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Jorge Aulicino

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Antología poética


De Revolución, divino tesoro (2025)

 

Roma

No es de mayo este aire impuro.

Pier Paolo Pasolini,

“Las cenizas de Gramsci”

 

Aquel impulso de cambiar la vida

“por mí, por todos”

era ya nostalgia en los sesenta

para Pasolini cuando

escribíamos sin mayúsculas

porque eran para todos las palabras.

Pero Pasolini no lloró sobre la tumba

de Gramsci,

ni pensó una elegía

bajo fríos árboles

y gatos en el brezo

los lejanos golpes

de un martillo en la fragua

y las sombras

de las arcadas romanas

tanto en San Pedro

como en el interior robusto

del comunismo Italiano.

Creía en la vida desnuda aún

mocosa, vital y harapienta

de los viejos cuentos,

maravilla y miseria,

de Canterbury de Boccaccio y de Arabia.

No cambiaban la vida pero la mantenían

en un raro y fascinante equilibrio,

alzada entre cúpulas.

En vilo.

 

Ahora tenemos nostalgia no de la revolución

sino de cuando creíamos en ella:

una pura mecánica celeste,

marxista convicción

y seguridad en “leyes”

implacables de la historia,

de la voluntad, al tiempo que de la ciega

determinación de los hados hegelianos.

 

Llorar por lo que se creyó

no por lo que nunca se realizó

es una condena que obliga

a girar en una noria

de días y multitud y avenidas

en la tarde, en el anochecer de pájaros

apurados y bocinazos.

 

 

De El hombre del codo en la ventana (2025)

 

Un cuadro de Eduardo Stupía

 

En el rabo del ojo

se ve el lugar en que mi país licúa

el continente,

y es con difusas manchas,

mezcladas con gruesos trazos de pincel

o rotulador.


A medida que bajamos por el mapa

vamos siendo un país con poca vegetación, casi

nada de verde o maíz o anacondas o calas,

y sin revolución alguna pintada en las paredes

de salas enormes en palacios gubernamentales.


Nos diluimos en un silencio que no aterra,

el hielo avanza hacia nosotros con viento y niebla,

sobrevolado por gaviotas,

mientras escapa, húmedo, entre las piernas

de los transeúntes, el verano espantoso y amarillo. 

 

 

De Fuera de lo general (2023)

 

Pesquero en altamar

 

Barco solito, pesquero colorado,

volviendo a la banquina de Mar del Plata.

Así yo, mirando el miriñaque de los días

que se asienta sobre el globo del mundo

como una red de junco, como una estrecha vida.

 

Miren a los hijos del hombre, el símbolo del pez en la frente,

cristos innumerables.

 

 

Postigos

 

                                             A Irene Gruss, in memoriam

 

La misma gente que veías cuando estabas viva,

que no era poca,

estaba en tu velorio, pero ningún ministro de Cultura,

ningún funcionario del Estado.

El Estado hizo bien en estar lejos de vos

que te alejabas de él.

No lo hubieras recibido, viva, más que con un sarcasmo.

No recuerdo el color de aquellos postigos

que desde tu departamento se abrían al vacío.

Todo lo que estaba cerca estaba lejos en tu manera de tejer

y destejer lo que hablabas.

Dejar unas puntadas entre la sombra y el día

fue lo que quisiste,

pero puntadas gruesas, pocas, largas,

como aquellas que sellaban las bolsas de papas.

Presentabas lo escrito como un trabajo manual, antes que

    nada,

donde vibraba la mitad del mundo,

la otra era la sombra,

una inquieta nada,

la otra no era silencio sino presentimiento,

cosas

como las que uno se pone a imaginar a veces

tras las ventanas cerradas,

y cuyo olor sería capaz de describir,

filtrado por persianas, cortinas o postigos.

 

De El libro de los lugares sagrados (2022)

 

El Puente Viejo, Barracas, Buenos Aires

1

El estrecho puente sobre el que

un mediodía de invierno se detuvo el Citroën 3CV

y lo arrancaste a manija, fines de los 70,

cuando atronaba el silencio del mediodía

y el agua densa remaba como una mala digestión,

hacia el Plata.

 

¿A quién le importaba la paradoja, en tanto retórica?

Era olvidable, mucho más que las chapas del Citroën

que se sacudieron cuando engranó de nuevo

el pequeño motor de dos cilindros.

 

Estacionaste el auto y en el húmedo y cálido útero

del bodegón El Puentecito comiste

una gigantesca milanesa a la napolitana.

 

2

En el nuevo puente Pueyrredón, a unas cuadras,

una mañana de primavera se quedó parado el trajinado

Peugeot 404,

porque no funcionaba el indicador del combustible,

y tomaste a tu hija en brazos, bajaste el puente, volviste con el

bidón lleno.

La normal circulación no se alteró.

Tu epopeya fue tan mínima

que, en comparación, la de las hormigas junto al surtidor,

empeñadas en deshacer un pedazo de pan y transportarlo,

fue la hazaña gigantesca de ese día.

Pero todos los días estaban hechos de pequeñas epopeyas

y muertes silenciosas.

 

3

El olor del Riachuelo te despertaba cuando volvías de un viaje.

Era la señal de que estabas en casa. La ciudad resurgía en la

ventanilla

como si no la conocieras.

 

El olor del Riachuelo era indescriptible, no era orgánico, era

el de la putrefacción de los metales

si fuera posible, un olor a maceramiento de ácidos y aguas

cloacales, pero no repugnante;

era el olor de tus cosas, del borde de tu ciudad,

como el de un cuerpo que recién se despierta y deja

un suave hedor sobre la sábana.

 

(Bajo un puente, se hundió

un tranvía en 1930.

El poeta Tuñón tenía 25 años y mencionó en la crónica

que un obrero joven llevaba un sándwich de milanesa

en el bolsillo.

Una milanesa simple, no una napolitana

como la que comiste en la orilla aquel invierno,

cincuenta años más tarde, en el borde

del agua negra y familiar, en el borde también de la ciudad

de los hechos,

de las cosas que se quieren y siempre son lejanas.)

 

De El Capital-La lírica (2024)

 

Plegaria

 

En ese hueco entre las estrellas donde nada se ve

y habitan sin sustancia muchas Ellas,

guardado por dríades que no entran en él,

resonaría mejor la voz que se dirige al dios, exista o no.

Ese hueco como un cascarón invisible está habitado para vos

por invisibles eucaliptos, árboles fantasma

que ceñían una avenida de circunvalación que hoy es autopista:

más allá de ese límite pusieron unos abuelos sus palos godos,

habitaron cuervos de otro mundo sobre gavillas, sobre sus hombros;

se forjó una clase obrera descendiente del campesinado europeo.

 

Que nieve siempre sobre la nostalgia de la Lucania

y que caigan almidón y azufre sobre León.

