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Misiva. Por Pablo Ananía

  • Foto del escritor: poesiaon
    poesiaon
  • 29 jun
  • 3 min de lectura

(A Cristina Daian con motivo de la publicación de su libro Flor literal , Barnacle, 2026. Con prólogo de Daniel Freidemberg.



El poema -tomo para mí lo que decía más o menos Schwob del arte en el prefacio de sus Vidas imaginarias- describe lo individual, propende a lo único. En vez de clasificar, desclasifica, confunde, se sumerge en el caos del ser y encuentra los giros de las nervaduras caprichosas de su mente, una que jamás será igual, ni siquiera parecida, a cualquier otra mente del planeta. Lo que escribe un poeta verdadero (aún con todas sus anomalías gramaticales o sus desvíos) no tiene paralelo en este mundo. Cada palabra, cada línea, cada desliz, cada punto seguido de tu ‘Flor literal’ da cuenta de la validez de tal axioma. Misterioso ese don. Y aún más sorprendente que se revele en un primer libro.

Puede pensarse al iniciar su lectura que hay más de un camino: uno que dice lo que es, otro lo que no hay, otro lo que no es y entre ellos la senda de la persuasión que acompaña a cierta verdad: ¿la cosita del coso que sueltan los olimpos? ¿Cosita mortal o "como si materia no existiera [y] se esfumara lo mortal"?

Múltiple es la génesis de las cosas mortales en tus textos: a unas las engendrás ¿limándolas? Y otras ¿son un desmantel de las inercias? Como si hubiera surrealismo ahí pero no, aunque uno se tiente a pensarlo: invención sí, poemas fascinantes, cargados de texturas, juegos de palabras y cada tanto una profunda reflexión sobre el oficio de escribir y la existencia misma, caótica -claro-, fragmentada, en crisis, con miedo a no dejar traza de Daian, esa mujer que escribe ¿¡para destartalar!? Y cree, ansía, que perdure de sí un trazo al menos, aliteraciones de lo real, paronomasias casi obsesivamente pensadas desde su fónico manipular, para nada inocente: en poesía, las aliteraciones y repeticiones (el crujido de las t, las r y las s en "perspectivas del espectro" o "qué demonios sulfurar del sufrir") generan una textura áspera, incómoda, un jodete lector por esa broma del lenguaje. No hay fluidez lírica ni musicalidad dulce. El sonido raspa, imita la dificultad de la existencia y el "sufrir" de la que habla. Es la realidad colándose a través del ruido del lenguaje. Léase:


𝒑𝒂𝒍𝒂𝒃𝒓𝒂𝒔

 

𝑝𝑎𝑙𝑎𝑏𝑟𝑎𝑠. 𝑒𝑛 𝑢𝑛 𝑐𝑜𝑛𝑗𝑢𝑛𝑡𝑜, 𝑎𝑟𝑚𝑜𝑛𝑖𝑧𝑎𝑟𝑙𝑎𝑠, 𝑑𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟𝑡𝑎𝑙𝑎𝑟𝑙𝑎𝑠,

ℎ𝑎𝑐𝑒𝑟𝑙𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑟𝑟𝑒𝑟 𝑠𝑜𝑏𝑟𝑒 𝑙𝑎 𝑑𝑢𝑟𝑒𝑧𝑎 𝑑𝑒 𝑙𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑠𝑎𝑠. ¿𝑙𝑖𝑚𝑎́𝑛𝑑𝑜𝑙𝑎𝑠?

¿𝑠𝑒𝑟𝑎́ 𝑒𝑠𝑜? ¿𝑢𝑛 𝑑𝑒𝑠𝑚𝑎𝑛𝑡𝑒𝑙 𝑑𝑒 𝑙𝑎𝑠 𝑖𝑛𝑒𝑟𝑐𝑖𝑎𝑠, 𝑑𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑒𝑠𝑡𝑟𝑎𝑡𝑜𝑠?

¿𝑒𝑛𝑐𝑒𝑛𝑑𝑒𝑟 𝑢𝑛 𝑚𝑜𝑡𝑜𝑟, 𝑢𝑛𝑎 𝑡𝑢𝑟𝑏𝑖𝑛𝑎, 𝑦 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑒 𝑚𝑢𝑒𝑣𝑎𝑛

𝑙𝑎𝑠 𝑎𝑔𝑢𝑎𝑠 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑛𝑐𝑎𝑑𝑎𝑠?

