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Ramón Palomares

  • Foto del escritor: poesiaon
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  • 7 abr
  • 20 Min. de lectura

Antología poética


De El reino (1958)

 

El viajero

Me permito mirar atrás,

tomar una copa y reír

en todo igual al cielo

y sus brindis de licor fino sobre mi cabeza.

 

Comienzo así la deliciosa fiesta

en que la feria

por mi corazón queda transformada

pura, despojada de los malos sabores

y los asuntos del desprecio.

 

Entro así,

parecido al ganador de las mañanas

o al pájaro que roba la última estrella.

Esta es mi suerte

y así quedan mis dados,

mis cartas entre los paños amos del azar.

 

Una mujer alumbra este rostro

desde muy lejos.

Hecho por su amor,

a ella debo el fulgor de mi boca

y el baño que en mis labios se brinda

cuando la belleza me posee.

 

Luzcan en mi elogio muy altos sus senos,

conviértanse en el lirio inmortal.

 

Amigos, desertores del salto,

huidos de las mieles del juego.

¿En qué parte, diseminados,

siembran los años de compañía

y lloran, por nostalgia,

las pequeñas glorias pasadas?

 

A cada día

el cielo se hace espeso

y andan lentas las naves.

 

Alarguemos este amor

y el único rocío de los besos.

 

Un brindis, un brindis para ti,

precioso amor ido,

o venidero

o de nunca jamás.

 

Y aunque muera esta rosa roja

y mi frente sea un día coronada por la rosa blanca

quedará en los aires un íntimo y purificado placer.

 

Por más que no me llamen los aires

estará el aroma vivo

y la alegría bordará la tierra.

 

Si no se conoce mi nombre

me llamo el viajero,

el que no alcanza a ser la flor trinitaria.

 

Pero hoy te poseo, sol,

no menos que las espumas

o los peces ocultos.

 

Tiempo hace que mi padre abandonara la ciudad,

pero mi presencia le da créditos.

Y, constantes,

las altas montañas derriban la luz,

y los caballos juegan sobre el oro

bajo el último sol.

 

Hermanos, qué lejos,

que aire tan diferente respiramos hoy,

en tu boda

¿No hubo lágrimas?

¿No se manchó el traje del alba

ni hubo lluvia mientras se dormía?

 

¿Pensará alguien en nosotros

ahora, frente a la llanura,

cuando acontece el descenso de ciertas aves?

 

Que larga la tarde

y dada a la meditación.

Pronto, al árbol que miro cerca de la noche

aparecerán densas riberas

brillantes hacia el cielo.

 

Por todo esto que peso

y comparo al paso de los vientos

veo que debo ser algo triste.

 

Pero en un instante soplo la nostalgia

y arranco de mí la alegría

como a la más bella flor de mi cuerpo.

 

Y al paso de los astros,

las gentes muertas

y los hechos desaparecidos

brindo a los ocultos

los desconocidos pájaros del rodeo próximo,

diciéndome que no retornaré más nunca.

 

Y así comienzo mi aventura.

 

 

Conquistas

en memoria de

don Rómulo Sánchez Vivas,

mi padre

Al oeste irás y allí colocarás tu estandarte.

Sobre una loma dorada pondrás tu corazón.

 

Vislumbrarás el tesoro.

Descubrirás el primer palacio.

Colocarás tus manos a la altura de la frente

y te harás cornisa para distinguir el lago de sangre.

Aguardarás que un caminante abra su camisa

y muestre sus tetillas como ojos del corazón.

Recogerás la aureola que tiembla sobre la loma del oeste.

 

Joven eres, venado dulce y esbelto en medio al salto;

alegre como el baile,

vestido con la mañana,

cubierto con el esplendor de las hojas anchas al mediodía,

igual que una ágil bailarina adormecida en la danza;

joven furioso que derrama la sangre de sus brazos

y mancha las columnas que el sol dispusiera entre la tarde.

 

Beberás el agua mágica.

Entrarás en la noche.

 

Toma el viento entre los dedos

y estréllalo.

Los astros salvajes que sobre ti duermen

quiébralos con tus colmillos y escúpelos.

Pisa lo que sea delicado.

 

Aplasta lo que sea bello.

Las nubes como cabras que nadan

despedázalas con tus brazos.