Ahora que todo es Shanghái o transacciones rápidas sobre mostradores

que no tienen fin

–en este universo de voces que dicen sin parar Yo pero no

encuentran ecos en sí mismos ni en nada ni en nadie.

Dios: una silla sola en la vereda.

 

De El capital

 

Estación Finlandia

 

Libertad es la necesidad conocida. (Engels)

Y sobre la precisión, y sobre el armado de aquella relojería

que implicaba vidas en las leyes de la historia, el viento de octubre

rugía. Sabés, no era el nido de la cigüeña ni el jardín de los cerezos

sino su luz, la que, derrumbándose, provocaba el desapego,

otra alienación. Ni de fraguas rojas como el cielo

era el porvenir en los ojos de ciervo de los nuevos obreros.

 

No era lo que se perdía, no. No lo que se ganaba.

Era todo torvo, metafísico, de uno y de otro lado.

 

Y sobre aquella vastedad del clima al que se abandonaba todo,

tu dedo desde el camión blindado.

 

No era el jardín, era su luz;

no era el futuro, sino su hueco.

 

“¡Todo el poder a los sóviets!”, tu dedo.

No ha lugar a semiclimas. Este es el momento,

mañana será tarde, ayer era temprano.

¿Alguno vio que ese momento sagrado de la historia

–lo que va del ayer al mañana– era cimbreante vértigo?

O algo distinto al vértigo. Un momento de nada.

Hablando en rigor,

un momento ahistórico (ni los de arriba ni los de abajo

pueden vivir como hasta ahora).

 

Ciego, entraste en el hueco, sin voces. Y tras de vos,

el sóviet.

¿Qué sería ahora de la nueva asamblea? Una torsión en los siglos,

una extrema prescindencia, un cántico vacío, un oratorio,

 canon.

 

A partir de vos, la historia fue irreal. En cierto modo

–en un modo, en el único modo–,

dejó de ser historia. Fue de nuevo el páramo duro de la religión,

no humano.

 

En tus secretas charlas con Hobbes, resolviste la partida de

esta forma:

Si los dejamos librados a sus intereses, estos potros desnudos,

hambre y fusil,

van a la organización, al gremio, a la palabra hecha objeto:

salario, salario.

Nuestra luz, amasada en alguna comarca de la lógica, en un sitio

atestado,

revelará el destino que calzaremos como un guante de acero.

No pudo con tu cerebro tu cuerpo tártaro. Paralizado, mudo,

dictabas todavía cartas

al Comité Central.

 

Pero todo había cambiado ya: se organizaba lo rampante según

el dictado

de una máquina de acero que era imposible parar.

 

En los parlamentos europeos se veían las caras, cara a cara,

pero en el sóviet había caras tan despejadas de engaño que

apenas

conservaban el color del surco, la rojiza luz de los talleres.

 

Los hombres no fueron tratados ni como cosas: fueron tratados

como ideas.

Y todo el partido, toda la historia, se convirtió en ideológico erial.

Todo fue irreal, y tragó sangre, madres, olores,

el silencio sagrado del trabajo.

 

Coraje, Lenin. Borbotea de nuevo el alcantarillado de la historia.

Estos son hombres, estos son hombres, en las vacías ciudades nuevas.

Habemos hombres y chatarra. Hombres que saben de un modo confuso

de aquel intento de entender, en lucha cuerpo a cuerpo,

de qué son objeto.

Millones quedaron allí, en el descampado sin historia,

por entender la historia,

por cambiar la historia sin entenderla,

por trascender lo vano y lo nuevo.

Millones, por ser en la luz infecunda del cielo.

Millones por vos, por tu dedo señalando lo más privado de historia,

lo nuevo privado de historia: el poder de los sóviets.

La libertad.

 

 

 

De Un poeta griego huye de Londres (2019)

 

Un comunista, exiliado en Estambul, medita sobre el inminente futuro

A Pedro Ignacio Vicuña

 

De ningún modo creo que de Escila caeremos en un Caribdis, mas,

si no el caos, ¿qué otra cosa puede reemplazar esta

repetición de cosas? Mitos que nos forjan, cíclopes que se alzan

en forma de tiranos, revoluciones reducidas a cenizas...

Ah, pero lo que presiento acaso nos libere...

El preciso francotirador de Stalingrado, ciudad demolida a cañonazos,

cuyo nombre detesto, pero en la que se erige lo nuevo, el

fusil de la resistencia en alto.

En cuanto a mí... Acaso los sueños resuelvan

nuestro problema y nuestra angustia.

Nos liberaremos de las formas.

Y otro arte entreveo, de figuras superpuestas en un orden

aplanado, enormes frisos sobre templos aztecas,

una creación, esto es, un caos de nacimiento,

como los confusos movimientos de una criatura recién parida.

Y desde allí, y desde allí... ¡nacerán de nuevo formas, universos!

¡Malditas, repetidas, incansables formas!

 

De El río y otros poemas. Una historia universal del Plata, el Uruguay y el Paraná, seguida de miscelánea (2019)

 

7

Nadie mejor que el fresno imita al fresno. Repite

los dibujos su corteza. Un programa binario

los maneja. Este fresno no es idéntico al otro,

pero seguramente iguales variaciones del

dibujo podrán ser encontradas en distintos

fresnos. No pensamos en esto al mirar los fresnos.

Una hoja nada más caída al barro es un mundo

indescriptible, sobre todo en el instante en que

diversas tormentas moleculares comienzan

en la superficie al entrar en contacto con el

barro. Nadie cree que todo lo que sucede

en ese único segundo puede ser narrado.

Nada de un mísero instante puede ser narrado.

Nada, pintado. Sombras doradas, las palabras

se tienden sobre el río y le dibujan cortezas

de aquel fresno, que no le rozan la superficie.

Colecciones de poemas entran y salen por

sus bocas, y por las bocas de sus poros y de

sus células. El río da que hablar, pero en la

realidad profunda donde hubo una explosión gris

que le dio nacimiento nadie entra, el río solo

permite que hagamos las sinuosas realidades,

poemas que no nacen de él y que nos llevan a

remar en cierto cielo de pintura oriental,

como entre camalotes no sostenidos por el

agua sino por la tela blanda de la página,

con microscópicas briznas de corteza que la

amarronan en conjunto, pero son de cerca

puntos oscuros, canoas entre poros, breves

embudos del agua blanca, neutra, resultado

del litigio que hace años mantenemos con el

río pacífico pero inabordable, como

si de materia no fuera.

 

La política económica

 

No repudien el olor a talco que solían tener los viejos,

Karl Marx sobre las montañas de la locura pudo haber dicho;

en él está la esencia de las épocas malditas,

lo cual quiere decir: lo mejor de ellas:

la antigua vieja que carga piñas para el fuego.

