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Rodolfo Walsh

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  • hace 5 días
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Poemas enviados por Rodolfo Walsh a Enriqueta Muñiz. Publicados en Enriqueta Muñiz. Historia de una investigación. Operación masacre de Rodolfo Walsh: una revolución de periodismo (y amor), Planeta, Buenos Aires, 2019.


1

 

Llámame Juan,

sálvame de ser innumerable

como las hojas y los días.

Mi alma está pronta a desgajarse

en fragmentos pegajosos.

Únelos con el hilo de mi nombre,

sálvame de hundirme en la entraña de las cosas,

de ser el escorpión, la espina,

la rosa intacta,

el nudo que sangra en la madera,

el aire, las piedras, los gusanos,

todas las cosas que me llaman.

Pronuncia el rito,

la palabra que convoca,

que designa,

que dice: Este

entre océanos de tiempo,

Este, que no quiere hundirse todavía.

Garantízame,

repíteme,

invéntame,

llámame,

mírame,

perdido, simplemente,

simplemente,

como un niño entre voraces sombras.

 

 

2

 

Acaso es tiempo de mirar a aquel que asoma

en la plural profecía de los dientes:

hombre último, raíz ensimismada

prometida a la injuria de los tiempos.

Eterno, sin embargo –relativamente eterno-,

Más eternos que presunciones de alma.

Disperso, polvo de los siglos, animará otras horas

cuando ya no existan mi nombre y mi recuerdo.

Tranquilo espera el derrumbe de los signos:

la risa, el odio, las canciones,

el miedo, la ira, la palabra.

Su gesto natural de espera es la sonrisa.

Una sonrisa es imagen de la muerte.

 

1953

 

 

A UN BENTEVEO

 

Ya no somos enemigos,

renacemos diversos,

pero aún no quiero borrar de mi memoria

la flor de sangre innumerable que encendí en tu pecho.

Tú también me has muerto día a día.

 

Vivo azufre del cielo,

amador de la dulzura de la tierra,

te veo con una uva sangrante en el pico,

bien te veo,

torno a sumergirme en la espesura,

el acuario dónde inmóvil te aguardaba

con la serena perfidia de un niño:

Caías de pronto,

pez y flecha,

(luz verde destilaban las hojas,

quietud dulcísima),

y el rifle palpitaba junto a mi corazón,

la muerte apretada entre mis brazos.

 

Cautelas milenarias se estiraban en tu cuello,

seguros vaticinios,

y ya era tarde,

y ya era

el diamante de la explosión

y el brusco derrumus,

girasol.

 

Sólo tú y yo disputábamos el mundo.

No descendí al hornero y la paloma,

desprecié la calandria y la vocinglera urraca.

En claras mañanas

y en tardes de serenísima fluencia

nos hemos acechado prudentes y sabios

y así compartimos los únicos secretos que importan:

tú me hiciste silencioso y duro

a imagen de tu dura muerte.

Mas porque siempre renacías, perentorio

fénix milagroso,

tu pico indagando las viñas,

un higo morado encendiendo tu pupila,

tu grito enalteciendo los más altos eucaliptus,

he jugado en vano a hacerme inmortal

repitiendo los tres cuchilladas de la hermosa burla.

 

Después empezaste a vencerme

con oscuras complicidades

y distraídas sentencias que inspiras

más peligrosa que rifle del nueve

y matarte empezó a ser un acto impuro

o un mezquino pretexto de siervos.

Sólo entonces merecí tu desprecio:

de noches me aterrabas el sueño

como un brujo antiguo,

tus uñas hirieron mi carne,

tus ojos eran lunas,

tu pico se hundió en mi corazón:

te veo con mi corazón sangrante en el pico,

bien te veo, bien te veo.

 

Ahora tu voz es tan lejana que parece

fábula de olvido.

Ahora mientes si me nombras

y acaso miento yo al nombrarte

en la irreversible luz y el tiempo que fue otro.

Te he dejado los montes y las tardes.

Te he dejado las cerezas agridulces.

Te he dejado el aire que era mío.

 

1956



Rodolfo Walsh (Choele-Choel, hoy Lamarque, Río Negro, 9 de enero de 1927 - desaparecido por la dictadura cívico-militar el 25 de marzo de 1977). Periodista, escritor y militante argentino.




 
 

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