Ataca los rayos avalanzados sobre ti,

sean tus mandíbulas un escudo.

No vuelvas la cara hacia donde espanta la noche.

He allí el gran espectáculo:

El salón maravillante.

La cabeza que anuncia y deslumbra.

 

Toma la aureola que brillaba sobre la loma

y échala en medio al salón y bátela como una culebra.

Rodea de admiración los ojos que observan

y toma los adornos del gran salón y guárdatelos

y con los cortinajes cúbrete

y bebe el licor que beben aquellas bocas y embriágate.

A esta danzarina que se retuerce en mitad del espacio

córtale la bella cabeza y échala a los perros.

Vuélvete a la luz. Llama a grandes voces:

“¡Padre!

Asoma tu cabeza por entre la oscuridad. Hazte luminoso.

Asoma tus ojos y mírame como a tu querido

y bésame como quien soy:

quien estuvo en mitad de aquella hembra adorada.

Retorna de la inmensa sombra.

Baja de la ciudad amurallada por la noche.

Desciende de la montaña alzada sobre nuestras pupilas,

más allá de la fuerza.

Álzate de las aguas invisibles que te envuelven

y susurra como el pequeño aire,

como la débil brisa en medio a las espigas de hierba.

 

Te busco. Como de mi carne para encontrarte.

Lame mi rostro como gran venado.

Mírate en mí como en el espejo.

Tantéame como a tu miembro de macho.

Siéntame contigo

y acostémonos bajo un árbol de alegre follaje”.

 

Tu padre es el de los pájaros jumí en el pelo

y los braceros de la tortura en los ojos.

El de los hicacos en las uñas

y la enorme piedra en la barba.

Vuélvete de la oscuridad.

Con el violento salto del tigre,

con el giro del rayo.

 

Toca ahora la colina con tus pies.

Pisa las amapolas erguidas,

las rápidas corrientes que lucen brillo en sus lomos,

las pequeñas cumbres como casas heredadas por las bestias.

 

Del oeste vendrás como el vagabundo:

tus tetillas están rotas y de allí maman las macaureles,

tus brazos están despedazados y de allí comen los zamuros.

Los pómulos cuelgan de ti como dos frutos secos.

 

Eres el desconocido que viene del oeste.

El fantasma de la aureola del oeste.

El de la serpiente amarilla en el gran salón.

El de los cortinajes sobre su cabeza.

El degollador de la bailarina.

El acostado bajo el árbol de alegre follaje.

El desafiante de las inmensas murallas.

El matador de los vientos.

El masticador de estrellas.

El despedazador de nubes.

El azotador de oscuridad.

El parador de rayos.

El dominador. Gran jugador del multicolor atavío.

Y quien llamó haciendo temblar las escarpas

para que el amor suplicara a sus pies como un río

y bebiera en el sudor y en sus axilas como los vasos de saciedad.

 

Vuelves del oeste.

El sol arrasó con el último estandarte de las poblaciones.

Rompió las columnas que brillaban.

Tumbó los altísimos árboles que hacían hogueras.

Esbelto, grande en el polvo y la hediondez de tu cuerpo,

bello en el descuido de tus miembros,

dulce en la rugosidad de tus manos.

Toma el reflejo de la noche

y llévalo en tus brazos.

Guarda la oscuridad con tristeza.

 

Vuelves del oeste.

Recoges tu corazón.

Miras cómo la colina tórnase roja como una perdiz.

 

 

De Paisano (1964)

 

Entre el río

a Edmundo Aray

 

Voy a entrar en un río

me quito la ropa y entro y le abro la puerta

y miro adentro de su casa

y voy a estar sentado en las sillas negras

y en los espejos;

cuando hable escucho qué dice y qué quiere

y cómo manda a todos y dice que se va a remolinear

y veré cuando sus patas empiecen a despedazar la ladera.

 

Tomaré agua de su corazón y me beberé su cuello

y haré gárgaras y escupiré adentro

y en los ojos le pondré piedras y le quitaré los diamantes

[y los pedazos de oro

y de ojos le pondré unos gatos

y veré qué vestidos se pone y cómo hace para correr

y si está durmiendo le escarbaré a ver qué sueña.

 

Yo vi qué come el río y vi su mesa

y tenía platos como guayabas podridas y ganado muerto

[y casas

y todas las siembras que se llevó

y un hilo verde, muy verde, como un ángel.