 

Ahora, si creyeron que todo debe destruirse, miren

las artes del pescador o la idea del cuadrado, del círculo,

la larga sobrevivencia de la rueda

incluso como concepto.

 

En el alto de su vida, Karl Marx

entendió que era mejor que la partera actuase

solo para asegurar el nacimiento.

 

Pero el sol es sangre entre los juncos,

en la orilla el barro es turbio. Con él

ya no pueden hacerse cántaros ni floreros.

 

De Mar de Chukotka (2018)

 

Dios es una política.

Los pájaros hacen ruido cerca de la ventana,

vuelan sobre el cemento que clarea.

No das imagen a esos sonidos, pero sabés, allá fuera,

en alguna parte los techos se confunden,

no se sabe dónde empieza o termina la propiedad,

y los pájaros cotorrean, chistan, arrullan,

caminan sobre vigas y cornisas,

vuelan sobre el cemento que clarea.

 

La cara, pálida de sueño, débil de deseo,

que asomara ahora a una terraza fresca

sería la cara de un dios.

 

[Mito II: Moloch]

 

La pirámide de las clases sociales

que apunta a la estrella del Norte,

el barro de las guerras que

no tienen nombre ni deseo,

el invierno sucio, el dicho tácito,

las calles vacías, la sangre en la ermita;

 

o el vaho en una ventanilla,

árboles cuyas formas no alcanzamos,

excusados llenos de revistas:

 

¿dónde impera la bestia de nuestro desamor?

Nos sacrificamos, pero no está satisfecha.

No sabe dónde deslizar sus sombras,

cuál es su reino.

 

De Corredores en el parque (2016)

 

1

La cara resplandeciente con que dijiste “nadie” hace por un momento

que la imaginación se tranquilice ante un vacío acogedor,

un vacío de los signos, un cielo en el que las constelaciones suenan

como la música cóncava de un órgano, pero sin resonancias afectivas.

 

El maestro ha dicho “nadie”, en cuanto al quién de la Creación, y

ese nadie se convierte en Nadie, un radiante e infinito hueco.

De ese modo, querido maestro Ateo, con tu voz muchachil

has encendido

de nuevo la Presencia, has activado las mayúsculas, los entes,

las geografías, los trasgos, los humores, los elementos (cuatro),

los elementos del clima también, los elementos periódicos,

y el carbono, la respiración de las plantas, el alelí abatido por la lluvia

y no sé cuántos jardines, Maestro. Has lavado el misterio de Dios.

Y en tu “nadie” resuena el Nadie de todas las iglesias góticas

y romanas.

 

Me has hecho dormir tranquilo, protegido por Nadie,

en el sordo rechinar nocturno, ese silbido urbano, ese jadeo,

la cabeza sobre la presta almohada que recuerda aún

el ululante desierto, el salar, los palos despintados.

 

24

 

Aquel mar, qué raro, vuelve en invierno a tu mente.

Es un mar en un desierto.

Y sobre él andan falanges armadas y beduinos.

 

El Mysterium Cosmographicum: la mente sostenida

por arquitrabes y movida por juegos de roldanas.

Gótica y compleja. Justa y científica.

 

Una tarde caminaste por un parque

estatuas comidas de orín.

 

Una mañana pescaste en una laguna

en medio de un bosque.

Son cosas para siempre. Ciertas pero manipuladas

por los fantasmas de tu propia química cerebral.

El cerebro, un sótano lleno de plantas pálidas,

de construcciones de vidrio, de objetos de porcelana

que evocan paseos por un parque. La pesca

desde un puente. Una merienda en el césped.

 

Y las paredes están recorridas por cables,

y hay en las paredes interruptores, enchufes

y palancas. La cal de las paredes ha caído. Colonias

de hongos avanzan entonando el Himno Nacional.

 

La bandera azul y blanca te recuerda una tarde fría en Ciudadela,

provincia de Buenos Aires, la Argentina.

 

Julio 2015

 

De El Cairo (2015)

 

Firmeza de Cristo en la materia

 

El incienso encendido en la crisis energética.

La ciudad poblada de parches de oscuridad.

Él arde otra vez, vuelve a nacer, coronado de inmundicia.

Basura sin recoger. Gente que grita soluciones torvas de un lado

al otro de una mesa llena de copas en las que el óxido del año

comienza a actuar. Un largo silbido de aire caliente arremolina

envoltorios

sobre la mesa. Saben de qué hablan. El templo otra vez, disputado.

 

El incienso has encendido en tu casa a solas, después del nacimiento,

luego de las multiplicadas reuniones de símbolos: los hijos

a punto de partir; los padres y tíos que envejecen; el poder

que los mella hasta en ese vacío de Cristo en el que nace Cristo

otra vez.

 

¿Te acordás cuando tiraste al griego por la ventana?

Cayó encima de un florista. Te acordás de Raúl.

Ninguno puede recordar el nombre de su bisabuelo.

Esto nos diferencia de la oligarquía, Señor, para mal.

Porque es como si esta tierra no fuera nunca nuestra.

No tienen vino.* No tenemos peces. No tenemos más que esta vacía

celebración de Cristo nuestro Señor, sin Cristo y sin Señor,

y aun con Cristo, y aun con sombras de perjuros, en substancia.

 

Y bajará en este año, como en los otros, hasta tu incienso solitario,

bajará a las paradas de colectivos, los subterráneos, el súper.

Bajará y declinará con el año, sucio al fin, crucificado.

Otra vez comeremos de su carne y su sal.

Comeremos su espíritu.

Lanzaremos voces, sentiremos que la sangre se enfría en las ventanas.

Sentiremos que el cuerpo cae por las vidrieras, por las alcantarillas.

Sentiremos la ausencia de Dios hasta que nos revienten los oídos.

 

* Las bodas de Caná, Evangelios.

 

De El camino imperial. Escolios (2012)

 

La leyenda del hielo. Jack London

 

Cuanto más difusa la necesidad en la escena interna,

más precisa la confusión externa del huracán.

Necesitábamos solo una reserva de leña,

alcohol, carne y tabaco para afrontarlo todo

por un tiempo. ¿Y qué más necesitábamos?

¿la que era flotante ausencia

en la cabaña? Luminosa ausencia. Solo la ausencia

de la divinidad.

Pero ella estaba creando los hielos y su apretada morsa.

Ella no quería ruego, sino persistencia.

No habríamos osado leer la Escritura: por mandato de Dios.

 

A El cuervo, de Poe

 

Así pues, toda la cultura, los extraños conocimientos

y las brasas que arrojaban luz y sombra

a los pies, diríamos,

de un águila de piedra; la intrincada industria

de la alfombra,

los cortinados de telas polvorientas:

¿lóbrega la distancia,

y plutoniana,

o lóbrega la estancia?

que se precipitaba en cavernas de ignorancia,

en tanto era más íntima y cercana

la conquista civilizatoria...

