Catalina Boccardo
- poesiaon

- 24 jun
- 4 min de lectura
Poemas inéditos de Lugares sin calma
Terrores nocturnos
Por las muñecas limpias
rezaba, allí mi infancia,
toda bendita,
un sueño
sin mácula,
baño y susurros:
voy a cuidar de tu desnudez, no llores.
y me volvía a ensuciar
por la noche
arrojaba
barro
contra la cama
el fantasma gordo
me agarraba la boca
como una muñeca.
Luego, borrábamos el amanecer
con el puño
del túnel de los sueños
y los cielos,
y ahora me refriego el cuerpo casi hueco.
Caja de resonancia
Una voz
Se enuncia
Segunda
Durante tu escritura
Se alza
Tercera
Frota las palabras.
Contra un corazón.
Nunca a solas,
el fantasma
te acompaña
desde siempre,
loco derrotero,
loca serás vos.
Dorothea Tanning y David Lynch
1
La artista en la puerta sórdida
de una película de Lynch
con matones acechantes,
yo adoro esas imágenes
turbias,
esa melancolía surreal.
Antes de entrar, ella pone
sus dedos entre los míos,
poderosa
me convierte
en la que sostengo el pincel,
y la enorme flor de Dorothea Tanning
se expande sobre el espacio,
aprieta a sus hijas,
el balcón de la escalera
como un secreto de hotel,
soltame digo
quiero recordar algo honesto y propio.
2
A Little night music,
1946, nace un nuevo artista, Lynch,
1946, una obra terminada.
Hacen falta algunos segundos
y comprendo
la cadena oculta
de las causalidades.
Construí tu arte, de pronto, me ordena
alguien,
sin olvidar la oscuridad.
La imagen es un vórtice,
en los pasillos de la mente.
Alguna clase de fiebre
Enseño sobre el encierro,
los males de la institución
a la que debemos
horas completas.
Y la trayectoria de sus ojos
hacia el ardor
de los ventanales, no sé
si están huyendo
de teorías pretenciosas,
de una táctica
de la vanidad.
Los adolescentes suelen no ser hipócritas,
entre el primer saludo
y el tedio,
me inmolo
al tocar el picaporte,
esos ritos
del propio cuerpo automatizado
bajo otro anterior,
inconclusa,
antes, un golpe de Estado
nos acurrucábamos
todos derechito a casa,
mi generación bajó la mirada y
leyó desorbitada,
amó las bibliotecas (mucho más que a la vida).
Ahora vamos por allí,
escupiendo cada página
por si esta saliva
portara alguna clase de fiebre.
Doble de cuerpo
Todas seríamos Isabel*,
los cines con tetas al aire
y en nuestras casas
alguna vez.
Los muchachos querían poseer.
Sólo esa parte.
Una época
de observadores
anónimos.
El objeto de la consolación
de ningún sujeto
de carne y hueso.
*Isabel (Coca) Sarli, actriz que protagonizó films de sexploitation en épocas de censura.
Aquellas líneas
Persianas calientes
sobre la tierra del verano,
ellos contra el río,
mariposas embestían la seda de un viento amarillo
y una flecha negra de pájaros,
sin esfuerzo corrían los primos,
la infancia
donde cada músculo se tensa,
la respiración un tren a campo traviesa
hasta el sol,
férreos cuerpos,
un rompimiento del sexo.
La casa del padre
Tu orgullo siempre se pareció al enojo,
pasaron los años,
ejercí el derecho de hablar,
sumisa,
pan rústico de la mesa.
Vos, el azotado,
casi analfabeto,
recibías órdenes en la chacra,
fui testigo de una tarde,
senil (y era bueno negar el tiempo),
esos hechos inesperados.
Tu patria piamontesa,
pequeños dioses familiares (la tía
repasa los bronces del panteón como un lujo sacro),
pero Italia,
oh, la Italia
impostada.
Yo, padre,
investigué los barcos
arrojados e incesantes,
de mutilados,
de las zonas agrarias,
y el viaje
se tornó seco.
Yermo.
Estricto.
¿Padre hostil, habrás llorado?
¿Pero habrás llorado
tirado sobre la tierra?
¿Te dieron permiso,
alguna vez, te permitieron
sonreír?
Una hija que estudia,
lleva la carga
con orgullo,
escarba el peso de cada palabra.
Y nada en su justo medio en nuestra relación,
lo que se tiene,
la impotencia
hasta tomar tu mano
áspera,
por fin, contaste con tu voz:
sobre un caballo brillante
los juegos de la peonada,
molidos de cansancio,
sobre una hija del dueño,
ella te enseñó a leer y
pude intuir los rudimentos,
esa escritura encabalgada al amor.
La edad…
Ahora me ocupan los años corriendo desbocados.
O aquello que atasca.
Veo a los que crecen
y me alegro,
veo miedo también,
lo mío es ya otra cosa:
he visto morir.
Noches enteras en un hospital y
dado el pésame a tantos.
El afecto fino hilo extendido de acero.
Sostienen aquellos por quienes dimos partes de nosotros.
La orfandad llega, la hora pasada juntos, la gema adorada adentro, reluce, se pule.
La vida se prolonga, resiste, pica los bordes.
Ella brilla.
Rojas en el Congreso
¿En qué clase de país querés vivir?,
Margaret Atwood dirigiéndose a una alta funcionara
con motivo del debate de la ley de aborto libre y gratuito
en Argentina.
Vestidas de rojo,
hijas de las hijas de las hijas. Con dos manos en alto recortan una vagina
al aire,
ávido su cuerpo entero,
una novela feminista.
Entran al edificio de la ley.
Quien no escribirá para ellas,
esas casi niñas
atan sus nombres a las rejas del frente,
muertas por maridos,
y en burdeles,
una genealogía
barrial,
comisaria,
y universitarias en asamblea
y aparatos genitales
de una crucifixión,
y ni siquiera menstruaron
y el parto rasgado
y todas sabemos de esos lugares,
tiernas, impías,
ciudadanas.
Catalina Boccardo (CABA, 1961) Publicó distintos títulos en poesía. Sus reseñas literarias y otros textos se encuentran en múltiples revistas y páginas. Collagista y miembro de la SAC. Tallerista en el cruce de la escritura creativa y las artes visuales. Estudió Maestría en E. Creativa (Untref) y abogacía (UBA).



