Krivoruchco x Boccardo
- poesiaon

- 3 ago
- 5 min de lectura
Todo tiene que ver con un jardín por Catalina Boccardo
Krivoruchco en "Todo tiene que ver con un jardín" (Del Dock, 2026) se regodea en la verde adicción y anota en su prólogo: El jardín parecía entrar a la casa y la casa era el jardín. Más adelante, en el poema titulado La Hiedra, ella es sostén visión verde/ hogar de insectos. La imagen, su concepción personal del verde, va a atravesar este texto. Desde las diferentes vivencias de las derivas de hojas a lo largo de la existencia. Y como se escribió, se vivió.
Henri Meschonnic, un interesado en el ritmo, dice ¨Toda mi vida está en mis poemas, mis poemas son el lenguaje de mi vida¨. Las voces de los epígrafes de este libro se desgranan, entonces, permitiendo el cobijo rítmico. Al inicio, Atahualpa Yupanqui comienza ya a cantar ¨El árbol que tú olvidaste, siempre se acuerda de tí¨. Pero, no quiero nos quedemos con el único tono melancólico. Si bien la melancolía ha sido elegida un hilo conductor. Propongo oír más. La escritura trata de eso, de quienes escuchan.
Parte uno
La señora de las plantas creó jardines colgantes y babilónicos. Revisó los vecindarios hasta dar con sus plantas y sus flores. Pasó a cultivar un herbario mental. Clasificó detenidamente especies desperdigadas por la ciudad. A su paso, a su ritmo, había poemas. Fue por ellos. Como el riesgoso árbol-poema de Burundanga.
Cerca de aquella casa en Colegiales
había un árbol de burundanga árbol de la droga fantasma
o aliento del diablo.
Es un árbol al revés
con flores que miran hacia abajo como campanas tristes
o trompetas de ángeles en decadencia.
No contrastaba con el barrio de habitantes correctos.
Simpatizaba con los personajes que rodeaban la fuente seca.
Uno de mis tres perros
un día lamió una flor caída
y yo la tuve entre mis dedos.
El perro durmió horas en un estado opiáceo.
A mí en cambio
me produjo otro efecto: permanecí despierta
en un estado de febril escritura.
No creo que la burundanga hoy siga en esa esquina.
Quizás algún gobierno la mandó
al exilio o la quemó por las dudas.
No sea cosa
que proliferen los poetas.
Para la poeta, los árboles son bronquiales, testigos de la respiración de casi todo en los centros urbanos. Nos anoticia de cada paso por barrios y localidades, de las mudanzas, las transformaciones vitales de mujer. De los agapantos sinónimo de los ciclos de una familia.
Aparecen momentos de multitud y otros de soledad. Los árboles están en algún patio, en los vértices, en la centralidad o en cada vereda. A veces muy concretos y, también, fantasmales las alergias que pueden provocar. Alguna vez, caen muertos en la batalla de los recuerdos:
Unos fragmentos de La parra (Acevedo, Lomas de Zamora)
(…) La había traído mi abuela
que creía en gatos negros
en herraduras para la suerte
y en que no hay que contar los varenikes
antes de volcarlos en el agua hirviendo
porque se abren.
(…)
Cuando nos mudamos la herradura quedó.
Pero a la parra la sacaron a la calle. Desvalida,
la muerte desparramó sus frutos
secó sus hojas apagó sus voces.
No volví a comer uva chinche.
La nostalgia es un delantal amplio de color borravino
donde mi abuela juntaba las uvas
que aún me abrazan.
***
La inspiración, otra vertiente de este libro-arboleda.
Los versos Es un suceso común quizá mirar un árbol. / Pero yo venero a esta palmera extraña señalan la tarea contemplativa de cualquier poeta. Así, observar, y una extrañeza que viene dada por la palmera trasladada desde su geografía de origen al barrio de Belgrano. Para desgranar interrogantes poéticos sobre la existencia, del quehacer sensible.
¿Qué hace ella aquí?
¿Qué hago yo aquí?
Siento su exilio como propio.
Cuando en las noches sueño con un oasis me encuentro con
sus hermanas y me envuelve
un perfume dulzón y tropical que me humedece la garganta.