Libros, chimenea, bibliotecas, terciopelos.

Pero las incontables grietas del cuarto ¿qué?

Allí donde las arañas, nacidas al parecer para los cuartos y

gavetas, tejen su arcana tela;

allí donde corren ínfimas sombras;

la suciedad que de noche no llamamos suciedad, pues

se borra

el insípido contorno.

El extraño silencio de los objetos suntuarios...

¿De dónde vino el cuervo? La leyenda del hielo. Jack London

Cuanto más difusa la necesidad en la escena interna,

más precisa la confusión externa del huracán.

Necesitábamos solo una reserva de leña,

alcohol, carne y tabaco para afrontarlo todo

por un tiempo. ¿Y qué más necesitábamos?

¿la que era flotante ausencia

en la cabaña? Luminosa ausencia. Solo la ausencia

de la divinidad.

Pero ella estaba creando los hielos y su apretada morsa.

Ella no quería ruego, sino persistencia.

No habríamos osado leer la Escritura: por mandato de Dios.

 

De Libro del engaño y del desengaño (2011)

 

15

Ves ahora que el andurrial se escabia de luz verde celeste,

irreal, en tanto lo atravesás, no sé hacia qué aventuras,

en un zigzag entre puentes de fierro y edificios ralos.

Una música dodecafónica acompaña lo que debiera ser

un viaje entre abedules hacia el mar, no el mar azul, ya sé:

mare nostrum: mar gris, verde gris, petróleo,

amasijándose contra los acantilados porosos.

 

Pero no son abedules. El tren colea al entrar a una estación.

Óxido. Troncos brutalmente hachados y apilados.

Vegetación. Abedules no son, pero inseminan de copos

el pasto helado. Son árboles de este principio pampeano,

el cual señala: aquí el invierno huele a ejército de

mampostería.

Hasta en la cruz de los galpones hay algo de barroco eclesial.

No diría que hay un ángel de yeso, no, sino más bien su

espectro,

de luz inflado. Diríamos, un ángel de vidrio de damajuana.

Imagino el despertar de una siesta entre gordas gotas

de lluvia y luces sesgadas de estilo medieval. Campanas

también, y allá lagunas, ojos de agua o qué.

 

El tren arranca con un cólico hacia el mar. Te acoge

la ciudad veraniega en su invierno tenaz, iridiscente.

Encerrado en un bar, rodeado de escalofrío y temporal

–a un lado la ciudad vacía, al otro el abierto vacío del mar–,

penabas, escribías, discurrías, suplicabas el irrevelable

secreto de los elementos. De una vez entendelo: elementos.

Joder con Dios, con la patria, con la respiración animal

de la pampa y el ojo, en la tormenta, del Leviatán. 

 

30

(Otra “Demanda contra el olvido” *)

 

Recuerde el alma.

¿Cómo, qué, recuerde?

Recuerde el alma los consagrados machetes

los golpes de azar, los golpes malogrados,

recuerde cuando era pobre y creyente

y no mejorado y difícil de timar.

Recuerde, recuerde, recuerde,

los famosos cadáveres, recuerde.

No condene ni juzgue, recuerde.

Recuerde, niéguese a este claro vidrio,

niéguese a esta distancia no crepuscular.

Recuerde la exacción del tiempo,

recuerde la voz monótona del Partido,

recuerde a los parados sobre las mesas,

el balcón recuerde, el juego con la multitud,

la política de acción, la seguridad absoluta,

la generación espontánea de la revolución.

Recuerde: cuando empezamos

Pier Paolo ya había enterrado a Gramsci, al Partido y

al siglo.

Recuerde que fuimos más, urbanos y campesinos.

La patria recuerde.

Recuerde el candor del crimen.

Recuerde la palabra acción qué sonido lúgubre

Recuerde la palabra política, qué sonido de ábaco.

Recuerde qué instituciones mórbidas.

Recuerde la violencia que engendra.

Recuerde las cadenas. Recuerde, en fin, las travesías

por las pampas. –¿Habría allí lugar al polvo de

montoneras?

–Usted vio trigo y carreteras.

En la gótica ciudad recuerde el café.

Recuerde cómo ennegrecían las fachadas.

Recuerde que nada era la rabia sin el método

y el método sin rabia. Recuerde lo entumecido.

 

Recuerde el color biliar del Centro.

Recuerde los bandos. Recuerde las marchas.

Recuerde las palmeras y el ulular de sirenas.

Recuerde el son militar que no era ya de guerra.

Recuerde cómo combatimos el atraso con barbarie.

Recuerde esa guerra criminal. Recuerde la carne.

Recuerde la iluminación en la ceguera

y la ceguera en la iluminación.

Recuerde el esqueleto de la república feudal.

Recuerde los costurones de la república popular.

Recuerde la gestión sin intermediación.

Recuerde el triste olor de los laureles sin olor.

Y recuerde el sabor del laurel.

Ciudad sin eternidad. Ciudad sin irrealidad.

Ciudad con memoria de la achura y no del caldo.

Recuerde en la ciudad que no podría nada recordar.

Recuerde a Donato, a Salvador y a las cocinas.

Recuerde las nubes bajas. Recuerde la casa de enfrente.

Avive el seso y despierte.

Contemplando.

Cómo sucede la muerte,

cómo rodea la vida,

tan callando.

Pues le buscarán el costillar

y las fajinas.

Y le pedirán que hable, y aun llorando.

 

* González Tuñón, Raúl.

 

 

De Cierta dureza en la sintaxis (2008)

 

5

 

Es cierto que entre las aves medievales el árbol es libre.

Y aún hoy es libre entre la folletería de la abundancia.

Y es libre entre las piedras que suben y bajan a su alrededor.

Y libre entre las orlas de edificios que suben y bajan.

Y lo ves libre en los patios de los hospitales

y de los hospicios y tras los galpones y entre los techos.

A él va el gato. Astuto. Tenue. Y la musaraña va al árbol.

Y la hormiga. Y la tormenta y la luz que se esconde.

En el árbol hay trampas y gatos y botellas perdidas.

El árbol es amigo del bisel y de la penumbra.

Es más libre que el corsario.

 

El árbol

conserva la forma

tenuemente, sin rigidez.

Cada ciprés es un ciprés.

Y los miles de fresnos no son el fresno.

Si hubo dioses, amaron el árbol.

O combatieron por el árbol,

pero nunca gobernaron el árbol y nunca lo dijeron.

 

31

Soy el escriba del Partido y de los documentos desclasificados.

Escuchad los que no han podido hablar.

Con sangre de mongoles, de ucranios y de eslavos suicidas

se alzaron las columnas de humo del triunfo vuestro.

