más al Crucificado.

Malco! Malco! Guarda la espada, Pedro. Lo nuestro no es vencer,

sino morir, rogar, sanar a Maleo!

Las estadísticas están dando aullidos. Millones se están muñendo de hambre.

 

Los que no compartimos todas tus palabras, compartimos de pronto tu silencio.

Algo nos fue dicho arrasadoramente mientras descendías al polvo, porque de pronto estábamos llorando.

De pronto aquel desconocido me traía el alma volteada, como el que comparece en un juicio.

Yo me embrollaba en razones, me disculpaba atropelladamente, mientras los ojos de la foto callaban.

Ahora pienso qué significa que haya acabado por recordar todas Tus palabras en la muerte de uno que no fue tu amigo,

por qué este juicio, este treno, esta oración por otro, han acabado siendo un responso por nuestra propia alma.

 

 

3

Epitafio Del Héroe

 

Su nombre ya no está en el secreto de su pecho.

Ya no lo llama a él. Ondea en las banderas.

Se agranda sobre las plazas. Ha de multiplicar los panes.

Ha pasado a los fieros estandartes.

Será la justicia, y luego la injusticia,

y después la justicia.

¡Rota, astro del hombre, sobre la vieja historia,

que al cabo avanzas, al cabo te remontas,

trasladándote, oscuro, hacia el ignoto Sol!

 

4

Pureza

 

El muerto no ocupa sitio ya.

Deja el espacio libre a otros.

Sagrada escoria,

no recibe ninguno de los homenajes.

Su rumbo no se sabe.

Nada lo daña ya.

De nuevo es la criatura.

Aguarda bajo el polvo

de Dios.

No opinar lo esclarece.

Es ahora semejante

A los niños, las flores.

 

(Visitaciones, Cuba, 1970).

 

Fina García Marruz (La Habana, 28 de abril de 1923-La Habana, 27 de junio de 2022). Fue una poeta e investigadora literaria cubana. Formó parte, junto a su esposo Cintio Vitier, del grupo de poetas de la revista Orígenes (1944-1956), creada por José Lezama Lima. Desde 1962 fue investigadora literaria en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí y desde su fundación en 1977 hasta 1987 trabajó en el Centro de Estudios Martianos, donde fue miembro del equipo encargado de la edición crítica de las Obras completas de José Martí. Ha recibido numerosas distinciones entre las que destacan los premios Nacional de Literatura, en 1990;​ el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en 2007; y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en 2011.

Poesía:

Poemas, Ucar García, La Habana, 1942; Transfiguración de Jesús en el Monte, Orígenes, La Habana, 1947; Las miradas perdidas 1944-1950, Ucar García, La Habana, 1951; Visitaciones, Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, La Habana, 1970; Poesías escogidas, Letras Cubanas, La Habana, 1984; Viaje a Nicaragua, con Cintio Vitier, Letras Cubanas, La Habana, 1987; Créditos de Charlot, Ediciones Vigía de la Casa del Escritor, Matanzas, 1990; Los Rembrandt de l'Hermitage, La Habana, 1992; Viejas melodías, Caracas, 1993; Nociones elementales y algunas elegías, Caracas, 1994; Habana del centro, La Habana, 1997; Antología poética, La Habana, 1997; Poesía escogida, con Cintio Vitier, Bogotá, 1999; El instante raro, Pre-textos, Valencia, 2010; ¿De qué, silencio, eres tú, silencio?,​ antología que contiene 12 poemas inéditos y diversos manuscritos; Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional, 2011

Ensayo y crítica:

Estudios críticos, con Cintio Vitier, La Habana, 1964; Poesías de Juana Borrero, La Habana, 1967; Los versos de Martí, La Habana, 1968; Temas martianos, con Cintio Vitier, La Habana, 1969; Bécquer o la leve bruma, La Habana, 1971; Poesías y cartas, con Cintio Vitier, La Habana, 1977; Flor oculta de poesía cubana, con Cintio Vitier, La Habana, 1978; Temas martianos, segunda serie, La Habana, 1982; Hablar de la poesía, Letras Cubanas, La Habana, 1986; Textos antimperialistas de José Martí, La Habana, 1990; La literatura en el Papel periódico de La Habana, con Cintio Vitier y Roberto Friol, La Habana, 1991; Temas martianos, tercera serie, La Habana, 1993; La familia de "Orígenes", La Habana, 1997; Darío, Martí y lo germinal americano, Ediciones Unión, La Habana, 2001; Quevedo. (ISBN 968-16-6985-1) México, FCE. Primera edición. 2003; Juana Borrero y otros ensayos, 14 textos; La isla infinita, 2011; El orden del homenaje, Editorial Huso, 2018.


 

 

 
 

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