Wilson Alves-Bezerra
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Por Santiago Astrobbi Echavarri
La poética del trueque
Hagamos las cuentas, milongas, trueques y después, ocultos, hagamos nuestras sepulturas. Hagamos de cuenta, hagamos una grieta, en las sombras, pongámosle apodo a los próceres, no dolerá, sabemos que no, es así, fue así y así será. Cambiaremos las moscas de la carroña, cambiaremos los trajes y los colores de las corbatas, apenas, y las nuevas larvas se complacerán por decir: hagamos las cuentas, de cuenta, hagamos cambalaches y, a lo ancho, hagamos lo de siempre. Alianzas atávicas, ligas de futbol society caimanero, han de compartir la carroña en partes proporcionales. Un discurso sordo para la televisión sin espectadores; una banderita infantil que no convence a quien la agita, pero que se ve bonita en la publicidad patronal, como la portada cipaya de la revista agitada en el discurso de izquierda. En el más banal de los intervalos, pase de coca en el culo, como siempre se hace; los recursos no declarados para las campañas y los puños cerrados el fin de semana, lamiendo a los camaradas. Cada uno ha de ver que todo permanece igual a sí mismo, cordiales los abrazos al azar, entre los cadáveres, calientes, aún sonrientes, en los sótanos de las favelas. Ningún cuerpo fue eximido: todos votaron; ningún miserable o negro fue olvidado, todos abrazados, algunos, incluso, elegidos y fotografiados para la nueva película de miedo y horror: Paubrasilia Alucinata.
John Coltrane en la barriada
Noche brava del viernes. John Coltrane irrumpió en el rancho de albañilería del Jardim Pirajuçara en soledad: los parceros de dominó y cartas aún se preguntaban lo que vendría después. Él no trajo harina y tampoco quiso conversar sobre las latitudes de los mapas. No se sentó en la mesa ni habló de política; había un ornitorrinco que se pronunciaba en la manga de su saco. John Coltrane no conversó con nosotros ni trajo su saxo. Pero sabíamos que si el hombre tocase, sería un Salmo. Fue hasta la Iglesia Evangélica Geométrica del Fin de la Calle, y se sentó antes de comenzar el culto, atento. La fiesta del terreno de macumba y las paredes blancas le impendieron estar más tiempo escuchando el sermón. There’s no soul in that. John vaciló, pero tampoco fue al Terreno. El suelo de cemento quemado fue desapareciendo en medio del humo que salía de la pipa que comenzó a soplar. Queríamos saber de política y de los próximos pasos, pero Coltrane no dijo nada, ni tampoco jugamos más dominó. Nunca oímos a una pipa sonar de forma tan melódica. Era un Salmo. Tadeo, el más articulado, que ya se alienaba del mundo por las bolas negras de las piedras del dominó, no lanzó la pieza. Cómo sería la caminata al son del saxo y del birimbao, intento decirlo, pero se pierde. Aquel Coltrane con pipa en la calle João del Porto, con su solitario tenor, no nos dejaba oír los tiros que mataron a Sandro, por una disputa entre jetones en la calle de atrás.
El Descubrimiento
Son once muchachos bien negros o bien pardos o bien rubios, con el pelo perfectamente cortado, bien niños, a veces como monos que en las piernas controlan dólares, que en los hombros cargan balones y en sus espaladas acumulan el peso de la Historia. Son tan pobres que igualmente billonarios visten el amarillo oro de los burgueses asalariados que se imaginan millonarios y odian a los pobres negros jugadores de fútbol. Es cada cuatro años, cuando llega la democracia, la hora de votar en la tierra de los pequeños fascismos, cuando cimientan los abismos para que todos puedan aclamarse perros callejeros. Porque los muchachos casi negros o poco pardos, de pelo oxigenado, nunca golpearon las ollas, nunca bebieron champagne, nunca se hicieron un selfie con los guardias en la tierra de la democracia racial, en cambio lloraron porque les causa temor hacer gol con sus pelotas, con sus travesaños, con sus obstáculos, y con todo lo mejor que ha de caber en la red en nombre de la nacionalidad. Quizá los niños muy negros la pasen mal cuando les pidan una opinión, y conmemoren goles con los brazos arriba, miradas al cielo, con la camiseta amarilla de algún patrón. No calculan por qué aplaudimos a esos loros mulatos, recompensados con pasaporte europeo, con nuevos yates, con buhoneros, con terratenientes que los compran y los venden. ¿Desde cuándo estos patos negros influencian el mercado y las elecciones? Solo sé que son once niños, muy negros y bien formados, con vergüenza exacerbada de sus pelos afros, que de verlos muy bien, por tantos años, días y minutos al hilo, no tenemos ninguna vergüenza.