De los campos de la horda salió el acero que permite

la victoria de los burgers, el relativismo y el ocio.

Antes del día D estuvieron los días Z del Frente Oriental.

Allá se amasó en sangre y pantanos nevados este día hueco.

Con un viva Stalin en la boca se iban los muertos.

Habéis visto películas de la sangre y el miedo

pero poco supisteis del Frente Oriental.

Antes que la carnicería del Canal estuvieron

los millones de muertos del Frente Oriental.

Honor, camaradas de estiércol,

a los muertos del Frente Oriental.

Cada bocado y risa y zumbido de autopista

se lo debéis a los camaradas del Frente Oriental.

 

De Máquina de faro (2006)

 

El legado de los maestros

 

Ese es tu reino; está después de aquel jardín

con lamparitas eléctricas de colores; después del Bósforo,

más allá de ese Chaco de auroras calientes en el que vuelan

en torno a los mosquiteros grandes polillas nocturnas.

Ese es tu reino. Lo construiste sin soñarlo. En los

restaurantes que frecuentabas con amigos, en las tardes

de la más triste desolación, cuando abandonabas tus

trajes viejos usados, tus camisas raídas; cuando veías

el cielo lavado, sin bandadas; cuando pasabas a toda prisa

detrás de la iglesia, cuando olvidabas. Es tu reino,

el de las cosas que se acercan como mangostas,

se refriegan contra tus pantorrillas y trasmiten

la quietud de Esparta abandonada por su ejército.

 

10

Como si miraras tanques de petróleo

que un ángel lelo y laborioso esparció

sobre arenales y pedregosos terrenos,

así esta Babilonia tiznada y refractaria

mirarás cada mañana, asediada

por su propia extensión, rodeada

de casamatas y campanarios,

atravesada por maquinaria rodante,

autopistas y vientos, atoradas

las alcantarillas, sucio y roto el pavimento.

La abrupta interrupción de una idea,

el ataque caníbal a los dioses meditativos

se repite en el inalcanzable escenario.

¡Por Dios, no arrojes al barro tibio de la indecisión

la espada que brilló en el sueño!

 

Una construcción nunca terminada,

cuyo esqueleto en invierno ennegrece

ocupa la ventana de la fonda en la que almorzás

pan, vino, carne de un desmesurado sacrificio.

 

De Hostias (2004)

 

Cetrería

 

¿Qué saben hoy de tu propósito la hez de los atrios,

el violador, el impune, el manco, el sudoroso idiota,

el que corta el teléfono con furia, el que llora?

¿Y qué sabe el que sabe, el que derramó vísceras,

las unió con electrodos, las puso a freír,

gritó de placer al descubrir la fórmula,

al ver las natas del hipotálamo,

la explicación de la tos o del estornudo?

¿Qué saben de tus voces encapsuladas en nuestro corazón

los que duermen en un banco, los que fueron muy lejos,

los que se mueren en el subte, los que muerden el freno

y aquellos que trepan a las torres de alta tensión porque es

su trabajo?

¿Dónde está el fulgor? ¿Quién lo buscaría en la historia

conocida,

en el homicidio reprimido, en la basura del mercado?

 

Y sin embargo, cualquier sonido en la floja madrugada

podría llevarnos a tu abismo certero.

Un pensamiento cualquiera, liberado de su noria,

en el aire del búho que alejó el sufrimiento.

 

10

 

Dardo al fin extraviado más allá del límite del aire,

la conciencia se parte ante los ángeles

y el pensamiento cesa en la lejana aduana.

Construiremos todavía unas casas fenicias.

Andaremos todavía con un báculo apagado.

Ya no te ríes. Ya no quemas nuestro pan.

 

En la iglesia vacía se respira un ángelus.

Esta humedad huraña en los estucos,

estas baldosas gastadas, el hombre que allá se inclina,

la furia que se eleva como el humo de un sacrificio,

el vitral blanco y azul en el que se quiebra el recuerdo,

la mujer que llevo en el cuerpo:

no soy menos feliz con esto

que con la búsqueda del arca.

Libéranos para siempre de la guerra, del horror, del sacrificio.

Hay, bajo estas piedras, rosas de bronce seco y armas

enterradas.

¿Cuántos pueblos los ríos arrojaron en los barrancos?

Y cuántos buscan algo útil en la resaca.

Esta humanidad que come, y la que come los restos,

sostienen las iglesias vacías y averiadas.

 

De La luz checoslovaca (2003)

 

1

¡Ah la presencia constante del aire en la enredada pubertad!

¡Y cómo no puede soslayarse el paso de la pantera

entre los dibujos de la vegetación cambiante!

El peso de un cúmulo de dichos entre las galaxias.

Palabras siempre junto al fuego y la resina de asuntos familiares.

Sabías o creías saber, y ahora de nuevo, que el hilado de los hechos,

simultáneas bandejas tendidas, tapices, son los trazos en una

piedra escrita

y depositada en un sitio al que no llegan ondas ni envíos.

 

No es que pase ni que quede nada,

ni que todo ocurra como la tallada albura del jardín de piedra.

Es que escribes, escriben, en el silencio, en el revés de lo que

respira.

Alguien levantó una espada en tu nombre, cuando no existías

o cuando eras las albricias del día, de la nevada,

de las buenas nuevas de una vieja leyenda.

Alguien habló por vos en la asamblea de los pares.

Alguien hizo la guerra y engendró recordando lo que serías.

Alguien dijo que aquella estaba hecha del cristal que sabe.

Del que fue, del que es asimismo perfiles perdidos en el combate;

lluvias, árboles, árboles, y el insistente arrullo de la torcaza.

 

Y de la espada cuando ha caído y abierto un pasaje

de silencio, de pausados escribas.

 

De La nada (2003)

 

19 El lugar de los hechos

 

Gases sobre los pantanos y las viñas.

El laúd tañe en tu mente los amores del Cisne.

La memoria taladra el escenario

en que te recostás como en un lecho neutro.

Rayos atraviesan el techo

y los cristalizados restos humanos.

Invade tu atonía el circo de espectros

de los grandes divos de la historia.

La respiración y cada quejido

elevados a cimas de la clase extinta.

De todo hicieron caldo de trascendencia.

Allí navegaron opresores y oprimidos

persiguiéndose como las gaviotas

sobre las olas tardías:

dame de tu pico, gavilán,

la papilla de las grandes odas

y de los imponentes arquitrabes;

dame en el buche

la redención de mis parvas visiones

motivadas por el sexo intranquilo,

las noches de Cuaresma;

dame la hostia de los grandes partos,

la sensación de que mi mesa, sifón y un vaso,

es tan vasta como el concierto de formas

y escorzos de los dioses.

De este modo sos de ellos.

La inmersión en vacío no te libra de los arreboles

en que se glorificaron, vacuos.