Me estuve sentado viendo un gran campo que estaba

[debajo

y allí cantan todos y se ponían morados

hasta que se oyó una voz durísimo

y salieron iglesias y calles de las nubes

y todos corrieron

y comenzó el río a decir que se iba a morir.

 

Abandonado

 

Malo,

anublado, te sentís

en los puentes, echado y bajando y bajando

y escuchás un rosario:

—Vamonós Ángel de la Guarda,

vamonós.

¿No podrás cogerme una flor?

Ponéme en la frente una ramita de eneldo,

echáme hortensias, echáme betulias.

 

Me han comido,

me trastornaron el cuerpo y me pusieron rabia en los dientes

y en el cuello esa culebra que se come los cuatro vientos.

 

Se cerró el camino con

cuatro puertas y cuatro

tapias negras y

cuatro mujeres de fuego.

No oigo ni las crecientes

ni cuando tocan allá por las fiestas,

ya no tengo más suerte, ya

se la dieron a otro,

me fui,

soy un rumor.

 

 

De Honras fúnebres (1965)

 

Impresiones

 

a)

Muy circunspecto

holgazaneando con las campanas,

al oído de las altas bardas y los ventanales solitarios,

está el sacristán,

y las señoras de bronce entregando sus faldas de luto

restregándolas por los enseres de cocina

los rostros y los trajes;

por sobre el lomo de las bestias, allá, en los límites

donde sortea el coleador sus reses

y terminan las paredes

arrastrándose, consumidas. Inundados por la lengua

de las iglesias

tomados por las voces que nos recuerdan el viaje a la última tierra

y las flores que nacen sobre el lugar de nuestros padres.

Sí,

días hace que tales cosas padecemos.

 

b)

Como en los tiempos de temblor

cuando se hincan las vacas,

nos vemos condolidos por un sentimiento general.

La vieja en el corral acosada por las gallinas y los

pavos

igual que el anciano

por un momento abandonan sus útiles

y miran al mar

como si se acercaran inmensas olas

o barcos extraños.

 

c)

No hay sitio para las risas

en estos tiempos graves.

Hemos perdido los gritos del borracho

acostados bajo una pasada melancolía

que regresa como el hijo no esperado.

Somos incapaces de reconfortarnos con vinos

o flores

bajo eso que parece grandes fangos de azul.

 

No hay sitio para un pájaro

llegado de luminosas alturas

ni se asentaría hoy un circo en nuestras tierras

con sus bandas de alegría.

 

La muerte exige un pago de nostalgia

que aceptamos

en los ropajes morados de la ventana

la bruma y el óxido sobre los tejados,

¡Y las banderas en tristeza!

 

Descripción de la ciudad cuando pasa el cadáver

 

a)

En la esquina

el adorno negro como inmenso pájaro

espectador, y en grandes racimos los lirios

desde cada ventana

poco más bajo de la bandera a media asta.

Y los altares de las casas encendidos

en lámparas de aceite

por decreto y para buenandanza del homenaje.

Las gentes cruzan con lentitud

al mar

hasta ver en la bruma los escarceos de la gaviota

ocultándose en las velas lejanas:

espuma

del azul trágico,

¡disueltas en la música fúnebre!

 

b)

Reflexiono acerca del digno catafalco,

el sudor de los emisarios lejanos

y el estremecimiento de las magnolias.

Y tal vez

otra voz se une a estos rezos

en el sombrío rostro de cada uno de los que marchan

entre sombras. ¿No hay un sueño,

una estada en otro país?

Un ave mortal

en esta calle

y volamos, volamos ahora, dulce,

pausadamente.

 

c)

Se dispuso del sol en lugares grises,

no habrá nada más que esta vía

y los recuerdos y las honras.

Una y otra vez

y otra vez hacia la noche y hacia la muerte

hombres del funeral

lóbregas damas de negro y llorosas bandadas de redoble,

y más salvas, preciosas y regulares

sonando, sonando,

hacia el atardecer, hacia el crepúsculo sombrío,

como estrellas malditas que giran a nuestro alrededor

llenándonos de muerte.