***
Otra cuestión, la sensorialidad, los cuerpos y su mímesis con los árboles. El Ceibo, además, cuerpo de la patria. El Liquidambar a quien tanta congoja lo sepulta. La Hiedra como una mutilada y asesinada. La Pasionaria y la voluptuosidad. La desafiante Violeta de los Alpes contra todo pronóstico vive, igual a una persona. Hasta existen aquellas que llegan a ser quinotos de la infancia:
Cuando crecí
conocí personas
dulces por fuera
ácidas por dentro.
De ellas me alejé
como cuando jugaba
a escupir
lejos
muy lejos
las semillas del quinoto
que no tragaba.
Mirta Krivoruchco anota, para sí y para sus lectores, un epígrafe de Gamoneda: “Todo era verdad bajo los árboles”.
Parte dos
y oler a tierra mojada
y a mujer sola
que busca un abrazo verde
en cada paso.
Esta mujer transcurre una etapa solitaria de la vida. Sigue empecinada escribiendo poemas. Su madre, su hermana reaparecen. En espacios en los que se busca algún contorno verde del que tomarse. Esta mujer nos percata de las incógnitas familiares. El poema Guerra con un padre aferrado a su propia madre, a la historia yerma de frutales. El desierto violento de la hambruna. Ahora, la importancia de la revelación. De reencarnar en arboleda. Ahora, se entiende la búsqueda.
Parte tres
Los buenos momentos, los ¨frutos¨. Los poemas a Federico, a Valentina, a Fran, a Emanuel, a Edu. Y hasta Vitto cual arbolito bonsái que corretea.
Bondad del mundo: el cruzamiento de los seres recién llegados, y quienes persisten alimentándose del humus de la escritura.
Parte cuatro
Un único poema se retuerce con sus ramas, su cantidad de brazos maternos.
Como la diosa hindú Durga
de diez brazos
he dejado uno en cada lugar
que habité.
No olvidemos, a este jardín, o a este bosque pequeño, se regresa una y otra vez con palabras en las manos. Porque esas plantas imploran humedad. Se pegan a las paredes. Cohabitan y usan los trucos posibles para su regeneración.
Epílogo
Otra vez un árbol-poema y su locación. Un Jacarandá de una esquina de Palermo. Poema narrativo, al igual que los anteriores que encapsulan historias desde la semilla. Los jacarandas conforman la memoria colectiva. Y bajo esta protección azul, la madre acaricia a su hijo en sus brazos. Medita. Junto con los ecos de la canción de la Walsh ella escribe, riega un libro. Porque ¨El goce de la vida debería basarse en la concepción del universo como un jardín¨. Zheng Banqiao, el calígrafo de las orquídeas, citado por la misma Krivoruchco. Cercano rectángulo donde respirar profundamente; y el entorno, y una misma, se conciben en cambio permanente. May Sarton lo experimentó: ¨Uno de los goces de un jardín es que siempre le está sucediendo algo, no es estático¨.
De estas rutinas de la observación provienen los poemas leídos.

/
Mirta Mariela Krivoruchco nació en Lomas de Zamora y reside en CABA. Se recibió de maestra en ENAM de Banfield y de profesora de Educación Preescolar en Instituto Superior de Avellaneda. Cursó materias en la carrera de Letras. En Casa XI se recibió de astróloga humanista. Asistió a diversos talleres literarios. Sus poemas se encuentran en antologías.
Publicó en poesía: "Tallados" (Del Dock); "Escenas de lo habitual" (Huesos de Jibia); "La lente" (En Danza). "Todo tiene que ver con un jardín" (Del Dock) es su cuarto libro.
Catalina Boccardo, nació y reside en CABA. Ha publicado en poesía, entre otros libros, "El Jardín Santo", "Formosa", "Collage", "El Pico de los Pájaros", "Tiempo de Mandarinas", la trilogía "Partidas", "Lugares sin calma". También sus poemas se encuentran publicados en antologías, páginas web y suplementos literarios dedicados a la difusión de poetas. Así como sus textos narrativos y reseñas literarias. Participó de distintos Festivales, Encuentros y Jornadas de poesía en Argentina, Uruguay, México y Perú.
Es editora en Argentina de la columna Periferia Sur para la revista mexicana Poetripiados, y colaboradora de la Revista literaria latinoamericana PoesíaNo. Complemente su actividad escritural con el collage. Pertenece a la SAC, y ha participado de muestras colectivas. Dictó talleres en el cruce de la escritura creativa y las artes visuales. Estudió abogacía (UBA) y la Maestría de Escritura Creativa (UNTREF).