Esto hecho para mortificar tu sueño,

tu olvido, tu magnífica síncopa.

 

4 Salmos 105:42

 

Como si en realidad el objeto fuera la desordenada huida

por las lomas, la capa flotante del vencido o el caos

devenido del saqueo y de la obra de la artillería.

Como si solo debiéramos considerarnos catalizadores

de una imagen móvil hecha de rostros y mobiliario en la calle,

un candelabro junto a una piel de cordero,

un portarretratos sobre el alféizar, trípodes y flores secas,

cuerdas de piano y frascos con huesillos, láminas escolares

tiradas sobre el barro, arco iris en el combustible derramado,

la máscara de Baco en un ropero.

 

De Las Vegas (2000)

 

Ferguson´s Downtown Motel

 

Fumando un cigarrillo en la terraza,

el rápido enfriamiento

de la tierra alrededor;

una situación abstracta, sin cadencias,

la vida como caños vacíos

en los que resuena de vez en cuando

un golpe, gorgoteos, un crujido.

Civilización nocturna, respiración artificial,

venas de neón a la intemperie;

la obra un desatino interminable,

el mundo un misterio corrompido.

 

Tragamonedas

 

Usuarios de tarjetas de crédito

y cheques de viajero

intentando la antigua transmutación de los metales,

la suerte entregada a la estadística

que llaman azar.

Al amparo de las moscas

de los pensamientos,

a cubierto de la humedad corrosiva

de los ácidos del tiempo que camina por delante de las ventanas

y que vuela por encima

de las grandes ciudades;

en una noche de terciopelos eternos

y luces reguladas,

buscan el sorprendente flanco de las cosas,

el núcleo latente del mundo,

hecho de esmeralda y pórfido, de níquel y de rosas de oro líquido.

 

De La línea del coyote (1999)

 

Una cajita de madera blanda y esmaltes chinos

en el cuarto en el que por fin te hubieses acabado.

Mas no te acabaste ni te hundís, el bauprés sombrío.

Despertás obligado a reunir los aceros del agua

y el filo del vidrio en el paso rasante del aire,

molido el corazón y en la molienda el canto;

no termina la transmisión

y toda la noche en la taiga el zorro hoza

entre las caries de la tierra.

Retumbará el tráfico en el pasaje tras el hospital.

Llovió. Granizó en plena mañana de trabajo.

Discovery en colores en la penumbra, el zorro,

o el canto de los peces atrapados en el coral.

Necesario es que todos nos entendamos.

Pero ahí están los muertos de un irremisible

cáncer, construidos cada mañana en tu diario

que también es en color.

 

Esto es de todos modos importante. Nunca

desde la farmacia la empleada vio

una cortina de piedra blanca sobre la avenida,

en el ángulo favorable de una demolición,

sobre los carteles, el tráfico. Los neumáticos

sin duda arrancaban del pavimento el agua

en forma de la corona de una iguana.

El relato de la empleada en la mirada,

de todos modos, el repiqueteo diabólico

de las piedras en el vidrio y en la marquesina.

De todos modos, si ha logrado narrarlo

y quien no lo vio goza este relato al paso

en la farmacia, todavía un mecanismo

que no se termina de conocer funciona.

Y empieza con las sirenas en la mañana

y pájaros que anidan probablemente en los

techos cercanos, cuando trinos en la tormenta

llenan tu patio.

 

Todo se había tapado y sigue funcionando.

Rezuma agua la tierra junto al tocón de árbol urbano.

Gases de cámaras subterráneas, el vuelo

de botellas de plástico sobre torrentes pardos.

Acuarelas en movimiento, tintas del sueño.

la casa que protege todavía, la rutina

cumpliéndose en la sudestada, el río avanzando

sobre los zanjones, el árbol de hojas moradas

arrebatado por un viento de troneras, la manta.

Recuerde esta mañana, y trate de recordar la que vendrá.

el tinto óleo de la calma en la habitación,

el vuelo personal de cada papel,

quien pretenda leer el humor y el sueño de un dios,

quien busque el leer para sí /alimentando celdillas interiores,

quien lea para el ciclo de los pensamientos imantados,

quien lea para la calma de los procesos químicos,

quien lea para el registro de hotel de los mundos sepultados.

 

 

Lo saben, es inutilidad

la forja natural de los materiales,

contra esto luchan con tenacidad inigualable.

Histéricos siguen los rastros de las iguanas,

filman el aluvión inverso de alas en las llanuras de las cigüeñas

imitan la lección del zorro sin aprenderla en profundidad

–prueban redecillas de conceptos con las patas tibias

Las bahías las calas las redadas naturales

no siguen una proposición endiablada

y aun así, la caza, el escamoteo, la trampa, el acecho

entre los pinos silbantes, el diestro tomajauc.

Nada del vivir la ganga, en la línea del coyote,

rondas en busca del descuido en el ciclo de los grandes pájaros,

payaso oportunista que simula instinto en un aullido gitano.

 

Tiempo, mediodía estancado entre relentes,

pero un viento sorpresivo donde hubo chubascos nocturnos

y jinetes en el patio.

 

Qué dirá la sinuosa filosofía,

topografía de un sueño regular,

la mirada en destinos inmediatos,

el oído duro, el desprecio

por las amalgamas irregulares,

la desaparición repentina de una ciudad

no cambia el derrotero.

Todos, sin saberlo, han leído los grandes tomos.

Ponen en marcha el auto y lo aceleran con suavidad o rencor,

justificados los sentimientos, los que sean,

y la necesidad de hacer lo que se haga,

súbditos antes que narcisistas de la causa perdida,

el hoyo fascinado en la cabeza y ninguna salida:

la puerta en fin envuelta en la niebla.

 

De Ituzaingó (1990-1996)

 

En el ángulo entre un pocillo y un zapato

 

Pero el invierno de todas maneras grita o se acurruca

en ese espacio que todos sabemos forma el ángulo

entre el asa de un pocillo y la punta del zapato

de un tipo con camisa de mangas cortas

y anacrónicos bordados.

El invierno nunca pasa. La estación caldeada

o las puntas verdes de los troncos

suelen desencadenar cataratas de elogios, respiros, insultos,

montañas de cajas de cartón y botellas de plástico

se intensifican en algunos meses transparentes.

Pero cuando el agua sobre las maderas

de un muelle dura poco

o alguien se corta al rebanar el pan

y su sangre tiene más ímpetu que las hojas

y el ruido del viento en los carteles y los cables,

justamente entre ese cableado sumergido

y los peces ilusorios de los charcos,

por la ciudad hirsuta y gesticulante,

junto a los que escapan a zancadas de los subterráneos,

el invierno anda furtivo como un perro,

desnudo y tenue, frío como una anguila.