 

 

De Santiago de León de Caracas (1967)

 

BORBURATA DE LOS FANTASMAS

 

[1] Diego de Losada funda la ciudad de Santiago de León en el Valle de los Caracas

 

a la memoria de don Enrique Bernardo Núñez

 

Qué belleza la tierra cuando esa montaña

sube un cuerpo blanco en sus aires

y se estima su altura.

Y el azul se ve limpio y es un filo que

de solo lejano

está bello.

Así ese día cuando el jinete aún

no había calzado sus espuelas

ni de su tienda el aroma de una bebida fuerte

se expandiera, diciendo

—Aléjate sueño, otra vez comenzamos.

 

Apenas una línea de aurora

y ya los caballeros reconocieron todo el sitio:

Qué templados aires!

Qué colinas!

Qué día con tanta agitación de guerreros

Cansado de guerrear

y viendo que la muerte volvía y resolvía junto suyo

—Fundaremos! —se dijo.

 

Y evocó a Santiago El Jinete.

Arriba de su frente se coronaba el rostro con cenizas de

[guerra,

cincuenta círculos del caballero.

 

Y comenzó a tender su pueblo.

—Alzad la empalizada!

Marcad la tierra!

Y se veían llegar los pájaros del sur.

—Clavad los postes!

Pacían los caballos y las demás bestias,

tranquilos,

pero los hombres

Qué agitados!

—Preparad ya la misa!

Y el barbado jinete apresuraba su caballo.

Comenzó la misa

no había coro ni armonios,

frondas sí

y un aire solemne.

 

Santiago!

dijo el caballero

—y su caballo vuela.

Marcaba su caballo la tierra

espantando hojas podridas y terrones cada uno de los cascos

 

Florecía

 

Qué día este sol

cuando fijaron sus pendones y levantaron sus espadas

aquellos que vinieron del mar.

 

 

[8] Los conquistadores sienten el amor por la tierra y su fundación

 

Población tan nuestra como las armas con que defendemos

sus puertas

hija de nuestros brazos

madre de nuestros hijos

Yace aquí la vida de muchos

y sus huesos son abono de nuestra siembra

cal de estas paredes

vigas del techo

 

Tal vez no seas la más harmosa de las Indias

ni tu tesoro llegue a un sexto de Méjico

Mas

qué motivo que no fuera la muerte

podría sacarnos de estas calles!

Ah, casas sin pizca de lujo ni donaires de palacetes ni

pretensiones de virreyes!

Santiago, Santiago de León, Semejanza nuestra!

Nuestros chismes

Odios

Rencillas

Pero más nuestro amor

fraternidades

sacrificios

y sobre todo

el esfuerzo con que prolongamos el lejano pueblo en que

nacimos!

 

Las haciendas, encomiendas y enseres son el cielo

y estas colinas y praderas

 

—riberas soleadas, lluviosos bosques, resplandecientes

Montañas—.

Aunque la vieja tierra jamás podamos olvidar

Ya no podremos arrancarnos de vos Santiago de León

ni sacudir el polvo que con heridas, manchas y virtudes

has ajuntado en nuestra sangre.

Y seremos ya esta única ventura

Tu ventura y tu gracia

hasta el fin.

 

 

De El vientecito suave del amanecer con los primeros aromas (1969)

 

7

Durísima es la piedra que trajeron para tus cimientos

pero en ella su esplendor gana a su fortaleza

ؙ            —Hay roca en tus coyunturas Roca viva y maciza

Templada para el rayo

 

Sombrearon mi tierra con viajes de los ríos. Con sus

[riberas me pintaron

Remansos y caídas violentas de aguas me pusieron

Y por todos los sitios tengo amables asientos

Adórame y sueña

 

—Te traeré un huerto Una colina

Allí vendrán a sombrearse tus aguas Qué de flores

Qué de hojitas y peces

En la colina hay en cedro desplegado

En el huerto escuchas siempre un canto

 

 

11

Bajaron muchas bocas trayéndolo Ese El Espectro

Bajaron retorcidas

sonando

 

Es el Escándalo El Escándalo

“Amor Amor

Aquí te injuriamos Aquí te escarnecemos”

Y otra vez Y otra vez

“Aquí te injuriamos Aquí te escarnecemos”

 

