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Martín Palacio Gamboa

  • Foto del escritor: poesiaon
    poesiaon
  • 25 feb
  • 6 Min. de lectura

Invoco a Melquisedec,

rey de las dunas y visitante asiduo de las órbitas lunares,

para que sus ojos

sean mis ojos,

que mis manos sean sus manos,

y que cuando nombre por su nombre a los que intenten saturar las tejas a golpes de corona y raticida,

se piense en los cuchillos de las horas que se acercan.

 

Melquisedec, viejo y amado,

taumaturgo experto en hacer que los duraznos muestren

un diamante negro en lugar de un carozo,

te doy esta cabida entera para que habites huesos y pulmones,

para que la historia interrumpa su loop interminable de excavadora

y así cada mujer

y cada hombre

recupere su condición de estrella

y haga pedazos la historia de la mugre, esa que tiene la tráquea empetrolada

y nos vuelve alambradores,

jabón desengrasante,

esponjas.

 

Melquisedec, caballo de cristal,

generador de asombros y prodigios en un eterno fluir de mil quinientos megatones,

voy regalándote mis venas,

ya empuñes el rayo del dios de los desiertos o un AK-103 frente al palacio legislativo.

No importa si esa voz tranquila de quien durmió durante años bajo el magma de un volcán a punto de estallar

se sobreponga a mi voz

y entone las milongas que aún no se escribieron.

Quedo a disposición para llevar tu hábito y fundar un templo

en donde la ley que valga

saldrá de los mendigos y las putas.

(Los infreterrestres, La coqueta, 2021)

 

 

 

 

+++

 

Quiero contarles de Eduardo,

el negro,

el hipopótamo,

el anunciador del espectáculo más grande y más antiguo,

el que carpía como un titán para trozar la tierra hasta encontrarla.

Por su gran boca el arpa era un mandamiento.

El fuego era su hermano, igual que la brasilera en la era de la harina y el cuero sin curar de los potrillos.

Bajo la gran palmera todo era máquina,

todo era aurora,

todo era canción en portuñol de allá del Chuy o de Rivera.

Odiaba la gravilla suelta, la cruz.

Sé que todavía la sigue odiando.

Las rutas siguen esperando su peugeot destartalado, el pan nuestro de cada día después de que los fantasmas besaran su media luz hundida, sus historias sin cielo mientras calentaba el agua.

Eduardo era el capitán.

Su garfio acuático hacía restallar el muro del frontón.

Melchor de la polvareda, hermosa catedral, nido de las gárgolas modestas que olvidaron de pagar su diezmo, andamos de un lado a otro reencontrándonos las joyas que no quisimos. Sólo falta él, su risa de lémur que no sabe del diluvio y no le importa.

Aún el espectáculo más grande y más antiguo,

cuyo centro cósmico era donde dormitaba el mundo,

no empezó. Porque todo está por empezar,

Eduardo.

 

(Los infreterrestres, La coqueta, 2021)

 

 

+++

 

Si sólo se escucha el crujir del piso

y el góspel en sordina de los puertos donde el engranaje se hermana con los gatos,

si hay quien busca predecir el auge y el declive de esta Roma de dígitos en cascada,

mejor será no cargar encima una pared,

no hacer de cualquier neón un sol de alcance intergaláctico.

Sonará el vaivén del péndulo rozándonos las costillas,

se hará la hora de dar la mano hasta despertar con el pampero silbando bajo la suela. Dos reyes y dos laberintos alternan su paso por el asfalto hasta hacer saltar los espejismos, pero aquí la redención es tan sólo un manifiesto.

No hay despedida alguna,

nadie va a borrar los números del teléfono.

Las persianas soñarán con ser una guillotina.

Nosotros tenemos los raybans y la constelación de Andrómeda; se añadirán toneles y garras para una fiesta que recién inicia.

Avísenles a los abrojos

que si sólo se escuchan los ecos más inmóviles

y el girar de una llave que sólo conoce el óxido que muerde los relámpagos más cortos,

habrá mazorca.

 

(Los infreterrestres, La coqueta, 2021)

 

+++

 

a Vicente Franz Cecim,

in memoriam

 

Qué puntos suspensivos

o mayúsculas rodantes sobre ese reino

de Andara, andándonos por las sienes y las venas,

vendrán a capitular tu paso psicodélico,

amazónico,

chamánico,

cuando al último pulmón el buitre

con nombre de mesías hienda el hacha.