 

Ventanas apagadas

 

Un señuelo con varios anzuelos en el negocio de desechos

alimenta la tarde con el aliento de algún día entre juncos.

Vale cuatro pesos esta torpe ilusión.

Y lo importante sin embargo es que la tarde la asimila rápido.

Destruye cada una de sus moléculas

que el mercado en un gesto oscilante

quiere recuperar y tasar.

Habrá clientes para los anzuelos

y para el tritón de porcelana

o esa canilla con óxido.

El misterio del supercambalache

es quién se recortará entre la escarcha

en los vidrios de una religión extraña.

Práctico o arqueólogo,

sin una noción de sentido,

de cualquier modo atrapado en el juego,

pescará en lagunas de vidrio,

junto a monstruos de piedra,

vestido con una capa de tela brillante,

adornada con las lentejuelas de los sueños muertos,

así piense aún en la utilidad de los anzuelos

o los lleve de este desván a otro en el que vive,

entre cuadros sin estética, ídolos sin poder,

imágenes de un dios que se viste para ser.

 

De Primera Junta (1995-1997)

 

Primavera en una estación de tren suburbano

 

Ahí termina el andén de cemento

y más allá hay árboles

y las vías se pierden entre las espaldas

de edificios hollinados.

Este, diría, es un paisaje en equilibrio,

tiene una economía propia.

Los papeles que vuelan ahora sobre el andén

no estarán mañana,

el viento limpiará las hojas de aquella magnolia enfrente.

Y cantará un pájaro, habrá por momentos olor de azahares

y, por momentos, olor a nafta,

y a la basura que revuelven, allá, las ratas.

 

Paisaje nocturno

 

No es momento de ajustarte a la belleza del cielo nocturno:

ni la luna en la punta de los pinos del parque

ni el silencio repentino de esa alcantarilla

que hasta recién sonaba

encierran nada que no sea esto:

el paisaje lejano que jamás te contiene.

Pero no fue que el destino prometiera y ahora...

Supiste que el bisturí disecaría todo.

Si estás en un bar y te abrigan

los restaurantes, te contentás.

El cielo no había dicho nada.

El cielo solo prometía algún lugar de confort.

Muy bien: este es.

Dios se quedó con los designios y el resto es macilento.

Los pinos y las alcantarillas cantan algo que no sabés.

Ni siquiera la sensación de haber sido expulsado.

No hay edén ni exactamente tormento.

Es bastante tomar el vermut sin miedo a que te ahorquen

en una ciudad donde podés morir de mil maneras violentas.

¿Ves allá? Un hilo de sangre. El agua que drena

de ese otro bar, enfrente, puede ser el reguero de un crimen.

¿Ves allá? El viento agita un farol.

Hay tres tipos sentados en el cordón.

Conociste a uno que ahora recordás

como el que hablaba sin dar importancia a las cosas

y las dañó muy poco.

 

De Almas en movimiento (1995)

 

Escrito bajo las aspas de un ventilador de techo detenido

 

A quien no respira habrá que dirigirse,

nadie que dure tiene soluciones

ni puede explicar de qué modo continúa.

Y si pudiera, es un modelo

quizá inapropiado

porque no habrás de recuperar la trama

que a estos días lo condujo

ni superar un nudo que en tus propios días

no te desvíe aunque sea poco

–y cada vez más en la medida en que avances–

de ese camino que delineó él

como rastro de caracol,

tan tenue que no debería esperarse

ni siquiera la lluvia para que lo borre:

bastaría un cambio de luz y no se vería

sobre esa superficie por donde avanzó,

veloz o trabajoso,

y que no es la misma para él que para vos.

 

Almas en movimiento

 

Enredaderas pegadas a paredes altas y cornisas,

una ventana,

árboles en verano con un movimiento ligero, reflexivo.

Nadie los señaló, no fueron mencionados en el libro

ni tramados en el infierno.

Necesitás un auto, un auto, para ver el mundo circular.

Nada para ver los árboles y las enredaderas del barrio,

su paisaje inabarcable de matices.

De noche, están también ahí.

Curioso que no exista religión de las altas plantas callejeras–.

Si se quiere hay una religión de la basura:

los cartoneros con sus triciclos como demonios de las orillas

y naranjas despanzurradas junto a las vías como deidades.

Cosas abandonadas por las manos, partidas y trituradas,

exprimidas y desgarradas, abalorios en el exilio,

incluso el agua negra de las cloacas, río de arrastre,

tiene la untuosidad de un misterio inquietante,

es la sangre mala de un dios.

los árboles y las plantas son almas en movimiento

que no integran un orden sagrado.

Tienen una cautela especial para dirigirse hacia arriba

y hacia abajo, para arrastrarse o trepar por las veredas.

Y cuando la calle se ilumina, meditativamente mueven

sus ramas y sus hojas, como el que palpa

un sitio no mencionado jamás.

Como el que se extraña ante una libertad insólita,

percibiendo que no tiene obligación de ser bueno,

de predicar con el ejemplo,

de arrear hasta el infierno espíritus desbarrancados.

 

De Hombres en un restaurante (1994)

 

La curva del tiempo

 

¿Es esto un osario? La curva bajo el puente,

el barro, el asfalto bombardeado,

el Riachuelo y el esqueleto podrido de un barco.

La civilización no se hunde en tu memoria,

se hunde en barro, en este barro.

No hay abstracciones en la historia.

No puede elegirse, como ejemplo de la civilización,

una góndola.

Estos no son ejemplos. Es lo que se hunde,

bombardeado.

Y sin embargo, hay de pronto un salto de instinto.

Lo que resuena sobre el osario no es el cielo

sino el tajo estridente de una tela rasgada.

Un escenario estalla en tu cabeza.

Un hombre con la boca partida

–alguien que va a hablar–

palpa su carne tumefacta

y alza sobre los ojos

una mano transparente de pianista.

 

Hombres en un restaurante

 

Habla del modo en que los sucesos políticos

van modelando su temperamento o al menos

las manifestaciones externas de su espíritu.

Dice que no se afeita ya de la misma manera.

Me resisto a creer que algo tan exterior

pueda modelar el espíritu

o siquiera sus manifestaciones externas.

He bajado una escalera que bajé otras veces, de joven.

Es la escalera de este restaurante,

que conduce a los baños del subsuelo.

No estoy seguro de haber sido feliz cuando bajé las otras veces.

Sin embargo, bajar de nuevo esa escalera me puso bien.

O quizá no deba decir “de nuevo”.

Lo único seguro es que mi dicha momentánea

tuvo que ver con bajar la escalera.

Le pregunto si eso tiene relación con la política.

Me responde que, en un sentido amplio, sí.

Me dice que, políticamente, soy un hombre inconveniente.

Alguien se pone feliz al bajar una escalera,

por razones inexplicables pero con seguridad internas,

no es un tipo al que se le pueda confiar una ejecución.