Para Marielle Franco
Vivimos una democracia, todo el mundo sabe, donde aviones solo caen por accidente o voluntad divina, de repente, en el momento exacto, matando enemigos. Una democracia en la que lamentamos, verdaderamente, que sean asesinadas concejalas, opuestas a las intervenciones necesarias, ya bien explicadas en el semanario dominical. Nuestra democracia, se sabe, es propia del estado de derecho, en que el zurdo se calla porque dios padre no habla con laico estado alguno, chusma, chasquido. En la democracia, manda quien puede, obedece quien tiene el culo presto. En ella todos somos iguales, padres e hijos, pero las madres arrullan a sus preferidos. Si no te esforzaste por ser un buen muchacho, te quitaremos el mercado y el cariño, y en el exilio te dejaremos, desnudo, frente a las pirañas del colegio elitista. Somos el motor de tu ejercicio, martirio de libre concurrencia, pacientes inversiones hacen nuestras virtudes mayores. El país está lleno, incluso siendo demócrata; haremos un pacto y tal vez no entres de primero en la lista. En esta nueva fase, en que cambiamos gato por liebre, privilegiamos turistas; vamos a probar nuevos gases y a ofrecer nuevos aires, a profesores, putas y activistas. El nacimiento de mitos será el ocaso de la guerra, en esta tierra, donde haremos campos de concentración a venezolanos bolivarianos chavistas, indecentes artistas, universitarios confusos y demás ignorantes. Es la democracia.
Ahora
¿Y ahora? Que ya quemamos a la bruja y empalamos al anticristo. ¿Y ahora? Que cerramos las exposiciones de arte que tienen nalgas y pitos. ¿Y ahora? Que acabamos con las becas de investigación que no son sobre tecnología. ¿Y ahora? Que cerramos los ministerios más inútiles y las oportunidades de empleo. ¿Y ahora? Que el ejército está en la favela y limpia las calles con la policía. ¿Y ahora? Que se protege a la escuela de la historia, de la filosofía y de otras doctrinas. ¿Y ahora? Que los derechos tienen sus días contados, y que solo nosotros, derechos, los tenemos asegurados. ¿Y ahora? Que un grupo de jueces, promotores, temerosos de dios y convictos, cuidan de nosotros. ¿Y ahora mismo, que las leyes de trabajo son flexibles y el empresario puede regatear? ¿Y ahora? Que solo la meritocracia de las familias pudientes tiende a triunfar. ¿Y ahora, que los sindicatos, sin impuestos obligatorios, han de permanecer sin pan? ¿Y ahora? Que hay más orden, más justicia y más familias. ¿Y ahora? Que los procesos que interesan, rápido han de andar. ¿Y ahora? Que el país se moderniza y el comunismo no tiene espacio en la vida nacional. ¿Y ahora? Que las noticias solo son buenas y avanzamos como nunca. ¿Y ahora? Que los aviones están más limpios y los aeropuertos más airados. Y ahora, que es para nosotros y solamente para nosotros este país, ¿y ahora?
La minimonarca
Dijo la rectora, ave de mal augurio y cantora, en el intenso ahora de la floresta central: desocupemos la rectoría de los estudiantes invasores, sin disparar un solo tiro, sin una gota de sangre. Entonces se rascó la barriga y voló a Portugal. Y el cuervo dijo: nunca más. Dijo también la avis rara, el auditor será el oído de mi gestión. Como máxima autoridad, no habrá un solo pensamiento o proyecto que no pase por su criba, por su huevo, por su pico, que no se restriegue en la jeta del funcionario, en los términos acordados y firma la presente para su magnífica incomprensión. Y el cuervo le dijo: nunca más. Y la urraca preñada grazna cuando el restaurante invade, y disfrazada de Tía Benta abraza y babea a los animales –relincha el mussolini caipira subtropical. Desvanecida la fiesta, la gallineta zarandea: páguese el doble para comer de este arroz, todo en nombre de mi fundación, o no se coma nada más. Y el cuervo dijo: nunca más. La mora manca se exalta, impreca entre pronombres, urra por la paz en la plaza y cierra la reunión. Después grita fuerte, en nombre de dios, en nombre de la muerte, la policía rejuvenecerá el gueto y ofrecerá paz: para prevalecer la democracia en mi universidad federal, dios nos libre del mal, solo entrarán blancos y rubios de elevada moral. Y el cuervo dijo: Brasil, nunca más.
Wilson Alves-Bezerra (São Paulo, 1977) es poeta, traductor, crítico literario, profesor de literatura y narrador. Entre sus traducciones más destacadas se encuentran las de Luis Guzmán, Horacio Quiroga y Alejandra Pizarnik. En PAUBRASILIA ALUCINATA. Historia natural de mi patria (en portugués original, O pau do Brasil) (Urutau, 2019, entre otras ediciones), condensa muchas de las inquietudes que, lamentablemente, hermanan nuestra Sudamérica: la vida en las favelas, el crimen, la corrupción, la violencia doméstica; en el caso de Wilson, como habrá de notarse, con un especial énfasis en la política contemporánea del Brasil, con su (también lamentablemente) movimiento pendular: de izquierda a derecha, de izquierda a derecha. En sus bloques de texto, el poeta acumula imágenes extrañas enlazadas con cadenas de sonidos, en varios casos, salteándose todas las comas, con un desparpajo que da envidia: quién tuviera tal valentía, quién tuviera. De hablar de la atracción carnal, del uso recreativo de las drogas, del uso recreativo del baile y del balón, que imantado vuela de cabeza a cabeza, lleno de arena, llenísimo de arena, de sol, de sudor acervezado. Quién tuviera, quién tuviera, la valentía de hacer tantas preguntas, de intentar responderlas, por caminos bifurcados, por senderos evanescentes. Una tormenta tropical siempre trae destrucción, pero al menos refresca tantito.
Santiago Astrobbi Echavarri
Traducción de Jesús Montoya.