Y qué hacer contigo, tú, Mi Casa

Óyeme y no temas Óyeme y no temas

—Cuando llegue la hora del chacal La

[hora de la hiena

Ven conmigo y

cercaré la noche

Pero Escúchame Tú, El Sueño

—Óyeme

No me conmoveré Me arrancarán de ti

No me conmoveré Ni lloraré Ni gemiré Y miraré

[de frente

Y ya sé

Nada entrará en mi ánimo Sí aunque

[pierda para siempre la música

Me afincaré

—Sí, Amada mía, Sí, Fiel

Cuando ya no seamos El Amor

Me portaré como la muerte

 

 

De Adiós Escuque (1968 – 1974)

 

Pajarito que venís tan cansado

Pajarito que venís tan cansado

y que te arrecostás en la piedra a beber

Decíme. ¿No sos Polimnia?

Toda la tarde estuvo mirándome desde No sé dónde

Toda la tarde

Y ahora que te veo caigo en cuenta

Venís a consolarme

Vos que siempre estuviste para consolar

Te figurás ahora un pájaro

Ah pájaro esponjadito

Mansamente en la piedra y por la yerbita te acercás

—“Yo soy Polimnia”

Y con razón que una luz de resucitados ha caído aquí

[mismo

Polimnia riéndote

Polimnia echándome la bendición

—Corazón purísimo.

Pajarito que llegas del cielo

Figuración de un alma

Ya quisiera yo meterte aquí en el pecho

darte de comer

Meterte aquí en el pecho

Y que te quedaras allí

lo más del corazón.

 

 

Viejo lobo

a Micha y Armando Romero

 

Al decimocuatro domingo del año

—Amanece!— dijeron

Y yo salí a la luz

Cuántas flores Rosas que duraron un golpe

pues desde muy temprano mi alma sola

repasó versos, frondas y amor

en las hebras amargas. Y así crecí

entre hermanas suaves y tías católicas

y por la edad de adolescencia

zarpé lleno de sueños.

 

Después pasaron lentos años

se alejó el aire de los viajes y el viento

me amarró a esta casucha

¡Qué plantas desgreñadas Y siestas

Y noches que escribían en un oscuro diario!

Un corazón ocupado de amores turbios, alma en vilo

sin ley

En cuanto a los demás:

Perros sin fiereza acesando sobre mugres migajas

—un dinero, un poder

Una vida de más preponderancia

No es que yo fuera puro si no

Que al poco de correr

vi entre ellos mi alma hirviendo y mascullando

y ya no me quedaba más que

una huerteceja: tres matas de maíz y estos tapiales

ai vinieron ustedes.

Y para qué vivir si no

para recuerdos o para andar de arriba abajo

que decían de mí

Ay Dios Lástima de hombre!

Y yo del fondo de mi vida hacía brotar un verso

un verso Sí un verso como una flor

reseca y arrugada

Y entredormido musitaba mi sueño:

Irme, Irme muy lejos

Quieres escucharme otra vez?

“Adiós Adiós la Flor de este jardín…

Adiós su señoría El Obispo

Adiós Adiós al General…

Frases de mi saludo a compás

Y subo con mi bastón de vero

pueblo arriba donde mis hermanas lloran por mi suerte.

Desde lejos me odiaban y desde lejos

yo también odiaba

Yo era un resabio

y era un asiento bebida que tenía que dejarse

Adiós las viejas fiestas, los poemas

el gusto por los discursos de orden

Otros llegaban más mezquinos, más prácticos: Un habla

empalagosa y vulgar.

¡Cuarenta años entonces! Todo

qué rápido y amargo.

 

 

De Elegía 1830 (1980)

 

Elegía 1830

—Despedida de Bolívar —

 