Releo aún aquel mensaje de octubre

del 19: "¿Vas al Templo Invisible?

Allí encontrarás un libro Oráculo

que te hablará a través, siempre, de Visiones

InmanoTrascendentes

y caminatas entre lo claro y oscuro",

mientras la prisión de Lula te enervaba

hasta la espina

como una yarará

al borde de un ataque

en medio de la selva; las voces,

las voces todas de ese Brasil profundo,

parecían ser costillas tuyas

apalabrándose,

adánicas,

para decir "prefiero

el Diluvio a la Historia de Hegel;

la Caída puede que esté por detrás nuestro,

pero se perpetúa ahora hacia adelante".

Quizás porque ya sabías que jamás habrá arca

de Noé para algunos: o caben todos, o ninguno

mientras la creciente

del Orinoco Atlántico

va devorándose el cimiento

de este gólgota impuesto como un cardo.

Quizás porque Andara, la arboleda,

el agua, toman conciencia

a partir de nos, como quien rompe

el magma antiguo de lo posible

envolviéndonos las manos

y la lengua; "más allá o más acá del yo humano,

intuyo que es donde menos somos que más somos.

Es tarde, Hermano, descansemos

en esta Madrugada. Y a tus hijos,

lo mejor de la Noche".

 

(Frikinosis, La coqueta, 2025)

 

 

+++

 

Palabra extraña,

catábasis. O sea,

un viaje al inframundo

y su noche. Hablábamos

de eso en el transcurso

de un viaje a La Paloma,

justamente, de noche

-que es también un viaje

hacia la noche de nuestro imaginario,

allí donde un territorio

de toscas, rancho a oscuras, pinos,

da paso a otro

que la memoria imprime

a un planisferio.

Lo inmediato,

ahora,

es una catábasis,

una reminiscencia

inserta en lo que está

-ya sea por designio

del Espíritu Santo

o de una táser-.

Cuando salgas

deja sin llave la puerta;

el viento verá en vos otro rostro.

 

(Frikinosis, La coqueta, 2025)

 

 

+++

 

Nunca había visto flores como aquellas,

pensó al pasar por la aduana

y fijarse por primera vez en la llanura

plena de aguadas y tacuruses, a pesar de haber andado

durante kilómetros desde el norte más profundo

del Brasil. Pensó. Quizás mejor sería

quedarse allí en el Chuy, la tenue línea

—tan fantasmagórica de tenue— que da un mojón

al infinito y cambia el gusto del café.

Pero el Chuy no es sólo el Chuy,

ni el monte espeso de pitangas

que cubre su arroyo atlántico. Es Angola,

Jordania y Palestina; es Siria, es Líbano,

República Dominicana, Venezuela y Cuba.

Es Mozambique, es Bangladesh. La nave

del octavo pasajero, que hizo de cada uno otra nave,

deambula por el aire sucio de tierra

y frecuencias satelitales de procedencia rara.

El mango ya no es tan dulce,

pero el aire abunda y tiene olor a leña.

Hay una virgen negra esperando el ruego de los recién nacidos

No más caminos con pasos de sicarios, sólo esas flores

que no son los lirios bíblicos, pero sí esas flores

y la lengua de quien atravesó el exilio,

la fuga de los gitanos que van surfeando karmas y ADNs

con un microchip de cadmio en los omóplatos.

Siéntete bienvenida, siéntete bienvenido.

La puerta está abierta y al pie del arcoiris

la olla de un guiso humeante, el ágape sin trueno

de los que llevamos de recuerdo en el bolsillo

una estrella de tela,

la esquirla de una bala,

la foto de un almanaque del año de la peste.

 

(Frikinosis, La coqueta, 2025)


Martín Palacio Gamboa (1977): Músico, traductor, periodista cultural y docente. Nació en Montevideo, aunque se crió en San Gregorio de Polanco (Tacuarembó) y en la ciudad fronteriza de Chuy. Sus discos se encuentran disponibles para su escucha y descarga gratuita en línea. Organizó selecciones críticas de poesía contemporánea brasilera así como uruguaya para la colección Uniendomundos del sello cordobés Detodoslosmares. También realizó la antología de la obra édita del payador anarquista Carlos Molina. Ha incursionado en el ensayo y la narrativa. Su obra poética se distingue por un constante experimentalismo, en diálogo con las vanguardias de la segunda mitad del siglo XX, los clásicos españoles y el canto popular.


Foto: Sofía Luna
Foto: Sofía Luna

 
 

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