“Esencialmente”, dice, “sos un tipo político.

Yo no lo soy. Esas alteraciones en los ritos lo prueban”.

Pienso en la lluvia en el campo y admiro a mi amigo

que puede escuchar el sonido de otro océano.

 

De Paisaje con autor (1988)

 

Paisaje con autor

 

Vivió una escenografía de libros abandonados,

un televisor encendido después de la transmisión

y cigarrillos sin terminar.

Procuraba mirar de frente los objetos:

las roturas del asfalto o las plantas de un acuario.

Pensó en los objetos, soñó con objetos,

vivió rodeado de objetos sin traducción.

El mal y el bien no parecen distintos detrás

de un vidrio tan nítido.

Ahora piensa que el mundo está arreglado

de acuerdo con ciertos propósitos.

Y más allá de ellos los objetos se destiñen sin objeto.

El mundo se rinde de esta manera y uno sonríe

sin entender en qué consiste el triunfo,

mientras el sol brilla sobre una botella en los techos

o escucha los trenes o la lluvia

que vuelve a caer donde había caído y agrega

hongos, óxido, humedad, ciertos olores

a un paisaje que sin embargo no termina de explicarse.

 

Preferiría hablar de cualquier modo

 

Como quien con la uña saquea una pera

así creyó que saqueaba la realidad;

en verdad dijo que las lluvias no lo contenían

y que las flores de jacarandá no lo contenían

y sintió como ráfagas en los techos

que la realidad vaciaba en el terreno verdadero, el de las metáforas.

Empezó de nuevo:

como campanas que suenan en otra región

un ángel descendió sobre él y le dijo:

nada queda de ti infeliz porque

creíste guardar tu tesoro de las analogías

y en verdad custodiabas una pista de maniobras abandonada

donde crece el cardón, azotan los alisios

y hay como un rumor –gritos de amor– en los hangares vacíos.

 

De La caída de los cuerpos (1983)

 

Documental

 

Los biólogos empeñados en repoblar de tortugas

las costas de Bermudas descubrieron

que los bebés de las tortugas

necesitan cruzar por sus torpes medios

la playa del mar en el que se internan para crecer.

Observaron que de no cumplir esa travesía

no volverían del mar, maduros ya, y fuertes de navegaciones.

Pero las playas de Bermudas están infestadas de cangrejos

prodigiosamente blancos y feroces

en cuyas pinzas perecen algunos bebés tortuga

como tributo al medio atroz donde nacieron.

Los cangrejos tal vez pueblan en exceso las playas

pero los biólogos lanzan a los bebés a horas tempranas

cuando el sol no despierta a los cangrejos.

Es más que un acto de piedad burlar el sueño de las bestias.

 

La poesía era un bello país

 

lo que no lleva el agua lo que queda en la pileta

dando vueltas negándose girando resistiendo

cáscaras de un huevo peladuras de papas

lo que insiste en quedarse lo que no entra

basuras restos lavados resistiendo

lo que se pega y despega

lo lavado no chupado girando

las cáscaras lo exterior resistiendo.

 

De Poeta antiguo (1980)

 

Sonetito crepitante y bien rimado en homenaje a mutuas confesiones

 

por ejemplo yo:

estas cicatrices estos insectos

estas alimañas sobre la breña

no son cosa de nada, sin embargo

no hay por qué exhibirse

 

se derrumba la taberna donde la farra

seguía hasta el alba

pero el que retuerce los colores del alba

¿qué aguarda?

 

El poeta de abordo

 

Bajo el sol tropical de los trópicos

un corsario de Drake decía de este modo:

las palabras designan lo real

por lo tanto

a qué hablar donde todo está dicho

 

con algunos manuales hizo una fogata

asaltó un almacén

robó una china

y bebió hasta la madrugada

 

Cézanne

a Santiago Kovadloff

 

Solo con inclinarme de derecha a izquierda,

de izquierda a derecha, me basta,

escribía Cézanne.

Podría pasarme la vida aquí

inclinándome de derecha a izquierda,

de izquierda a derecha

y no agotaría la realidad, explicaba.

 

Espacios en blanco en las últimas telas de Cézanne

indican a los expertos

que había llevado su teoría hasta el último extremo.

Otros

los atribuyen a dificultades de la vista:

Cézanne dejó en blanco lo que no podía ver.

En este caso (o en ambos),

¿por qué Cézanne no esforzó la imaginación?

El interrogante debería hacer pensar

a esoteristas vernáculos, a

distintas especies de mistificadores.

 

¿Por qué Cézanne no quiso pintar lo que sus ojos

–aun moviéndose con su cuerpo de derecha a izquierda,

de izquierda a derecha– no podían ver?

¿Por qué escriben sobre lo que el corazón no ve?

¿Por qué escriben sobre lo que la inteligencia no celebra o llora?

 

De Vuelo bajo (1974)

 

Lobo, cordero y dolores del tabaco

 

¿Para qué escribe poemas

si después los rompe con los dientes?

preguntaba el lobo al cordero

Para verte mejor, le respondía

el cordero masticando trémulas voces

a la luz de la realidad social

Y el lobo se escondía en un bosque

de buenas intenciones, fatigas de la

memoria, dolores del tabaco.

 

Balzac o elogio del trabajo

 

Nadie sino él había descubierto

la manera tozuda que tienen los días

de andar picoteándolo todo. Sentado

a su mesa por siglos y siglos

solo se levantó un par de veces:

una para ir al baño

y otra para posarse en el viento

de la historia y ser transportado

hasta el fondo de los siglos

es decir hasta el fondo de los hombres

que lo llevarán dentro de sí

hasta que muera el último

representante de la especie, amén.


Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949-2025) Comenzó su trabajo periodístico en semanarios de izquierda. Se desempeñó luego en agencias, revistas y diarios, incluido Clarín, donde dirigió la “Revista Cultural Ñ”. Se incorporó en los años setenta al precursor taller literario de Mario Jorge de Lellis. A medida que publicaba sus libros de poesía, tradujo a Cesare Pavese, Pier Paolo Pasolini, Eugenio Montale, Luciano Erba, Franco Fortini, Antonella Anedda y Biancamaria Frabotta, entre otros numerosos autores italianos.

​En los años de la recuperación de la democracia, integró el Consejo de Dirección de Diario de Poesía. En 2012 reunió sus libros de poemas en Estación Finlandia. Ocho años después publicaría de nuevo su obra poética reunida, corregida y aumentada.

​En 2015 apareció su primera versión de la Divina Comedia. Ese año recibió el Premio Nacional de Poesía.

​En 2025 publicó Nada personal. Todo personal. Obra crítica. Su última colección de poemas es Revolución, divino tesoro, también en 2025. Ambas editadas por Barnacle



 
 
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