Este año negro chillaba al nacer

y sus colas de gato y cara de murciélago

se prendían del sueño

y lo halaban desgarrando su corazón y echando al diablo

sus manantiales y sus puertas

y sus aires que iban al futuro y corrían

al futuro

en el delirio de aquel que vivía en su Casa Dorada

en el Amor de su Gloria

y su Visión

pues con el tiempo todo se despedazaría

y sería sorbido de esa jauría de adentro y de fuera que

[pugnaban por

robar y asesinar

ahora mismo

en las puertas y ventanas de este año

Cuando los empequeñecidos, ladroneros, raspones

abrieron sus pequeñas fauces

y comenzaron a morder

Entonces arrastraron su cadáver por el Magdalena

y lo arrojaron al puerto

donde veía las aguas

sentado en una silla de ruedas

y, resfriado,

sentía gritar sus huesos y chillar sus oídos

con voces criminales

insultos

trapacerías

y toda clase de lenguas infamantes

ya avisándole, ya amenazándolo

de modo que por las noches se le escuchaba gritar

y los delirios se echaban sobre esa frente rugosa

mordida por tanto frío

y polvo de guerra

Por tanto mar, nieblas

y desolaciones de guerra

y gloria

y tanto sueño amoroso por su querido Continente

Y así

repetía que le llevaran su pequeño equipaje al barco

porque en América

nadie lo quería

Y escuchaba al capitán del barco decir

—Véngase Hay Otras Tierras

Véngase a ser

El primer Ciudadano del Mundo

—Alto Quién Vive? —le decían

Y respondía con voz muriente

—La Patria

 

Tenía un Jueves Santo revoloteando sobre él

Un jueves Santo Negro

que desplomaba torres y levantaba monjas y soldados

hundiéndolos en la carne

de oscuras iglesias

Y allí los jardines y Conventos

se estiraban entre los muertos

y las casacas y fusiles

lloraban por las escalinatas

y el aire se llenaba de almas

insectos y campanas

Entonces el Espíritu Santo y su carro

se incendiaban en rosas abortadas

Es mi Jueves Santo a las cuatro de la tarde 6decía

Mi Jueves entre columnas y ayes.

 

Se dormirá el jacinto en su matero viejo

y el geranio

en su felpa asombrada

Pero Yo estoy a las cuatro de la tarde

y caen Tus catedrales y Tus ventanas desgonzadas

“Vámonos Consoladora

Vámonos Lleva mi equipaje

Ya no nos quieren en América”

Y todavía es Jueves Santo

Jueves Santo con sus muros caídos y ángeles

y cadáveres.

 

América Mi Estrella Mayor

Continente barroso y verde

con tus cabezas de catedrales vencidas

y tus ventanas abortadas

Ahora me verá el aire azul

y velaré tus muertos.

 

Era el sueño olvidado y Pérfido

que lo alzaba en sus nubes de azufre

Iris ha muerto

y la Plaza de Armas

se repleta de sombras

Lima se abre Ay consoladora

echa sobre mi tus dientes y vierte en mi

tus encías de claveles y bosques.

Ya estoy para morir

amadas torres y balcones

Pasto se ha rebelado contra la República

El Segundo magistrado asesinó al Primero

Pobre de mí que vi morir mi hermano

en su despedida

lejos de mí

en la Selva Asesina

y su cadáver se durmió sobre el barro

Consoladora

echa fuego por mi ventana

 

De la Angostura a Quito hubo apenas

una centella

con Perfume

La yerba hunde tu cabeza en el cielo

y estalla de aromas

La lluvia vuela

y te humedece

Y el viento espanta aves asustadizas

y seguimos al Sur

Alto Quién vive?

La Patria

Y llega la noche con sus muertos y pájaros

Con sus dedos de plumajes

Y sus plumas negras mitad cielo

y mitad dentellada

Y el humo estira al Viento

y el viento revuelve las almas

Pisba sufre de invierno

y las mujeres arrastran sus enfermos

que resuellan frío y tiritan

estremeciendo diente contra diente

y mirando la lluvia.

Y las mujeres ofrecen

ese calor único de la tierra

y abren sus miradas de asombro

y sollozan

pues bajo la tierra de apariencia dulce

dormitaba el azufre

y el carbón dañaba su luz y amargo

pensamiento.

 

Así llegaba la aurora con sus flores

y leches

y el rubí con sus nueve corazones

y la piedra Ágata y la luna

con todos sus tesoros

Pobre de ti que ves el viaje de tu muerte

desde esa silla negra

El tiempo sentado en sus faldones repletos

de montañas y pájaros

pregunta

Quién eres?