𝑝𝑜𝑑𝑟𝑖́𝑎 𝑠𝑒𝑟 𝑢𝑛 𝑏𝑜𝑠𝑞𝑢𝑒 𝑎 𝑡𝑎𝑙𝑎𝑟, 𝑚𝑎𝑛𝑢𝑎𝑙𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒, 𝑐𝑜𝑛 𝑠𝑢𝑑𝑜𝑟. 𝑒𝑠𝑜

𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝑑𝑒𝑠𝑜𝑟𝑑𝑒𝑛 𝑑𝑒 𝑏𝑜𝑟𝑏𝑜𝑡𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑜 𝑐𝑎𝑠𝑐𝑎𝑗𝑜. 𝑡𝑟𝑜𝑛𝑐𝑜𝑠

𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑒 𝑝𝑢𝑑𝑟𝑒𝑛 𝑠𝑖𝑛 𝑚𝑢𝑒𝑏𝑙𝑒, 𝑐𝑎𝑢𝑐𝑒 𝑠𝑖𝑛 𝑓𝑖𝑛𝑎𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑. 𝑝𝑒𝑟𝑜

¿𝑞𝑢𝑒́ 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒𝑛 ℎ𝑎𝑐𝑒𝑟 𝑙𝑎𝑠 𝑝𝑎𝑙𝑎𝑏𝑟𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑛 𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑐𝑜𝑟𝑡𝑎𝑛, 𝑙𝑖𝑗𝑎𝑛,

𝑒𝑚𝑝𝑢𝑗𝑎𝑛? ¿𝑞𝑢𝑒́ 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒𝑛 𝑐𝑜𝑛 𝑙𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑟𝑡𝑒𝑧𝑎𝑠,

𝑐𝑜𝑛 𝑙𝑎𝑠 𝑜𝑟𝑖𝑙𝑙𝑎𝑠 𝑦 𝑒𝑙 𝑝𝑜𝑙𝑣𝑜?

 

Para mí el poema termina ahí, en ese desconcierto. Perdoná mi intervención (le corté el último verso, explicativo: "toda metáfora es una utopía"). No hacía falta: el poema se lanza a un ritmo brutal al punto de que se gobierna a sí mismo. El "noús" -intuición pura, inteligencia suprema- es ilimitado: la felicidad de la lectura no reside en hacer comprender lo que masculla tu inconsciente animal -llamémoslo alma, que puede o no, como decís, hacerse polvo. No hay definición que etiquete tu faena poética, ese logro: ¿Qué retórica, qué estética juntaría las obsesiones, el objeto de las conciencias proclives, las venas de distinto color?

Yo no sé hacer juicios críticos valederos sobre una obra poética. Para mí no existe esa ciencia, pero en la lectura de Flor literal se pueden descifrar virtudes... lo que hacés con la palabra, no porque ésta deba significar algo sino por lo que caracteriza a los poetas, ese incentivo del puro acto privado de imaginar, inventar o crear y exponer lo que trasunta todo vocablo humano, iluminado por la impunidad de quien se atreve a decir y verificar con su oficio que la poesía es un relámpago de la mirada sobre los restos gelatinosos de una espina de pescado. Esa definición no viene aislada. Está inmersa entre otras alegorías de la violencia y el desentierro. Palabras que aparecen en el mismo poema: "salto, asalto, dragado, excavación" lo cargan de una cualidad física, casi arqueológica.

Escribir o percibir la poesía en lo concreto requiere remover el fondo, ensuciarse, desposeerse en el desastre, donde se detalle incluso el momento histórico. El "acto súbito, revelado" y el "estallido" ocurren en un parpadeo, pero sus consecuencias se miden en el desgaste de la realidad más dolorosa y dura ("techos gélidos, ratones, escozor"). No es un ejercicio estético inofensivo; consume lo demoníaco, el trabajo sobre vos misma, el tiempo histórico y la memoria. Son correas de transmisión sensible que nos arrastran por todos los rincones, examinan nuestra conciencia y nuestra causa, los pensamientos de adentro y la materia que los concibe. No es poco, ¿verdad?

Pablo Ananía

 


 
 
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