El Primer Ciudadano de América 6respondes

 

Consoladora —Sé prudente

Amor mío Sé Prudente

Así dijo al montar y partir

su última cabalgata

porque ya el año lo arrastraba

 

América Mi estrella Mayor

Continente de Alma de pájaro

Tus ríos Perla Terrosa y Yerbabuena

Tus caminos Mitad cielo

y sepulcro

Yo me fui saltando de columna a piedra

y tejas deshechas

donde los gritos me llamaban

El suelo ardía en los cuerpos y el aire se quejaba

Ay Jueves Santo

mañana me verán tus ataúdes perversos

—Bésame Consoladora

Quiero escuchar de nuevo

que soy

el único del Mundo

Vuelve a decirlo y Bésame

Vierte sobre mi el agua

y el sabor de la Noche

y la vida

 

Asolados Territorios Socha Socha

Pequeño Pueblo

Nos diste Pan

y nos vestimos tus enaguas

Y los vientos que mordían nuestro alrededor

preguntaban

—Alto Quién Vive?

La Patria

Ya le estarán pegando fuego a tu casa

Ahora le estarán pegando fuego a tu casa

tu casa En tu ciudad

Ah mi querido tío Quién más que Usted lo sabe

Ya Caracas no existe

No existe la ciudad de mi Infancia

Sueño

Sueño Olvidado y Pérfido

Déjame revolver esos árboles que chillan odio

y Muerte

Es fuerte el Sol del Magdalena

y brilla en mis cubiertos de Oro y Plata

Capitán

aparte su humo Eche a un lado ese olor a tabaco

Me estorba el frío y el habla fuerte

Y Tú

Ayúdame por el jardín

en el asiento muelle

quiero ver

la puesta de sol

el amable verdor, los húmedos

balcones.

 

 

De Alegres provincias Un homenaje a Humboldt (1988)

 

Me encontraba en la maraña de una inmensa tierra avenada de

corrientes. Las madres de aguas habían rodado de la escarpa

con gran ruido y sonaban todavía. Aquí y allá miraba unas co-

linas emergiendo en la lluvia con sus penachos remojados que

los zamuros bajaban a espiar. Iban muchas canoas y lanchones y

no se distinguía el río propiamente sino una línea de aguas. Los

hombres andaban atareados sobre los grandes saurios espan-

tando aquellos carniceros asesinos, ya a la vista, ya secretos bajo

la nata del lodo. Se levantaban a lo lejos navíos considerables

palanqueados de indios semidesnudos, gente de rostro más bien

triste. Y se podían apreciar los caseríos como otros tantos puer-

tos enchumbados en el horizonte que estremecían el relámpago

y tronada. Era un oscuro mapa que llevaba plumas y boras en el

vientre de sus embarcaciones, y sus caminos estaban marcados

al azar sobre un verde sombrío.

 

*

 

Es un mapa lluvioso: agua, viento y un espacio de pastos y melan-

colía. Un territorio casi nocturno con arboledas que baten som-

bras. En ocasiones pueden verse unas como calzadas por donde

pasan más allá de este tiempo ciertos pueblos errantes. Y al mirar

en busca de un color radiante —un estallido de combustible, por

ejemplo— aparece insistente la esmeralda luctuosa y debo ir son-

deando el agua que levanta peligrosos troncos desde el limo. Des-

pierto a medianoche y encuentro en mi rostro, bajo el sonido que-

jumbroso de animales ocultos, esa mano lenta y secreta: el fulgor

de la Cruz del Sur.

 

 

De El viento y la piedra (1984)

 

Precipicio

para Ana Enriqueta

 

Los rebaños en la parda meseta:

moscas sobre una hoja marchita.

Un pájaro

una aterida conversación de torcaces.

El alma: Añoranzas

El corazón: Ese oscuro cristal que brilla

y grita al fondo.

 

Halcón

 

Al fin aguas profundas

 

Vi el aire

Vi el cielo

y entre las flores muertas

colores de pugna.

 

Solo en el Paraíso

 

Inestable, fluido, más bien turbio

Yo húmedo, yo sombra.

 

Por eso canto Por eso vigilo

 

Estoy cantando

Estoy riendo

Estoy de vigilia.

 

En mi intimidad, a dúo, invisible y en silencio

brillo con mi banda carmesí.

Yo el turbio,

de color amarillo y quemándome,

canto y me libero, espinoso y fresco,

solitario entre los míos, en mi multitud.

 

Altísimas torres, murallas

y repentino y en silencio

El resplandor.

 

¿No es esta la distancia?

Unas lilas y al fondo los elevados contrafuertes.

No más tierra No más gravedad

El reino de la pluma

El ingrávido porvenir.

Ya soy el blanco de una garza

Me doy a unos declives

El cielo: Puertas profundas.

El recodo del valle: Unos riachuelos.

Las músicas de ayer se han ido

empieza el verano.

Como noche me recojo

Como día salgo de mí.

 

Quisiera verme en esos promontorios

donde reptan luces impacientes.

Ser glauco y sorprender desde la altura

un oculto enemigo

y descender de uno a otro sur

de un norte a otro,

y en la profunda oscuridad

ser una luz descifrando lejanas luces.

 

Una infancia es un recuerdo

y más que una corriente a saltos.

 

Una infancia Tú

Una mañana Tú

Un muro húmedo y salvaje.

 

Tú y Yo gemelos

Por eso canto, por eso vigilo.

 

Frías casas, blanco frío

Vuelo y permanezco

sube sube alcanza los ángeles!

Y los dorados campos y el hermoso mar

rugen más allá.

 

Ésta es mi fiesta: Una flor

La llevo a mi frente

transita por mí

Alabado sea

Quiero que se tiña de rojo

se tiñe, se oscurece.

Embriágame

y abrázame adentro

en mi casa de cien mil puertas.

Me has animado, me has cuidado

Y yo regreso

No a mí sino a tu luz

donde se habita en certidumbre.

 

Óyeme estrella

Que un calor bravo en su volcán

crezca de mí.

Resplandor Ábreme los ojos

Que mi corazón sea señor

Que esté Yo rodeado de un aura

Soy el Amarillo, el rojo áspero, el púrpura intenso.

Si pudiera lanzar un agudo chillido y extender las alas!

 

Todavía hay campánulas

La helada no ha marchitado al pájaro ni la retama

¡Bravo por el fulgor del risco

No a la presunta lluvia!

Ya se escucha el sonido

Ya suben las flores.

No más urnas No más prisiones

Levántate y observa

Qué esplende Qué acecha Qué domina.

Caminaré bancos de pasto.

Veré selvas de piedra

Para ennoblecerme ¿algo más alto?

Me siento y brindo: Trazo caballos,

desnudo el Edén.

Luz!

Mi cerebro quiere beber

Maravilla, borra el espacio entre Tú y Yo.

 

Para encantarme he venido.

Para vivir el color violeta aquí me he posado.

Estremezco las ramas, me estremezco yo

en el aire opuesto de flores.

Soy pequeño en esta dulce casa.

Soy ligero en esta ventana.


Ramón Palomares Nació en Escuque, Trujillo, Venezuela, el 7 de mayo de 1935 y murió en Mérida, el 4 de marzo de 2016.

Maestro normalista en la Escuela Normal Federal San Cristóbal. Profesor de Castellano y Literatura. En 1963 se suma al movimiento estético El Techo de la Ballena, y participa como editor de la revista Rayado sobre el techo. En 1975 es reconocido con el Premio Nacional de Literatura por su obra Adiós Escuque. El 14 de junio de 2001 le es concedido el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de los Andes, junto con los poetas Rafael Cadenas y Juan Sánchez Peláez. en 2006 resulta ganador del primer Premio Internacional de Poesía Victor Valera Mora; y en 2010 del Premio Iberoamericano de Literatura.

Obra:

El Reino (1958), Paisano (1964), El ahogado (1964), Honras fúnebres (1965), Santiago de León de Caracas (1967), El vientecito suave del amanecer con los primeros aromas (1969), Adiós a Escuque (1974), Poesía (1977), Elegía 1830 (1980), El viento y la piedra (1984), Mérida, elogio de sus ríos (1985), Alegres provincias: homenaje a Humboldt (1988), Trilogía (1990), Mérida, fábula de cuatro ríos (1994), Lobos y halcones (1997),

Ramón Palomares. Antología poética. Caracas: Monte Ávila Editores, (2004), El canto del pájaro en la piedra. Salamanca: Fundación Camino de la Lengua Castellana y Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, (2004), El reino de Escuque. La Habana: Fondo editorial casa de la Américas, (2005), Vuelta a casa. Caracas: Biblioteca Ayacucho, (2006) y Ramón Palomares para niñas y niños. Caracas, Fundación Imprenta de la Cultura, (2014).



 
 
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